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Un muñeco de corazón inquieto

El grupo Pasamontañas se presenta en el Festival de Teatro para Niños y Jóvenes con Pinocho en la calle, una versión del clásico de Carlo Collodi con visión transformadora y sentido social.

04 de octubre de 2014 a las 05:07 p. m.
Victoria Varas
Un muñeco de corazón inquieto

Pinocho en la calle fue en sus comienzos un bolso de viaje. El grupo Pasamontañas quería recorrer Latinoamérica y cada uno de los integrantes sabía que la aventura saldría mejor si tenían algo para llevarse. Algo que oficiara a su vez de motivo, medio, fin, estadía, trabajo y pasaje. Persiguiendo ese objetivo y cruzando múltiples lenguajes, se abocaron a la creación de una obra pensada para irrumpir en cualquier esquina, patio o explanada. Partieron de una madera noble y vieja, la fábula de Pinocho; convocaron a Carlos Piñero como director y esculpieron la historia y la puesta hasta dotar al popular muñeco de un nuevo e inquieto corazón.

Así, Pinocho salió a la calle, subió por el norte argentino, cruzó a Chile, pasó por Bolivia, llegó a Perú, vio el sol de cerquita y volvió. Encariñados con su criatura, los Pasamontañas no se resignaron a dejarla guardada en una maleta hasta el próximo verano, y las funciones siguieron en Córdoba, en escuelas, festivales sociales, cumpleaños, varietés y cualquier espacio que habilite entrada a la gorra.

El grupo se conoció en el marco de la resistencia estudiantil contra la Ley de Educación 8113. Durante el mes y medio de discusión de dicha ley, los estudiantes de Ciudad de las Artes tomaron distintas escuelas y decidieron ponerse un nombre de lucha. Todos optaron por llamarse usando el genérico “Niño”, seguido por algún apellido que representara una característica de cada individuo. Así surgieron Niña Gaucha, Niña Lima, Niño Jefe, Niño Niño, Niño Franela, Niña Stone, Niño Mono, Niña Maicena, entre muchos otros.

Pasado ese momento, un puñado de esos Niños se reunieron en la conformación de un proyecto artístico que rescata la lógica de la infancia. “Nos dimos cuenta de que esa era la esencia que nos movilizaba, la ingenuidad, la sensibilidad y la inquietud. A tomar la escuela nos impulsaron los niños, los de la secundaria, los primeros en hacer tomas. Teníamos en claro que hacíamos eso también por nuestros niños, nuestros sobrinos, nuestros hijos, nuestros futuros alumnos, porque estábamos ahí formándonos como profesores”, dice Ana Lucía Molina, integrante de Pasamontañas.

“Además –agrega Santiago San Paulo– fue una apuesta a darnos la posibilidad de crecer sin perder la referencia a nuestra propia niñez: la capacidad de sorpresa y el trabajo no especulativo”.

–¿Algo de esa lucha ingresó como tema en la obra?–Santiago: Como indicios. Ya la obra tiene un sentido político al gestarse como teatro callejero, de hecho fue un impacto para el grupo saber que íbamos a estar en el Buen Pastor. Pinocho se presenta en espacios donde el teatro va a buscar al espectador y no el espectador al teatro. Eso hace que no podamos plantarnos como los dueños del discurso ni perseguir un adoctrinamiento político-pedagógico del espectador. Entonces preferimos dar indicios sobre problemáticas que tienen lugar en Córdoba y que el espectador pueda construir sentido crítico en base a esos anzuelos. El espectáculo es para toda la familia, por eso las metáforas y anzuelos poéticos no son complejos. Buscamos captar la atención del espectador niño, pero trabajando a la vez con el público adulto. 

–¿Cómo se ve el cruce de artistas en la puesta? –Santiago: Trabajamos en contra de esa estigmatización según la cual el artista de la calle no posee preocupación o refinamiento estético. Para nosotros, lo estético es un arma y tratamos de usarla de la mejor manera. Dante, el artista plástico que hace de Geppetto, construyó el muñeco a escala humana pensando justamente en la visibilidad, en el trabajo callejero. La manipulación está a la vista, el espectador ve que al muñeco lo mueven una, dos, tres y hasta cuatro personas. Esa fue una propuesta del director Carlos Piñero. Tenemos tres músicos que provienen de palos musicales totalmente diferentes, juntos forman una mini banda, casi circense, que nos acompaña a los actores todo el tiempo. El colectivo está moviéndose atrás de cada escena. 

–Hicieron más de 100 funciones. ¿A qué lugares impensados llegaron?–Ana: En cada lugar donde nos toque hacerla sucede algo. Nos pasaron un montón de cosas muy buenas. Un día llegamos al último pueblo de la Argentina, en Jujuy. A 4.800 metros sobre el nivel del mar. No podíamos ni respirar, no había ni un arbolito. Caímos en el medio de la noche y no podíamos armar una carpa en la nada, sin preguntar. Nos recibió el médico del pueblito, nos indicó un lugar adonde podíamos quedarnos y arreglamos una función en la escuela. Caímos de sorpresa, con instrumentos, vestuariados, los chicos no lo podían creer, fue muy mágico. 

Final incierto