El exilio
Una nueva entrega de la serie de microficciones. En esta oportunidad, un relato de Susana Pares.
Mi abuela era un ser mágico. Ocultaba fantasmas y secretos en maravillosas cajas colocadas en la mesita de la entrada. Se sentaba en su mecedora y me contaba historias prodigiosas. Yo siempre pensé que los relatos nacían y crecían en las misteriosas cajas. Ella los liberaba cada tarde y me los entregaba. Dejaba salir uno a uno los misterios, levantando las tapas, y los transformaba en una maravillosa sucesión de historias. Así, toda narración era una aventura irrepetible, una ceremonia convocada: sólo estábamos ella y yo frente a la ventana, abiertas las cajas.Cada historia me asombraba, me asustaba, me divertía, me estremecía, me cautivaba y me atrapaba, sucesivamente.Una tarde se sentó, cerró los ojos y no abrió las cajas, contó su propia historia, su pueblo en España, perfecto, intacto en su memoria. Su boda en negro traje. El barco, Buenos Aires, su familia. Pero ella guardó en esas cajas retazos de su vida lejana. La casa, el mar, la montaña, la arena, la calle estrecha, las palabras... y les puso llave.Las colocó allí en la entrada, camino necesario al transitar la casa. Ineludibles presencias, fieles guardianas de la memoria. Su pueblo estaba ahí con ella, resguardado detrás de sus silencios, de su calma, oculto, agazapado en sus palabras. Su historia anochecía en un sueño dulce que en algún momento despertaría. Tenía atrapada su identidad detrás de la mirada, un retazo de encaje negro le cobijaba el alma.La tarde de Navidad murió y abrazamos su memoria con nuestros recuerdos. Todos sabíamos su único deseo.Sin palabras, sin decirlo, dejó su historia en las cajas, perfectas, prolijas, ordenadas, en la mesita de la entrada.Estoy cumpliendo su último deseo, caminando su pasado y encontrándola.Por la ventanilla del avión veo la montaña nevada. Llevo sus cajas.Ahora, el empleado de aduanas me mira y me pide que las abra, una a una. Él no entiende por qué suenan carcajadas, ¡ahí están todas sus risas!, las que dejó cuando llegó a otra tierra, también las zetas todas desordenadas, tal como fueron arrancadas, día a día, en miles de palabras. Él no comprende, yo le digo: ¡Ella ha vuelto! Su risa va en busca de la playa, se recuesta en la montaña Su alma ya no necesita un encaje negro. Se han abierto, una a una, las maravillosas cajas. Ha vuelto a casa.La autoraSusana Pares es docente universitaria en la Facultad de Derecho de la UNC. No ha publicado ningún libro.

