Criaturas inciertas
“El ángel de la guarda” es otra demostración del estilo “glacial” de la enigmática Fleur Jaeggy.
Son escasos los datos biográficos acerca de Fleur Jaeggy (Zürich, 1940): su lengua materna es el alemán y su lengua literaria el italiano; rechaza la frivolidad de la vida literaria: pertenece a la cofradía de aquellos escritores (Macedonio Fernández, J.D. Salinger, Julien Gracq, Cormac McCarthy, el cubano Virgilio Piñera) que defienden tozudamente un individualismo irreductible.La autora reside en Milán y todavía usa máquina de escribir. Sus pocos libros hablan de un trabajo obsesivo centrado en la utopía de la corrección permanente.Con una brevedad aforística al borde del mutismo, Jaeggy teje "el delicado hilo de las frases simples", afirma Enrique Vila-Matas. Un estilo que ha sido tildado no sin razón de "glacial", aunque ella asegura que en esa frialdad se esconden sentimientos. Las historias de sus novelas o relatos a menudo buscan ser elusivas para subordinarlas todavía más a su escritura. Tal es lo que ocurre con Proleterka, con El temor del cielo, con Los hermosos años del castigo (donde se filtran ecos del magnífico Jakob von Gunten de Robert Walser). Con El ángel de la guarda (1971), ya hace eclosión ese microcosmos –indisociable de su literatura– en el cual emergen personajes inciertos, habitantes de un mundo que no es el nuestro sino que obviamente es el de ellos. Pues adoptan sus reglas mezclando osadía y vulnerabilidad, ambas atraviesan sus conductas, orientan sus decisiones, atemperan sus veleidades.Próximas a las heroínas de Balthus o Lewis Carroll, Rachel y Jane, de cinco y siete años respectivamente, son las protagonistas, junto a un hombre llamado Botvid que discretamente las apoya, de El ángel de la guarda. Las dos, mientras dialogan acerca de los más cruciales asuntos, adquieren un cada vez mayor parecido físico que las sorprende en la medida que lo aceptan. En todas las pequeñas discordias y bifurcaciones que las unen late la presencia de un ángel que no es sólo de la guarda, también afloran sus lados insidiosos, su capacidad de descubrir las zonas oscuras de sus protegidas, y al igual que el ángel de Rilke reconoce en lo invisible el más alto rango de la realidad.

