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Un actor y hombre cálido: columna de opinión de Mabel Brizuela

Columna de opinión de Mabel Brizuela, directora del doctorado en Letras. Exdirectora del Seminario Jolie Libois.

12 de abril de 2014 a las 02:56 p. m.
Mabel Brizuela
Un actor y hombre cálido: columna de opinión de Mabel Brizuela
Alfredo Alcón yuto una trayectoria marcada por su trabajo y su calidez humana.

En la década de 1980, en pleno Festival Latinoamericano, veníamos caminando por calle 27 de Abril, frenamos en el semáforo de Vélez Sársfield. Pasó una chica y dijo "¡Alcón!". Le dije entonces "Te saludan, Alfredo". Él saludó, se dio vuelta y me dijo: "Has visto que yo no paro el tránsito, ¿no?". Tenía ese humor.

Lo que más me impresionaba de Alfredo era su calidad humana y su calidez. De su talento escénico se ha dicho y se dirá muchísimo, pero lo importante es el hombre que había en él: coherente, humilde, fiel, amistoso, generoso, fiel al texto y los autores. Quisiera que de todos los homenajes que se hagan rescatar su disciplina como actor, el respeto que tenía por todos; él era parte de ese equipo y nunca la estrella. Era tan afable y respetuoso con el iluminador o el telonero, como con sus colegas.

En 1999, cuando dictó un curso en el Seminario Jolie Libois sobre la construcción del personaje eligió a dos dramaturgos que eran sus preferidos: de Eugene O'Neill seleccionó Largo viaje hacia la noche, y de Tenesse Williams eligió El Zoo de cristal. Eran clases maravillosas, por el clima que creaba, por la ternura que tenía para referirse al personaje y para entregarle ese personaje al actor.

Era un actor de cepa española, de la que heredamos de los grandes actores españoles que vinieron a nuestro país, formado en la escuela de Stanislavski. Para los jóvenes, quizá era un actor en un sentido ortodoxo. Pero él tenía una capacidad crítica sobre sus propias posibilidades.