El auto
Una nueva entrega de la serie de microficciones. En esta oportunidad, un relato de Walter Pagnini.
Ha comprado un coche nuevo, una joya mecánica por su aspecto, tecnológica y precio. El color es gris ocre, como arena seca brillando al sol. La potencia del motor parece ignorar el límite. El frenado tiene la suavidad y firmeza del No de una mujer y su conducción el placer de una página de Borges cuando se digna dejarse entender, con sus tigres, espejos, laberintos, ingleses, sajones, malevos, tiempo, espacio, su verbo fatigar y su Aleph. Sentado en la comodidad de la butaca tiene el dominio total de pedales y acelerador. La tersura del volante y de la palanca de cambio da una sensualidad que sube por sus brazos y lo invade todo. Siente que esa máquina tiene vida propia, como si fuera una prolongación de sí mismo. La forma está hecha para que el aire no lo golpee sino que lo acaricie. En marcha normal más que andar, se desliza. Apenas se oye el zumbido del motor y el rodar de los neumáticos. Pero a él le encanta la velocidad, esa sensación de volar al ras del pavimento. Ahora es diferente, se intensifican los ruidos, el aire se hace viento por el empuje brutal de la carrocería, a veces la queja aguda de las cubiertas en una curva o frenada, inútil alerta que desecha con suficiencia. Y un día todo cambió. Guarda el coche pero no desciende. Le dice a su mujer que quiere almorzar allí, sentado en la butaca. Loco es lo que menos ella le contesta, pero al final cede. No sólo almuerza sino que merienda, cena y hasta duerme en el coche. Esa tarde no fue a trabajar, dejó que sus hijos se las arreglen solos en el negocio. A veces bajaba del coche, daba vueltas alrededor y con un trapo húmedo sacaba un polvo que sólo él veía, en busca de un imposible mayor brillo gris ocre.Y así los días siguientes, que se van haciendo semanas a pesar de las críticas y hasta las burlas de la familia. Ya no comparte el auto. Sale solo, nadie sabe a dónde va y qué hace y regresa a la hora más impensada. Sus afectos, la casa y el trabajo los ha cambiado por el auto. Además es evidente su deterioro físico y mental, ni comida ni médico. Pasa horas mirando adelante como atraído por un horizonte distante, sin advertir, acaso, que una pared se interpone a la belleza y al misterio de las lejanías.Esa mañana, la primera que lo vio fue su esposa y en el acto lo supo. Tenía la cabeza apoyada en el volante, fuertemente aferrado con las manos. Costó trabajo sacarlo. Hasta parecía que la ropa y el tapizado se hubieran adherido en un fantástico intento de simbiosis entre máquina y hombre. En sus ojos entreabiertos, a pesar de la ausencia de vida, aún persistía un extraño brillo gris ocre, primera y última imagen de su pasión.El autorWalter Pagnini se desempeñó como médico cirujano en el Hospital de Niños de la Santísima Trinidad. Varios de sus cuentos (El Regreso y Día del terremoto de Caucete de San Juan) se publicaron en La Voz del Interior.

