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Ciudad de rotos corazones

En “Que el vasto mundo siga girando”, Colum McCann describe a Nueva York desde la herida abierta por los atentados del 11 de septiembre. Una entrevista exclusiva, con uno de los escritores más importantes de la escena contemporánea mundial.

02 de julio de 2010 a las 06:19 p. m.
Ciudad de rotos corazones
Colum McCann ganó el National Book Award 2009 con su última novela.

Un acto ilegal y hermoso, arriesgado, demente, profundamente poético: un hombre cruza el espacio entre las Torres Gemelas, a 400 metros de altura, caminando sobre una cuerda floja. Debajo no hay red: sólo una ciudad enorme que lo mira atónita, incrédula. El hombre es Phillipe Petit, y la caminata sucede en agosto de 1974. Tres décadas después y por acción de un mundo en guerra, esa imagen excéntrica se convertiría en un símbolo. Alrededor de ese símbolo Colum McCann escribió una de las mejores novelas de los últimos años, probablemente la aproximación literaria más precisa y emotiva a los atentados del 11 de setiembre que se haya escrito hasta el momento. La novela se llama Que el vasto mundo siga girando, ganó el National Book Award en 2009 y acaba de ser publicada en español. Es una novela sobre Nueva York, y precisamente por eso mismo es una novela sobre todo el mundo. Una novela sobre lo que se cae cuando todo se cae, sobre lo que sobrevive cuando logramos caminar. Un libro sobre el milagroso acto cotidiano de seguir adelante. –¿Cómo describirías tu relación con Nueva York? –Lo que me asombra de esta ciudad es cuán profundamente diversa es. Hay tantas voces aquí, tantos dialectos, tantos países mezclados… me encanta eso… y es un lugar triste también, peligroso y oscuro en algunos lugares y a veces profundamente solitaria… Pero de alguna manera es esa oscuridad la que parece darle sentido a la luz… Hay una tensión aquí, una tensión que mantiene a la gente viva. Esa es una de las razones por las que me gusta, y es al mismo tiempo una de las razones por las que no me gusta. –¿Cómo se relaciona tu novela con los atentados del 11 de septiembre? –Mi suegro, Roger Hawke, estaba en una de las Torres Gemelas el 11 de septiembre, en el piso 59. Fue uno de los afortunados, pudo salir. Y llegó a mi departamento cubierto de polvo… recuerdo que mi hija Isabella olió el humo en sus ropas y dijo: "El abuelo se está quemando". Yo le dije que no, que ese olor era el del humo de los edificios. Ella insistió: "No, no… él se está quemando desde adentro". Me di cuenta inmediatamente de que mi hija estaba hablando de un país. Y tenía razón, nos estábamos quemando desde adentro. –¿Y qué hiciste?–Empecé a preguntarme: ¿quién va a escribir acerca de esto? De hecho, escribí algunos ensayos, publiqué en varios diarios, como hicieron casi todos los escritores norteamericanos. Y cada texto era conmovedor. Cada periodista, cada poeta, cada chisme. Y todo tenía sentido. Fue como si toda la ciudad hubiese sido infundida de significado. La boca de incendio solitaria, las flores en la ventana de un auto, un poco de ceniza haciéndote cosquillas en la garganta. No podías evitar pensar que todo tomaba importancia. Sentía que era bastante imposible escribir algo capaz de romper un corazón, porque todos los corazones ya se habían roto aquella mañana. Y no estoy hablando sólo del dolor que se vivió en Nueva York, sino de lo que el 11 de septiembre significó para el mundo, de los horrores que la administración Bush llevó adelante en su nombre, la manera horrible en la que ese gobierno convirtió a la justicia en venganza, la oscura marca de odio que se esparció por el mundo islámico, Gran Bretaña y los Estados Unidos. –¿En algún momento pensaste que podía salir algo bueno de todo eso? –Me acuerdo de haber sentido mucha esperanza durante los primeros días después del atentado, pensaba que quizá pudiésemos entender el dolor, ser empáticos. Pero después, pasaban los meses y todo empeoraba… hasta que sacaron el mapa de Irak para compensar las cosas, y todo adquirió un nivel shakesperiano de tragedia. Y todavía la pregunta era: ¿cómo voy a escribir sobre esto? –¿Cuál fue la clave, entonces, para empezar la novela? –Me acordé de la caminata de Petit, y en ese momento supe que allí estaba mi novela. Pero siempre supe que el corazón de mi novela no sería "acerca de" la caminata de Petit. Sabía que estaba por escribir una novela sobre el 11 de septiembre. Era una respuesta emocional, no una medida intelectual… y el hecho de que la caminata hubiese ocurrido 30 años antes era perfecto, porque me permitía superponerlo con el presente. Como un papel de calcar. Y dejar que el lector decida. –¿Qué rol cumplió tu suegro a partir de ese momento? –Fue mi punto de referencia. De muchas maneras, es su libro. Es mi respuesta a él. Es como decirle: mirá, estás vivo, tenés a tus nietos saltando en tu falda. Eso es una materia poderosa para mí. Eso es para lo que estamos destinados. Y peleamos contra el mal con el mínimo bien que podamos hacer. –Es una novela sobre la torres… en la que las torres no se caen. –Es que no estoy interesado en el triunfo de la destrucción. Me interesa la manera en la que seguimos vivos. –¿Y cómo puede ayudar la literatura a que sigamos vivos, a que nos recuperemos? –Tenemos que contar nuestras historias. Las historias son la gran democracia. Al fin, las historias son lo más democrático que tenemos. Nos pertenecen a todos. –Personalmente, tuve todo el tiempo la sensación de que la novela describía un mundo actual, por la emergencia de cierta disidencia, por la clase de búsquedas existenciales  que emprenden los personajes, por el dolor de la guerra… ¿estás de acuerdo con esta lectura? –Sí, ciertamente. Pero también debemos reconocer que el dolor de la Guerra es el mismo hoy que hace 100 años. Sólo que ahora lo compartimos de una manera diferente. Estamos más inmediatamente afectados por ella, y por consiguiente, más inmediatamente anestesiados. La guerra muestra la naturaleza humana en su dimensión más elemental. En la guerra emerge lo peor de nosotros, y la única posibilidad de un pequeño estado de gracia en la guerra reside en que allí también emerge la posibilidad de redención.   Colum McCann evita la discusión acerca de los géneros: "Si me ponés una pistola en la cabeza y me obligás a responder esa pregunta, te diría que soy un realista poético", dice. Da un poco de envidia que encuentre las mejores palabras siempre, pero es cierto que su registro al mismo tiempo es realista sin ser sólo realista, como si el género se tensara sin romperse hacia territorios en los que la realidad deja de ser pura objetividad. O hacia zonas imposibles de ser escritas con objetividad, zonas en las que una mirada distante resulta no sólo insuficiente, también un poco inhumana, canalla. Un realismo que se permite hablar abiertamente de amor, o que en última instancia sólo habla de eso: "Supongo que el amor es la sustancia que encontrás cuando desaparecen todos esos otros elementos que tradicionalmente son considerados amor: el romance, las velas, eso de quedarse sin aliento… Conocemos el amor por su ausencia, o por su casi ausencia. Cuando hablamos de amor hablamos de dificultad, hablamos de fracaso. Hablamos de mirar alrededor cuando toda esperanza parece perdida y ver algo a lo que todavía podemos aferrarnos".

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Soy fan de Obama–En tu novela se describe una sociedad lastimada por el racismo y la guerra, un estado de ánimo que exigía un cambio… ¿tiene ese estado de ánimo alguna relación con el fenómeno de disidencia que, ya en este siglo, llevó a la elección del primer presidente negro en la historia de los Estados Unidos? –Sí. El último capítulo es una metáfora sobre Obama. Todavía soy un gran fan de él. Todavía creo. Siempre lo he hecho. El sólo hecho de que fuera elegido presidente fue una enorme bendición para mí. Estoy, por supuesto, decepcionado con algunas cosas que ha hecho y que no ha hecho, pero nunca lo vi como un santo. Me niego a santificarlo, pero todavía creo en él.

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Que el vasto mundo siga girando. Por Colum McCannRBA, Buenos Aires, 2010.