No hay una muerte mejor que otras muertes
Una nueva entrega de la serie de microficciones. En esta oportunidad, un relato de Adriana Magalevsky.
Luciano despertó ese día con la absoluta convicción de que había llegado su hora. Con esmerado entusiasmo, comenzó a pensar en las diversas formas de las cuales disponía un hombre para poder morirse.Dentro de su hogar, recorrió algunas de las posibilidades: la cabeza en el horno, la radio en la bañera, un salto por el balcón; esta última lo tentó porque siempre le había gustado volar. Sin embargo, no quería decidir hasta estar totalmente seguro.Salió a la calle y se sintió eufórico al comprobar los múltiples peligros que acechan a la gente: el tránsito, los asaltantes asesinos, una inocente cáscara de banana. También había otras felices circunstancias, como un ataque cardíaco que acaece en cualquier momento o lugar, o ser despedazado por la propia mascota.Así, ensimismado, decidió emprender el regreso, cuando advirtió que, por más esfuerzo que hacía, no podía llegar. Caminaba y caminaba pero nunca avanzaba. En ese momento, como un fogonazo, su mente se iluminó, y entonces comprendió lo que pasaba: ya estaba muerto, pero su muerte no había sido mejor que otras muertes:–Lastima –pensó decepcionado–, ni siquiera pude disfrutarla.La autoraAdriana Magalevsky nació y vive en la ciudad de Córdoba. Es profesora de Lengua, Literatura y Comunicación. Además, ha participado en grupos de Narración Oral y coordina diversos talleres. En el año 2009, obtuvo una mención en el Concurso organizado por Cen Ediciones, con su cuento El beso de la amante.

