Auster, un novelista en la mira
Dos puntos de vista acerca del novelista norteamericano, que acaba de publicar su novela "Invisible".
Buscador sensiblePor Emanuel RodríguezUna superposición de búsquedas es el misterioso alimento de la literatura de Paul Auster, indagaciones comunes a la mayoría de los hombres que pisan con cierta conciencia trágica el suelo: la memoria, la estructura caprichosa y la política de los recuerdos, la lengua, el destino, la materia secreta que nos constituye.Los juegos de apariencia laberíntica, cierta obsesión por la casualidad como epifanía –como evento que ilumina por un instante los hilos secretos, insólitos y fatales que unen las vidas de los hombres– y, como consecuencia, una deliciosa recurrencia en la ironía sentimental, son las marcas de su estilo, un tipo de escritura que hace escuela en la construcción perfecta de la anécdota literaria, y que deja una marca aún más significativa en la historia de las experiencias de lectura.Auster apuesta a una forma de apariencia sencilla, de lectura fluida: toma de los géneros más populares –sobre todo del policial– las máquinas de atracción más efectivas para seducir a sus lectores, y luego, cuando ya no estamos a tiempo de desear que su juego termine, se aproxima a una zona más profunda, invisible, que pone en cuestión el sentido y la construcción de lo que creemos que es la verdad.Ocurre que lo que hacemos y lo que leemos, lo que amamos y aquello de lo que escapamos, está fatalmente condenado a una ironía sentimental: Auster sabe que el mundo es un juego de espejos rotos, y que querer reconstruirlo puede ser un gesto inútil e inocente, pero es también un gesto noble, el último romanticismo posible, la suma de todas las búsquedas que nos hacen seguir adelante.Trucos invisiblesPor Javier MattioDisfrazar de literatura de vanguardia la ligereza y los lugares comunes del best-seller: ese siempre fue el mayor reproche que recibió la obra de Paul Auster. Crítica certera que, por cierto, no puede desmerecer los mejores momentos de La ciudad de cristal, El cuaderno rojo, La invención de la soledad (la primera parte) o El palacio de la luna (tal vez su obra maestra). En esos libros iniciales se cimentan los arquetipos a los que Auster volverá una y otra vez con el correr de los años, en ficciones que van perdiendo algo del primer fulgor y esa seguidilla de un libro por año que se inicia en la última década con La noche del oráculo (2003) y se mantiene prácticamente intacta hasta la actual publicación de Invisible.A propósito de esa última novela, el crítico James Wood esboza de manera lúcida e implacable en un reciente artículo de la revista New Yorker todas aquellas razones por las cuales Auster genera tanto placer como desconfianza en muchos lectores. Los giros disparatados de la historia (después avalados por una estructura posmoderna), la artificiosidad y vacuidad de los dramas que sufren los personajes (lo que dicen y piensan no se condice con lo que pasa), los constantes clichés de literatura de género sin vuelta de tuerca alguna y la (maliciosa) sagacidad de exponer las falencias propias como una forma de ocultarlas son algunos de los peores tics que detecta Wood y que, aquél que ha sentido ese escozor mientras lee una novela de Auster y no sabe bien qué es, ahora puede ponerle nombre y apellido.

