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Palabras cruzadas

Una nueva entrega de la serie de microficciones. En esta oportunidad, un relato de Rogelio Demarchi.

12 de junio de 2010 a las 05:11 p. m.
Rogelio Demarchi
Palabras cruzadas
Fragmento de “Pasión a flor de piel”, fotografía de María Mercè García Rosell.

Es la intersección de dos calles cualesquiera, una tarde tan rutinaria como cualquier otra. Ignorantes de la cercanía, yo camino la vertical, de norte a sur; ella, la horizontal, de este a oeste. Nada singular, entonces, hasta que en el cruce nos reconocemos.Siempre pasa lo mismo. Sin buscarnos, nos encontramos. Una, dos, tres, cinco, ocho, ya perdí la cuenta de la cantidad de veces que hemos tropezado, literalmente, el uno con el otro. Siempre la misma historia. Sorpresa, alegría, palpitaciones. Ansiedad en los ojos. Un beso que no da en el blanco. El comentario sobre los compromisos inminentes que, de todos modos y producto de la demora que a conciencia ponemos en marcha, serán postergados sin previo aviso. El aleteo por los contornos, la verbosidad, el recurso del cigarrillo.Podría objetarse: habla por él. No podría negarlo. Pero acierto si digo que pongo en palabras una percepción mutua, un secreto que tal vez nos ampara de caer en el error de explicarnos lo que pasa. Creo saber que ella sabe que yo sé que por un instante somos dos cuerpos que anhelan el roce y la amnesia. Puedo sentirlo cuando la veo husmeando mi boca, cuando los bolsillos de mi pantalón se transforman en hábiles secuestradores de mis manos, cuando registro cómo retrocede con pudor después de haber avanzado contra sus propios límites. Se siente el oleaje de la nostalgia cada vez que posponemos el asalto.Esta tarde, cuando el tiempo se detiene, el único refugio que nos ofrece el universo cabe en tres letras: comercio que expende bebidas para ser consumidas en su interior. La distancia material impuesta por la mesa. Las tazas de café colocadas por el mozo como boyas que demarcan territorios. Torsos y brazos que se abalanzan para demostrarse que pueden franquear cualquier obstáculo. La esterilidad de la comprobación. El sosiego. La reflexión solitaria que a ambos nos entrega la huida de uno al baño.Hay provocación, inquietud, indagaciones, sondeos. Pero se excluye el arrebato, la delación o la histeria. Algo nos retiene en lo más contingente de nuestro ser. El diálogo es una espiral que se consume lentamente, que tarda en llegar al campo donde cultivamos nuestras más entrañables deudas. El soberbio dinamismo del deseo nos dificulta por momentos tomar nota de todo lo que decimos. Alguna vez, en medio de ese dilatado juego que nos envuelve y nos aísla, he dicho mi mujer; alguna vez he oído mi novio. No indicamos, así, posesiones presentes que nos separan; tampoco una incapacidad para incurrir en el palimpsesto. Tal vez sea una memoria que agoniza hablándose a sí misma.La broma, la risa, la mirada, el escondite, la espasmódica razón, el silencio, la templanza, el tácito consenso: las sustancias con las que dilucidamos el genoma de los puntos suspensivos.Con el destierro, otra vez la calle, otro girasol, otras delicadezas, otra detención, otra flecha que lacera y no humedece, otra vez la horizontal para ella y la vertical para mí. Ella que duda en su andar y yo que no me muevo, a la espera de que ella no quiera irse.Nos escribimos –me dice–, extendiendo por completo su brazo hacia mí, que no atino a recorrer esa inmensa desunión representada por siete baldosas.Sí, respondo después de una eternidad, acorralado por la noche. Y mientras se aleja, fraguo palabras para conservar el estremecimiento compartido.El autorRogelio Demarchi es escritor, ensayista y periodista cultural. Publicó los libros De la crítica de la ficción a la ficción de la crítica y Padre Brausen que estás en mi cama. Una excursión literaria a la Santa María de Onetti.