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Lado B: Elija su propia Feria del Libro

Como toda feria, en la del libro cada visitante debe encontrar su razón de estar ahí; entre best sellers, balbuceos académicos, autores emergentes y libreros de todo tipo. 

12 de septiembre de 2015 a las 11:00 a. m.
Lucas Asmar Moreno (especial)
Lado B: Elija su propia Feria del Libro

Dos planetas: marketing y cultura. El primero gira alrededor de las carpas y el segundo en el interior del Cabildo. Sus órbitas son complementarias y si una se desajusta, la otra también. En el centro de este sistema planetario brilla la literatura.

Aunque nadie sepa qué es la literatura. Canon, best sellers, autores emergentes, e-books, la impronta del cine, las drogas, la no-muerte de Jon Snow: puros balbuceos académicos que no definen nada pero acaban dándole a la literatura un valor institucional lo suficientemente fuerte como para que tenga una feria y se promocione como un “lugar de encuentro”, similar al eslogan de la cerveza.

Estos encuentros deben pensarse como una Babilonia: todas las edades, razas, sexos y estratos sociales. Masas hipnotizadas por una sobredosis de estímulos visuales: colores, banners, plotters, pantallas, peluches. Porque el primer acercamiento es estrictamente sensorial e inevitable: dada la ubicación estratégica de la feria, cualquier ciudadano que necesite cruzar la plaza central estará tentado a recorrer las carpas.

La mayoría de sus visitantes transitan el espacio fantasmagóricamente, y en este deslizamiento quizás se active el consumo, determinando con la compra o consulta de un libro qué lugar se quiere ocupar entre la civilización y la barbarie.

También existe un público menos inocente, interesado en novedades editoriales que si bien podría googlear, prefiere descubrir en una aventura bizantina. Este consumidor acepta que el stock será el mismo que en cualquier otra librería y con el mismo precio.

El potencial de la feria, entonces, radica en los stands independientes, editoriales que no cuentan con distribución masiva. Allí se encuentran pequeñas joyas que ni siquiera figuran en Mercado Libre. Los encargados de estos stands suelen ser buenos asesores por estar involucrados en la gestión del producto, en contrapunto con aquellos empleados que no pueden hacer nada sin un buscador, y que deben soportar durante once horas diarias una procesión de señoras quejándose por los precios de la saga de Grey.

Semejante panorama multifacético, repetitivo y agobiante hace que el mayor acierto de esta edición 2015 sea el espacio Barón Biza, ubicado en el centro de la primera carpa. Se trata de un stand que reúne a las editoriales locales, logrando un Aleph cordobés, atomización de literatura contemporánea. Allí y en otros stands se logra la visibilidad de lo recóndito, el corazón microscópico de estos eventos desproporcionados.

Paralelamente, el Cabildo ofrece actividades que en la mayoría de los casos son tediosas pero que tienen excepciones lisérgicas. El visitante aquí no es azaroso ni pasivo y debe encontrar el evento apropiado. Lo fascinante es la convivencia de actividades.

El domingo 6 de septiembre, en el patio mayor, Tamara Sternberg coordinaba una charla sobre crianza de niños, cuando de pronto Darth Vader y los stormtroopers irrumpieron marchando hacia el patio menor para asistir al ciclo Comicazo, mientras que en otra sala, Enzo Maqueira hablaba sobre las contradicciones de su generación, contradiciéndose él mismo cada cinco minutos.

En este cúmulo de actividades algunas son irresistibles, con personajes que entienden que recitar un poema o proponer ideas implica una cuota performática, tal como lo hizo Bob Chow el año pasado y de seguro lo hará Carlos Busqued en esta ocasión. También genera intriga qué mutante saldrá de la charla entre Juan Sklar, Loyds y el exótico Eddie Fitte, periodista que ya se convirtió en un ícono cool de rebeldía cyberespacial.

La Feria del Libro es justamente eso: una feria. Cada visitante debe apropiarse de la experiencia y encontrar su razón de estar, así sea entre las torres de Bonelli, los cómics heroicos de Llanto de Mudo, durmiéndose ante algún escritor israelí o deleitándose con la sabiduría del librero que atiende el stand de Portaculturas.