La nave de los locos
En “Mar de delirio”, Robert Haasnoot cuenta los peligros del extremismo religioso.
Acaso la densidad que transmite sea una justificación válida para la traducción libre que los editores en idioma español de Mar de delirio eligieron como título para Zeewijk, la novela de Robert Haasnoot que llega a la Argentina en medio de una oportunísima afición por la literatura del norte de Europa. Ese interés, más o menos novedoso y activado al principio por el impactante desembarco de los Cuentos completos de Kjell Askildsen y de la colección Otras Lenguas de la editorial Lengua de Trapo; y ahora por el Premio Nobel de Literatura al poeta sueco Tomas Tranströmer, tiene en Mar de delirio un ejemplo de cómo se alimenta y de la seductora extrañeza de sus ingredientes.Se trata de la historia de Arend Falkenier, habitante del pequeño poblado de Zeewijk convencido de ser un elegido por dios para sobrevivir al fin del mundo. Arend se embarca, junto a otros 12 convencidos por él, en un exaltado viaje en barco, metáfora del aislamiento, la intensidad y la locura de los cultos religiosos. Todo ocurre en 1915, aunque es narrado unos 30 años después, por un investigador contratado por el alcalde de esa ciudad.Desde el comienzo de la novela el narrador se aproxima a la historia desde la distancia que da saber que los sujetos están locos: visita a Falkenier en el manicomio y las expresiones "locura" y "delirio" se repiten con la insistencia de una excusa, del mismo modo que en las novelas de Stephen King se hace hincapié, siempre al principio, en alguna clase de trastorno físico o mental que nos anticipa algo: en cualquier momento todo se va a ir a un lugar lejano y sin reglas, en algún momento estaremos a merced de una persona con atributos de monstruo.La novela se va transformando de a ratos en un relato de terror, y, quién sabe, quizá hubiera llegado a un destino más interesante si el autor se hubiera decidido más por ese registro –que maneja con admirable precisión– que por la un tanto repetitiva crítica a las presiones de la fe y la irracionalidad de los cultos religiosos.Esa manía –paradójicamente– le impide a la novela profundizar en el destino de sus personajes: cuando el autor deja de lado el mensaje social (bastante claro, por cierto, y explicado una y otra vez de acuerdo a una técnica de amplificación progresiva, como si cada vez aumentara el zoom sobre las cosas que un hombre es capaz de hacer si está cegado por la fe), el relato se vuelve tan oscuramente seductor como su protagonista.En ese territorio de la aventura y el horror, Mar de delirio ofrece una manera de encarar el suspenso ciertamente original, y construye una anécdota tan inteligente como opresiva, tormentosa e inquietante. Falkenier y sus apóstoles emulan de un modo violento la gesta de los cruzados, se consideran "exterminadores de demonios" y su fanatismo los lleva a un estado de paranoia y éxtasis asesino.Está claro que Haasnoot tiene una cuestión ahí: en su propia biografía, el arribo a la edad de cinco años a un pueblo fervorosamente religioso en Holanda –él nació en Estados Unidos– es todo un dato para esta historia de cazadores desquiciados. Sin embargo la metáfora se queda ahí, en ese paralelismo aterrador entre la fe y la locura, como si esa idea, poderosa pero remanida fuera expuesta con insistencia pero sin profundidad, como si quedara confinada a un manicomio, para tranquilidad de los demás: no se trata más que de una idea un poco loca.

