A través de los muros
La escritora alemana Katja Lange-Müller vino a la Argentina a presentar sus novelas “Los últimos” y “Ovejas feroces”.
La alemana Katja Lange-Müller visitó la Argentina para presentar sus dos novelas, Ovejas feroces y Los últimos, donde se cuelan retazos de su vida en Alemania Oriental o su expulsión del colegio por conducta "antisocialista", pese a ser la hija de dos altos funcionarios del gobierno comunista.Ganadora de los más prestigiosos premios de su país, comenzó a publicar su obra narrativa recién después de su exilio voluntario del otro lado del emblemático muro de Berlín, pero antes de eso atravesó una serie de oficios tan prolíficos como desopilantes. Lange-Müller fue tipógrafa compaginando textos que la "aburrían", utilera en la televisión germano oriental y vivió un año en Mongolia, donde trabajó en una fábrica de alfombras. Finalmente, se desempeñó como enfermera en una clínica psiquiátrica de Berlín, donde comenzó a garabatear sus primeras narraciones, un poco a modo de "terapia"."Nací en la RDA, en un barrio obrero, y el colegio era muy severo, lo que no me causaba mucha gracia. Yo escribo con la izquierda pero me obligaban a hacerlo con la derecha, ahí nació mi resistencia. Le mordí la mano a una maestra y me hicieron repetir de grado", detalla.La historia de vida de Katja es más que particular: no dudó en abandonar el país donde su madre era miembro del Comité Central del Partido Comunista –un cargo al que accedían sólo quienes podían dar testimonio de una férrea lealtad a los lineamientos de Moscú– y su padre, directivo de la televisión estatal, la única existente en ese entonces."La relación con mis padres se convirtió en una hermosa amistad muy tarde –reflexiona la escritora a sus 59 años–. Ellos se fueron a estudiar a Moscú en una universidad del Partido y a mi hermana y a mí nos metieron en un internado. Así que los conocí recién cuando estaba en el colegio; de muy chiquita no tenía grandes sentimientos hacia ellos", admite.En Los últimos (publicada por Adriana Hidalgo Editora, al igual que Ovejas feroces) echa mano de su experiencia como tipógrafa y relata la historia de cuatro empleados de una imprenta de Udo Posbich –un sitio alejado de Berlín Oriental– a fines de la década de 1970, mientras enhebra la vida de esos personajes con un oficio que no existe más, como símbolo de las cosas que finalizan."La tipografía desapareció de un día para el otro, con la nueva tecnología. Los tipógrafos fueron los multiplicadores de la ideología. Los últimos es un homenaje a los 400 años de Gutenberg. Yo quería retratar a esta gente que durante años fabricó los libros y por una vez los quería convertir en los héroes literarios de una novela", señala.En Ovejas feroces narra la historia de amor tóxica y obsesiva entre una inmigrante de Alemana del Este en el Berlín Occidental y Harry, un ex presidiario adicto a las drogas, que termina enfermo e internado en un clínica de rehabilitación.Lange-Müller se anima a hablar de sus ocho años como enfermera en un hospital psiquiátrico: "Fue una época difícil. Me ponía muy mal lo que veía. Allí aprendí a conocerme a mí misma. A mi carácter dispuesto a oponerse a todo le hizo bastante bien la experiencia. Ahí presencié la primera muerte y también escribí mi primer cuento. Pero no fui ahí a buscar material para libros", aclara.Al término de esa época, la escritora decidió presentar la solicitud para exiliarse en Alemania Occidental: "Presenté el pedido y un año después llegó el permiso, lo cual es muy poco tiempo, tengo amigos que han esperado hasta siete años. Supongo que detrás de esa celeridad estaba mi madre, harta de mi actitud que le hacía mal a su carrera. Y me fui feliz", sostiene.Miembro de la Academia de las Artes de Berlín y ganadora en 1986 del Premio Ingeborg Bachmann y en 1995 el Premio Alfred Doblin, entre otros, Lange-Müller suele recrear en sus obras personajes marginales, perdedores y desubicados perpetuos que no se sienten en casa aunque vivan de uno u otro lado del muro.

