Copa América de escritores: Promesa
Durante el desarrollo de la Copa América, publicamos 12 relatos de autores latinoamericanos. Aquí, el brasileño Luiz Ruffato.
Mi papá vivía borracho. Tenía talento, pero no podía conservar ningún empleo. No nací para ser empleado de nadie, decía. Se despertaba temprano, antes que todos nosotros, y salía, avergonzado, para volver recién a la noche, tambaleante, oliendo a cachaça, ocultándose del mundo. Mi mamá, con su trabajo de costurera, era quien sostenía la casa. Las discusiones, antes tan frecuentes, ya no se daban tanto -él dormía en el viejo sofá en el que los gatos afilaban sus garras, con el pequinés entre las piernas. Éramos cuatro niñas, una tras otra, para su disgusto: yo, Ju, la mayor, doce años; la Nem, once; la Zo, nueve; y la Bia, siete. Vivíamos en una casa modesta, con un pequeño patio de cemento y un árbol de Jabuticaeira que daba frutos casi con rabia, expulsando los carozos negros que explotaban en el suelo y se abrían para mostrar la carnadura blanca. Al principio me gustaban las jabuticabas, pero después ya me enfermaban y su olor me daba náuseas. Mi papá decidió cortar el árbol, mi mamá se interpuso, y esa fue la última peor pelea entre ellos, Estás maldita, Cinira, le gritó él, ¡De esa barriga sólo nacen mujeres! Y nunca más se hablaron. Yo empecé a odiar a mi papá que, por no traer dinero a casa, obligaba a mi mamá a desdoblarse día y noche en la máquina de coser, o al entra y sale de la gente que venía a encargar un vestido, pedir un remiendo o preparar un molde. Vivíamos escondidas entre retazos, maniquíes y telas deshilachadas, revolcándonos entre colores y texturas. Pero nos las arreglábamos: mamá se hacía cargo de nosotras y cuidábamos unas de otras. Habíamos construido una pequeña ciudadela inexpugnable a los males del mundo.
Un viernes, mi papá entró a casa exultante, excitado, ¡Gané la quiniela, gané la quiniela! ¡El Mono a la cabeza!, con una bolsa de pan calentito bajo el brazo, mortadela y una gaseosa. Estaba anocheciendo, y mi mamá se apuraba a terminar dos vestidos para un casamiento del día siguiente. Conciliador, mi papá habló, ¡Pará un poco, Cinira, vení a festejar con nosotros! Pero ella, indignada, se concentró todavía más en su trabajo. Percibiendo su decepción, mis hermanas y yo intentamos consolarlo. Nos sentamos alrededor de la mesa de fórmica y comimos, con placer, el pan con mortadela, y nos hartamos de gaseosa.
Él no tocó nada, limitándose a observar, melancólicamente, tal vez imaginando, en aquella cena, la vida que podría haber tenido. Al día siguiente se levantó tarde y salió diciendo que regresaría con una sorpresa. Como ya estábamos acostumbradas a sus promesas no cumplidas, nos fuimos al patio a jugar a la casita. Al anochecer, mi mamá ya había despachado sus últimos trabajos y todas veíamos televisión en la sala desordenada cuando él volvió, un paquete en la mano, y, con aliento a vino barato, le habló a mi mamá, Mirá, Cinira, lo que traje para las chicas. Y desenvolvió sobre la mesa, orgulloso, cuatro uniformes completos de su equipo: camiseta, pantalón corto y medias. Había gastado todo el dinero del premio en esa compra. Mi mamá se levantó, a los gritos, ¡Estás loco, perdiste la cabeza!, y se encerró en su pieza, llorando. Él, desconcertado, nos miró con sus ojos brillosos: Mañana vamos al estadio, les voy a comprar helados, panchitos, todo lo que ustedes quieran, todo lo que ustedes quieran.
El autorLuiz Ruffato es uno de los autores más renombrados y galardonados de la escena literaria brasileña. El año pasado, el sello Eterna Cadencia publicó la traducción al español de su novela Ellos eran muchos caballos.

