No mentirás
Una biografía de Kapuscinski anticipa el debate sobre la verdad en periodismo y ficción.
Desde que el periodismo existe como tal, la línea que divide lo real de la invención ha sido cruzada en varias oportunidades. Aunque escandalice, no puede resultarnos nueva la polémica desatada a raíz de la reciente biografía del cronista polaco Ryszard Kapuscinski (Kapuscinski non fiction), escrita por su discípulo Artur Domoslawski, cuya edición en español se editará en octubre. Entre los datos revelados sobre el autor de Ébano, hay uno que le quitaría a sus obras el rótulo de no ficción: Kapuscinski no habría sido del todo fiel a la realidad que observaba, sino que por el contrario –¡horror!– inventaba algunos pasajes de sus crónicas.Episodios de esta clase renuevan el debate acerca de los límites del periodismo. Uno de ellos tuvo como protagonista al siempre controversial Hunter S. Thompson, quien cruzó la frontera a caballo de su estilo gonzo cuando cubrió las elecciones primarias de los demócratas en 1971 para Rolling Stone. En aquel tiempo, Thompson simpatizaba abiertamente con el candidato George McGovern (quien finalmente las ganaría), y en cambio despreciaba al conservador Edmund Muskie.Eludiendo cualquier manual periodístico, Thompson escribió en una de sus notas que Muskie consumía Ibogaine, una extraña droga brasileña que producía alucinaciones. Como en muchas otras ocasiones, un chiste se tomó por cierto y llegó a los cables de noticias de las agencias. Aunque la farsa se descubrió rápido, la imagen del candidato bajó varios puntos, al margen de que ya venía padeciendo otras campañas en su contra. Un tiempo después, en una entrevista televisiva, el viejo zorro de Thompson razonaría su propia travesura: "Nunca dije que fuera verdad, sino que había un rumor de que Muskie consumía esa droga. Lo cual es cierto, porque yo inicié el rumor."No menos audaz fue Janet Cooke, una periodista del Washington Post que se guardó su lugar en la posteridad con apenas 26 años. En 1980 recibió el premio Pulitzer por su artículo "El mundo de Jimmy", en el que daba cuenta de un menor que se inyectaba heroína con la complacencia de su madre, también adicta. Meses después, luego de que nadie pudiera dar con el supuesto "Jimmy", Cooke debió confesar que la historia había sido puro invento, por lo que no sólo perdió el Pulitzer, sino también su trabajo. Sin embargo, ocurrió algo inesperado: en las semanas tensas que separaron la publicación del reportaje del descubrimiento de la mentira, algunos lectores se comunicaron con el periódico para decir que conocían casos similares al de "Jimmy".Por aquellos días, García Márquez –quien además de novelista es un cronista riguroso– escribió una columna en la que reflexionaba lo siguiente: "Este niño, como tantos niños de la literatura, podría no ser más que una metáfora legítima para hacer más cierta la verdad de su mundo". Es decir, "El mundo de Jimmy" era periodísticamente inaceptable pero literariamente genuino.De llegar a ser ciertas las afirmaciones de Domoslawski, no estaría mal comenzar a leer las obras de Kapuscinski a partir de esa postura.

