Se estrena “Rastros. De memorias y hortensias”: una obra sobre la historia familiar
Balbuceando Teatro y El Juglar estrenan su nueva producción el sábado 21 de agosto, en la sala de Fresca Viruta, en forma presencial.
Ignacio Figueroa protagoniza Rastros. De memorias y hortensias. El texto refleja su experiencia de vida y la obra es dirigida por Alejandra Toledo.
El actor cuenta que inició el camino de la escritura en un taller con Gonzalo Marull. Ignacio trabajó sobre una etapa particular de su vida, la adolescencia, en su Salta natal, y creó una trilogía. En 2017 decidieron poner en escena Rastros, con la reescritura escénica de la directora. Durante tres años trabajaron interpretación y formato. Ignacio es el protagonista y se incorporó la actriz Yohana Mores, en el rol que aparece en pantalla y voz en off durante la representación.
Ignacio comenta que se mantiene la esencia de la obra original. La puesta es escueta, con pocos elementos. Rastros es el delirio de un hombre mayor que recuerda la década de 1970 y su familia.
“Él es parte, en esa época, de la sociedad de extrema derecha. Su hijo es montonero, quien con su compañera tienen una hija que queda al cuidado del viejo cuando ellos mueren. La historia cuenta esa relación en una familia ‘normal’. La niña empieza a preguntarse quién es, porque le ocultaron la verdad todo el tiempo”, dice el actor.
El abuelo viaja constantemente al pasado, a los momentos que marcaron su vida, como la muerte de su hijo. “Es un tipo muy complejo, desde lo brutal hasta lo humano, cuando se encuentra con la nieta no deseada. La obra trabaja muchas facetas de una sociedad hipócrita. La nieta lleva al viejo a un conflicto con sí mismo”.

Como dramaturgo, Ignacio revela que en la obra aparece su vida. “Cuando escribí la trilogía, quería hablar a los adolescentes sobre esa etapa. Mi madre estaba metida (sic) en la izquierda, en casa se escondía gente que huía de los milicos y todo eso estaba en mi cabeza. Por eso Juana, la nieta de la obra, representa esa mirada sobre lo que ocurrió y cómo viví ese proceso a los 14, 15 años”.
La trilogía se presentó en la modalidad de teatro semimontado en la Escuela Mantovani de Córdoba. La sorpresa fue el entusiasmo y la cantidad de ideas que aportaron los chicos y las chicas sobre los personajes. Incluso, participaron en el Intercolegial de Teatro que organiza cada año la Municipalidad. Lucas solo y Hablemos de Luli completan la trilogía. Hoy Rastros ha tomado otro rumbo y comienza una nueva etapa.
La trilogía de la memoria
“La obra tiene muchas cosas mías, la relación con mis padres, momentos de mucha intensidad que asumí a esta edad”, dice el actor que, al mismo tiempo, ve con alegría que los chicos de hoy responden al estímulo de sus textos.
–¿Qué querés decir con lo de “metida en la izquierda”, con respecto a tu madre?
–Ella era ama de casa y hacía inteligencia para el ERP. Tenía cuatro hijos, dos enfermos. Dio cobijo a gente que había que ocultar una semana o dos en casa. Mi padre era de la más alta raigambre social salteña. Estaban separados. Él logró que no los tocaran porque también tuvo algunos acercamientos al ERP.
–¿Qué recordás de todo aquello?
–En las obras transmito la sensación que tenía como adolescente. Entre los 14 y los 17 años vivíamos esto como una suerte de juego entre las cosas locas que pasaban en esa sociedad tan “bian” a la que yo pertenecía, con militares en la familia y una madre totalmente distinta, con una cabeza muy amplia. Ella era de Buenos Aires. Yo vivía eso. Era una infancia muy extraña, por la combinación con lo violento. No había conciencia en mí de lo cercana que estaba la muerte. A la distancia, veo eso como muy interesante. Yo no jugaba con la vida y la muerte. No lo sabía.
Para Ignacio, esa situación se traducía en afectos muy intensos, contactos con la gente que pasaba. Recuerda que por su casa pasó “la mujer de Santucho” poco antes de que la mataran. “Recuerdo como un hecho relevante a ella y a sus hijas, por todo lo que pasaba en torno a eso. Hasta hoy tengo esa sensación”, señala el actor.
Cuando se abre esa puerta, fluyen los recuerdos, como los del Mundial de Fútbol de 1978. “Mi vieja sabía lo que estaba pasando. Yo no entendía por qué en casa no se festejaba. Era la dualidad entre lo que vendía el gobierno y la realidad que pasaba por mi casa”.
En la obra de Figueroa no se habla de política, solo se instalan las acciones. “Tiene que ver con lo prohibido. Lo obvio no aparece en ningún momento. Todo pasa a ser como en la película La ciénaga, de Lucrecia Martel, sobre la sociedad salteña, donde nada se dice y todo pasa. Hay pocas referencias a la época (Mirtha Legrand, Tato Bores, los vuelos de la muerte). Todo es una metáfora. Se evade lo brutal”, dice Ignacio.
La madre del actor se llamaba May y murió en 2007. Nunca fue encarcelada ni desaparecida.
–¿Pudiste hablar con tu madre de esta historia?
–No, nunca. Ella tenía amigas con las que hablaba. Conmigo no. Tenía una posición política muy clara. Yo crecí con esa mirada abierta, muy crítica de lo que ocurrió, alejada de la locura de los años 1970. Nunca me contó detalles, no pude desarmar su historia. Fui armando desde mi memoria y reconstruyendo los pedazos de esa vida. Mi padre me contó algo. Muchos amigos terminaron muertos o exiliados en México.
Rastros. De memorias y hortensias ganó el premio a la creación y producción teatral independiente de Córdoba-2019.
Para ver
Rastros. De memorias y hortensias. Autor: Ignacio Figueroa. Dramaturgista: Alejandra Toledo. Imágenes y Voces: Yohana Mores. Escenografía y objetos: Equipo Rastros. Vestuario: Equipo Rastros y Anna Cubeiro. En escena: Ignacio Figueroa. Sábado 21 de agosto, a las 20. Repite el sábado 28 de agosto, a las 20, en Fresca Viruta Espacio, av. Patria 1526, Córdoba. ATP. Entrada general: $ 400. Reserva y venta anticipada por WhatsApp: 54 9 352 455430. Duración: 60 minutos.

