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Otra playa quemada

Gustavo Nielsen ganó la última edición del Premio Clarín conla novela "La otra playa".

18 de marzo de 2011 a las 07:13 p. m.
Flavio Lo Presti
Otra playa quemada
El escritor argentino Gustavo Nielsen.

ESPECIAL En uno de esos artículos en los que trató de cifrar la idiosincrasia nacional (una víscera que se auscultaba con la fascinación con que los moribundos se miran una herida fatal), Borges señaló como un rasgo argentino la desconfianza hacia el éxito, y en particular hacia los premios literarios. Sólo por contradecirlo habría que leer los libros premiados como harían "los americanos del Norte", respetando el silogismo ingenuo que hace de un ganador un libro bueno: encararse sin recelo, por ejemplo, con La otra playa , la novela con la que Gustavo Nielsen ganó el último Premio Clarín. Apenas comenzada la lectura se sienten, sin embargo, punzadas de molestia. La otra playa es a la larga una novela de fantasmas, y en su primera escena sucede lo peor que puede pasar en una novela de fantasmas: la amenaza de la corrección política. Un fotógrafo y su mujer se entregan a la ceremonia inevitable de la cena con otra pareja. Con el café, ven diapositivas compradas como memorabilia morbosa: las fotos relatan un viaje por Brasil de una tercera pareja anónima, y uniendo los datos los comensales llegan (en medio de bromas argentinas sobre genitales asados) a la conclusión de que se trata de potenciales desaparecidos: fin de la diversión, momento tenebroso de la cena, revelación (a esta altura, qué duda cabe) de que la alegría burguesa flota sobre un lecho de cadáveres. Si la escena ya queda casi arruinada por ese mastodonte de sentido, un elemento anuncia un doblez de la trama que intenta arrastrarnos con su opacidad hasta el final: los personajes toman la desaparecida Bidú Cola. A partir de ese detalle el relato teje un enigma sobre la naturaleza de la realidad en la que viven los protagonistas, un enigma que por momentos hace pensar en Dick y por momentos en las ficciones acuñadas bajo el modelo de Otra vuelta de Tuerca , aunque la voluntariosa caída en clichés de la prosa de Nielsen nos lleve casi siempre al terreno de la telenovela. Un solo ejemplo, para no abrumar. Atraído misteriosamente por una desconocida joven, nuestro fotógrafo (un "morocho de rasgos fuertes") dispara con la cámara contra ella y su indiferencia en un bar, mientras imagina este diálogo: "No soy un monstruo, señorita, no soy un ladrón; tan solo saco fotos de la gente en la calle. Es lo único por lo que siento un leve interés; no me interprete mal, tengo familia, aunque tampoco esté demostrando un gran interés por ella. Lo que siento por estas fotos, una vez que las revelo y las veo, se parece a un afecto mediano, casi cariño. No se trata de amor por usted ni por nadie, el amor ha desaparecido de mi vida; mi única pasión es este ruidito, clic, el próximo que escuche…". Con ese tono cursi (alternado con el conductismo típico de la narrativa argentina que malentendió a Saer, a Hemingway: cosas que se vierten, se abren, se colocan sobre mesas o se cocinan en sartenes) Nielsen desgrana su historia haciendo equilibrio entre la corrección y arrebatos de morbo (el fantasma constante del incesto) que intentan recordarnos sin éxito que es el mismo escritor de Playa quemada . Finalmente entrega una solución trillada, cerrando la novela con una reflexión tan banal sobre la muerte que sólo puede sostenerse con un argumento cínico: en un mundo tan trivial, sólo estamos para el pop. En la muerte hay alegría, dice Nielsen, y una de las cosas que más extrañaremos al cruzar "el último umbral" es la Coca Cola.