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Lucidez y sentimiento

Leopoldo Brizuela volvió a la novela después de 10 años con la monumental “Lisboa. Un melodrama”.

12 de mayo de 2010 a las 05:37 p. m.
Flavio Lo Presti
Lucidez y sentimiento
Leopoldo Brizuela, una voz imprescindible de la literatura argentina.

"Ya van como 20 notas que doy, y NADIE me preguntó nada sobre qué libros pesan sobre esta novela, y en cambio, yo me muero de ganas de hablar de Graham Greene y PD James. ¿Por qué no hablar de literatura?", se pregunta Leopoldo Brizuela. Y Brizuela es una persona infinitamente gentil, y entrevistarlo por chat es una experiencia verdaderamente enriquecedora, pero es difícil ceder a su legítima petición de hablar sólo de literatura.Tiene mucho para decir sobre temas que no le gustan, y además su flamante novela Lisboa. Un melodrama está escrita sobre un cimbronazo biográfico. El punto final llegó después de cinco años de trabajo, y en el medio el autor platense debió superar la muerte de su padre ("me hizo pensar que escribí para templarme en la contemplación de la inaceptable soledad frente a la muerte"). La novela provocó en él, además, la sensación de una exposición personal inaudita en su vida como escritor.Si bien transcurre en Lisboa y en una noche interminable de1942, la sumersión de Brizuela en el mundo creado por su imaginación ha transformado su materia en una forma profunda de confesión.Cuenta: "En estos meses he escrito algunos relatosautobiográficos y comprobé que yo estoy infinitamente más en Lisboa que en relatos que hablan de personajes con iguales características que las mías. La manera en que Lisboa me expone es infinitamente más profunda. El terror que me da haber expuesto ese mundo es terrible".Una novela grandeLisboa es una novela grande, en todo sentido. En esa noche larguísima, los destinos de la pareja de Tania y Discépolo, de una joven y emergente Amalia Rodriguez (a Rainha do fado) y de figuras de la diplomacia argentina y portuguesa se entrecruzan en torno a una decisión abrumadora, tomada por el imaginario cónsul Eduardo Cantilo: la entrega de un cargamento de trigo a los "hambrientos de Lisboa". En un acto desmesurado, propiciatorio de su tragedia, Cantilo no revela el destino del carguero. Alrededor de ese secreto (el secreto es el centro de esta Lisboa atestada de famélicos y refugiados) crece una trama de poder y paranoia que involucra a un poderoso cardenal y que pone en vilo a la ciudad, mientras resuena el estruendo de la guerra.En esa noche de canciones tristes (el tango y el fado se cruzan como en un duelo de concepciones sobre el amor), las pasiones afloran y los personajes revén sus vidas e identidades como sólo sucede cuando la imaginación tiene en la ficción una fe infinita. –Desde "Inglaterra. Una fabula", tu literatura guarda una relación fuerte con la historia. Aparecen personajes reales entreverados con los imaginarios. ¿Cómo pensás esa relación entre la ficción y la historia?–Con esta novela me di cuenta de que los personajes reales que he utilizado –Shakespeare, Discépolo, el canciller Ruiz Guiñazú, el asesino de indios Julius Popper– no son para mí personajes reales, sino entidades del imaginario popular, parte del paisaje cultural en que pongo a actuar mis personajes inventados. Si querés: no tiene que ver con la historia, sino con la versión de la historia o la imagen de la historia que tiene la gente común, y que voy reescribiendo, modificando con mis invenciones y mis herramientas narrativas. ¿Por qué me interpela la historia tal como la concibe la gente? Porque esa imagen de alguna manera nos inventó, crecimos y actuamos ahora determinados por esa historia de todas maneras, hasta cierto punto todo es invención. En lo mío, y si tengo que sacrificar algo, sacrifico la fidelidad a la historia. Si para decir lo que quiero decir tengo que mentir o inventar, no lo dudo: lo importante es que el libro diga lo que debe decir para ser él.–Pero, ¿por qué Lisboa, esa noche de 1942?–Lo que puedo decir, en general, es que esta novela surge de mi propia experiencia como un hijo de la clase obrera de principios del siglo 20. Mis viejos nacieron entre el 1910 y 1920, y todo el mundo de la novela es el mundo en que nacieron, crecieron, se formaron, amaron. Como la novela piensa sobre la "estructura de sentimiento" de una época, preguntarme sobre el amor tal como se lo concebía en esa época es preguntarme por mis propias raíces. Así que por primera vez no investigué en libros, sino que también consultaba a mis padres –de más de 80 años ya cuando empecé la novela– sobre situaciones políticas, cultura popular, en la época. Mi padre me contaba cómo eran los cabarés, mi madre de la encrucijada política, etcétera. Ahora, si vas a algo más profundo, inconsciente, creo que toda la noche tan terrible que se vive en esa novela, con un barco que no se sabe si va a poder partir, viene de una catástrofe real, que pasó en mayo del '68 en Ensenada, puerto de La Plata, el barco petrolero en que mi padre montaba guardia se incendió rápidamente, mi padre se despertó y estaba todo en llamas, se fugó colgado de la soga de amarre, cuando llegó al muelle la explosión del barco (mucho más peligroso porque estaba vacío y lleno de gas de petróleo) lo catapultó unos 100 metros y lo salvó... Mientras tanto, con mi vieja, por el puerto en llamas, lo buscábamos en un autito pequeño. Yo veía desde el asiento posterior el cielo colorado de fuego, íbamos buscándolo. Esa posibilidad de perder al padre está por debajo de la novela, su angustia creo que viene de ahí, aunque sólo me di cuenta mucho después.–Es curiosa esta cooperación familiar: declaraste en alguna entrevista que el orden familiar había sido un poco un enemigo para vos. –Cuando hablo de orden familiar hablo más en general, no de la mía en particular. Hablo de la concepción de la familia en una sociedad patriarcal en donde los que no pertenecemos a ella somos ciudadanos de segunda o cuarta. En la novela la gente no tiene hijos. Y en algún sentido, en un momento clave de la novela, cuando el cónsul se enfrenta con su propia historia, se hace una pregunta terrible: ¿para qué tenemos hijos? Su respuesta es terrible, en realidad: sólo para salvarnos de la verdad, para adormecerla, como una especie de paliativo... Ninguna generosidad en eso. No sé si estoy de acuerdo, pero necesité pensarlo, mirar al mundo desde esa mirada. Es increíble que haya elegido, ahora que me lo hacés pensar, incluso personajes históricos sin hijos, Salazar el dictador, el Cardenal de Lisboa. Voces interiores–¿Cómo hiciste para hacer hablar a dos personajes como Discépolo y Tania? –La voz de Discépolo me hablaba desde el fondo de mí, ese tono de declamador de café, profundamente histriónico y totalmente desesperado en el fondo, porque no puede hablar de lo que verdaderamente querría hablar: todos los varones somos un poco así. Tania es la voz de sus memorias, le copié el tono, pero me resultó fácil porque es un tono despojado de los esquemas del tango; y a la vez es un tono megalómano como el de su marido, por la propia necesidad de la profesión... Esa capacidad de hablar de sí mismo durante horas que he visto en tanto divo. De todas maneras esos son los únicos dos personajes a los que elegí mirar desde afuera, sólo los conocemos por sus actos y sus palabras.–¿Esa decisión obedece a que son los que tienen un referente real? –No lo sé. No son decisiones tan racionales. No todo es estrategia para insertarse en el campo cultural, ja ja. Hablando en serio: en todas mis ficciones siempre hay un personaje que es un misterio para los demás, como aquel mudo entrañable de El corazón es un cazador solitario de Carson McCullers, a quien todos le cuentan cosas porque no habla. Pero además las voces ya están dentro de mí, como posibilidad, son todos los registros que tiene una persona formada en la cultura popular, además de la literatura.–Pasaste 10 años sin publicar una novela, y cinco escribiendo "Lisboa". ¿Tenías ansiedad por publicarla?–Bueno, la ansiedad no tiene que ver con publicar, sino con terminar. Ahora, de lo que puedo hablar mejor es de las presiones que existen para que uno publique la novela anual, que sí son muy molestas. Uno las recibe, por así decir, de derecha e izquierda: del mercado, que quiere seguir vendiendo, y de la academia, que no concibe que pueda dedicarse tiempo a una novela, o que sostiene que ya no debe dedicarse tiempo a una novela. Lo que puede haber de ansiedad en mí tiene que ver con otra cosa. Por el contrario, con la ansiedad de volver a llegar a un lugar verdadero de escritura allí donde uno puede ser el mismo, pero decir algo que no haya dicho. Después de Inglaterra, hubiera podido, como quien hace los deberes –y la mayoría de los escritores lo hacen–, escribir al menos cinco novelas cortas con anécdotas. Pero me hubiera aburrido, y escribir aburrido es señal de que lo que uno hace no se necesita en un sentido profundo, por mí mismo. Pasé cinco años escribiendo y todos los escritores que admiro lo consideraban un tiempo lógico. Sólo en una vorágine como la que vivimos puede parecer mucho. EL LIBRO

Lisboa. Un melodramaLeopoldo BrizuelaAlfaguaraPrecio: $ 99.Sinopsis: Lisboa, noviembre de 1942.  El terror a la ocupación nazi o al bombardeo se adueña de la ciudad. El cónsul de la Argentina anuncia la donación de un cargamento de cereales cuyo destinatario no revelará hasta que el gobierno autorice el desembarco. En una sola y larguísima noche, mientras miles de refugiados de toda Europa esperan la partida del barco Boa Esperança para ponerse a salvo, la gesta del cónsul es el cedazo en que se entrecruzan la mítica pareja de Tania y Discépolo, la cantante de fados Amália, y el misterioso Ricardo De Sanctis, banquero y "refugiado personal" del Cardenal de Lisboa.

PERFIL DEL AUTORLeopoldo Brizuela nació en La Plata en 1963. Es narrador, traductor y poeta. Publicó el libro de poemas Fado (1995), Inglaterra. Una fábula (Premio Clarín de Novela 1999) y el volumen de relatos Los que llegamos más lejos (Alfaguara, 2002). Fue escritor residente del Banff Center For the Arts (Canadá), del International Writing Program y de la Universidad de Iowa. Recibió un subsidio de la Fundación Goulbenkian de Lisboa para el estudio de la cultura portuguesa.