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Una Giselle de pies alados

Paloma Herrera se despide este domingo del público cordobés con “Giselle” en un Teatro del Libertador a pleno, que agotó entradas hace varios días. Así fue la conmovedora función del sábado. Mirá la galería de fotos.

15 de noviembre de 2015 a las 07:08 p. m.
Eva Alberione (Especial)
Una Giselle de pies alados
Paloma Herrera se despide de los escenarios. Sus pies perfectos, casi alados, al servicio de una conmovedora Giselle (fotos de Pedero Castillo).

La del sábado era una noche especial, todos lo sabían. Con la sala del Teatro del Libertador expectante, Paloma Herrera salió a mostrar una vez más por qué la consideran una de las mejores bailarinas de la historia.

Minutos después de las 21.30 se abrió el telón. Y allí estaba la aldea donde Giselle vive con su madre, y donde en las fiestas de la vendimia se enamorará del duque Albrecht (Juan Pablo Ledo), quien haciéndose pasar por un pueblerino más, bailará con ella y le declarará su amor. Todo sucederá ante el enojo y el despecho de Hilarión (Vagram Ambartsoumian), quien también aspiraba al amor de Giselle y es rechazado por ella.

El primer acto transcurrirá entre alegría, baile y risas, pero terminará trágicamente cuando Giselle descubra la mentira de Albrecht –quien además de ser duque, está comprometido con la duquesa Bathilde–, y caiga en una locura que la lleve a la muerte.

El acto, colorido y festivo, permitió el lucimiento de los solistas y el cuerpo de baile del Ballet Estable del Teatro Colón, con la dirección de Maximiliano Guerra. Paloma, en la plenitud de su madurez artística, transitó con emoción e impecable técnica los múltiples matices que exige el primer acto, componiendo una Giselle fresca, sencilla y frágil que pasa de la alegría e ingenuidad inicial al desengaño, la desesperación y la muerte.

Es un rol que conoce bien porque lo ha bailado en numerosas oportunidades, pero resulta imposible no pensar que era una de las últimas veces en que sus pies perfectos, casi alados, se subirán sobre las puntas para darle vida a la desventurada Giselle.

En el segundo acto, la joven muerta se convertirá en una más de las willis, criaturas fantasmales que vagan por el bosque bajo la luz de la luna, novias abandonadas que como castigo, hacen bailar hasta morir a todo hombre que permanece allí de noche. Eso le sucederá a Hilarión, quien se resiste a abandonar la tumba de Giselle, y le sucedería a Albrecht si no fuese por la intervención del espectro de la joven, que con su amor lo protege y guía nuevamente hacia la luz y la vida.

En la función del sábado las willis hicieron su entrada con un despliegue impecable, componiendo un cuadro de gran armonía, belleza visual y lirismo en el que el ballet del Colón se lució una vez más y acompañó a la perfección la gran interpretación de Paula Cassano como Myrtha, la reina de las willis. Giselle aparecerá luego distante, fantasmal, luminosa, para dar fuerzas a Albrecht y sostenerlo.

Ballet romántico por excelencia, Giselle tuvo en Paloma Herrera su encarnación perfecta, sutil, precisa, etérea y magnética. Estuvo acompañada por la sólida interpretación de Juan Pablo Ledo como Albrecht, con sus movimientos intensos y precisos, y su desazón y entrega en el tramo final del acto, cuando Giselle tras salvarlo de la muerte, vuelve para siempre a su tumba.

Es el final. Cae el telón, y el público ovaciona de pie a una Paloma sonriente y feliz que comparte los aplausos con Ledo y el cuerpo de baile. Afuera, niñas y jóvenes se amontonan esperando la salida de la bailarina para sacarse una foto, pedirle que les firme las zapatillas de punta, o simplemente decirle adiós. Y gracias.