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¿Te gustaría que las calles lleven nombres de humoristas cordobeses?

Una opinión sobre la idea que surgió en la Legislatura de bautizar con nombres de humoristas las calles de la ciudad.

14 de junio de 2016 a las 08:00 a. m.
¿Te gustaría que las calles lleven nombres de humoristas cordobeses?
El Negro Alvarez, durante el reconocimiento en la Legislatura (Prensa Festival del Humor).

Se miran, se entienden, se ríen con toda la boca, muestran los dientes, se ponen colorados de la risa, se palmean, se aplauden, se alegran, se acuerdan. Son los humoristas cordobeses en el recinto de la Legislatura. Ellos caminan las ciudades de la provincia, se presentan donde pueden, estirando el mango y la salud. Algunos llegaron lejos, en kilómetros y en reconocimiento público. Otros siguen remando.

A propósito de la distinción de los humoristas en la Legislatura durante la última edición del Festival Pensar con Humor, se dijo, como al paso, en una de las intervenciones previas al acto, por qué no poner nombres de humoristas a las calles de la ciudad, como se propuso en Buenos Aires.

Chicharrón al 500, esquina Chuño Cáceres, por ejemplo; Modesto Tisera esquina Sapo Cativa, y todas las combinaciones posibles, por los barrios que los reconocen como parte de su identidad.

Cuando el Negro Álvarez recibió la plaqueta fue categórico: "Si van a ponerle mi nombre a alguna calle, les advierto que tiene que ser de bulevar para arriba". La ocurrencia fue muy festejada.

El reconocimiento a los humoristas visibiliza el oficio de los artistas populares que, en el caso de los distinguidos, realizan su tarea de amor y supervivencia en solitario. Son los tipos que se paran en un escenario con más o menos luz y sostienen la parada. Con mucho o discreto talento, ofrecen sus chispazos al ritmo de una ciudad que a veces les gana en velocidad y urgencia.

Son los humoristas de los circuitos invisibles que gracias al Festival Pensar con Humor entran en la programación.

El formato austero que animan irá mutando, con nuevos rostros y el desenfado de los más jóvenes. Los estandaperos tradicionales son pudorosos, tipos chistosos, sencillos. El oficio se transmite a las nuevas generaciones que ya se verá cómo ganan localía y reconocimiento, si es que esos valores siguen en vigencia.

Por el momento, no está mal la idea de buscar calles para sus nombres, porque ellos persiguen, sin decirlo, la posteridad en su ciudad.

La deuda, todavía inmensa y cada vez más evidente, es la de las mujeres del humor. Habrá que preguntar por qué ellas no están, por qué el oficio parece que siempre fue cosa de hombres. Y después están los comediantes, esa raza maravillosa del arte escénico, motivo de otros reconocimientos.