Crujiente
Una nueva entrega de la serie de microficciones. En esta oportunidad, un relato de Alexis Spangenberg.
Le dimos las pastillas omin3 y a los pocos minutos comenzó a crecer. Luego se empezó a escuchar un silbido leve y agudo, como cuando está por hervir agua en la pava, como si algo lentamente fuera a explotar; pero me parece que nadie reparó en ello. Nicolás se relamía mientras se secaba, con el dorso de la mano, el sudor de la frente. Pedro, emocionado, no paraba de decir: "yo- yo- quie-quie-ro-ro-la-paaata". Y su estupidez para hablar me ponía los nervios de punta. Cuando habla así tendría que estar detrás de él, dándole golpes para que le salgan las palabras. Andresito, mi hijo, cada tanto saltaba para ver arriba de aquella mesa alta. No hacía caso a mis retos de que se calmara y me pedía que lo subiera a hombros para poder ver. Le advertí que con su edad no podía comer eso; le iba a caer muy mal al estómago. Y mientras me decía sí con la cabeza, veía cómo se mordía el labio inferior de su boca. Para sorpresa de todos, aquello se seguía hinchando cada vez más y ninguno podía quitarle los ojos de encima; las pastillas habían hecho efecto rápidamente. Ahora, esos pelos negros se ponían duros y uno ya se lo imaginaba, crujiente en la boca. "¡Ahora, ahora! " gritaba Nicolás, desaforado del hambre. Y de pronto, Andresito saltó de nuevo y golpeó con la cabeza debajo de la mesa. Seguimos con la mirada cómo iba cayendo aquel bulto negro y grande como una piñata que explotaba en el suelo y se desparramaba. Todos al mismo tiempo nos abalanzamos hacia los pedazos desperdigados en el piso. Pedro forcejeaba con Nicolás por las patas y en un momento, con un cabezazo en la nariz, le hizo soltarlas. Sangró y su sangre se confundía con la que ya había en el piso. Pero no reparó en su herida e igualmente entusiasmado agarró las costillas. Roía y chupaba la carne pegada a los huesos. Yo me había quedado con la parte más grande y la cubrí, con el cuerpo encima, para que no me la quitaran. Andresito me miró y no pude resistir. Le tuve que dar la parte más tierna y entonces de un tirón arranqué la cola y se la di. Al poco tiempo, todo fue devorado. Quedaron sólo los bigotes que a nadie le gustaban, esparcidos en las baldosas blancas, de ese pobre gato negro.El autorAlexis Spangenberg Menéndez tiene 30 años, estudió Comunicación Social y actualmente está terminando su tesis. Es bailaor flamenco y miembro fundador del grupo Los Almendros. Trabaja como preceptor en un colegio y asiste al taller de escritura de Luciano Lamberti.

