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Nuestro comentario de la ópera Un ballo in maschera: con la ópera en la piel

El viernes se estrenó “Un ballo in maschera” en el Teatro San Martín. Hubo sorpresas en el vestuario y aplausos a granel.

15 de mayo de 2016 a las 06:00 p. m.
José Playo
Nuestro comentario de la ópera Un ballo in maschera: con la ópera en la piel
Detalle burocrático. Los personajes de la obra tienen en sus ropas trozos de partituras y de expedientes. // Foto: Sergio Cejas

Siempre hay una magia que predispone bien a la hora de entrar en el Teatro del Libertador San Martín. La posibilidad de cambiar el ruido de la ciudad por el amparo de sus ceremonias de interior, es un bálsamo. La función del viernes por la noche convocó a sala llena para el estreno de la ópera Un ballo in maschera, escrita por Giuseppe Verdi y traída a la actualidad con dirección musical de Hadrian Avila Arzuza y dirección de escena de Felipe Hirschfeldt.

La experiencia se convirtió en un viaje de varios sentidos gracias a la forma en que se presentaron la escenografía y el vestuario, responsabilidad de Santiago Pérez, trabajo que merece un comentario aparte.

Apta para todos

Pensar en ópera suele remitir, en el imaginario popular, a espectáculos que dejan afuera a quienes no manejan una supuesta serie de códigos para entender o interpretar de qué se trata lo que ocurre sobre el escenario. Lo primero que se puede decir para perder el miedo es que el gran mérito de lo que se presenta es el resultado de una maquinaria aceitada en la que juegan una orquesta que está debajo del escenario (nada menos que la Sinfónica de Córdoba, al mando de Arzuza, aceitada como un reloj suizo, soberbia y altamente disfrutable), que desde las entrañas de las tablas le pone la banda de sonido al drama que los actores representan arriba. En escena, al mejor estilo de las telenovelas, hay una de esas historias de amor en las que se quiere lo prohibido, y se engaña y se sacrifica en pos del amor (no vamos a detallar mucho para no orillear el spoiler).

Esa historia está representada por talentosos actores que, en realidad, son un tenor (Ignacio Guzmán), una soprano (Jacqueline Cohen), un barítono (Mauro Espósito), y una contralto (Alejandra Malvino) entre los roles principales. A medida que el relato avanza, los colores de las voces van sumándose con los de otros protagonistas y el escenario se vuelve pleno de intérpretes que hacen avanzar la historia en tres actos con sus correspondientes intervalos.

El texto está subtitulado (hay una pantalla cómodamente suspendida a buena altura con la traducción, para no perderse el hilo de la historia) y el drama, a pesar de haber sido escrito hace bastantes años, tiene fresco el encanto de las viejas fábulas con las que puede identificarse cualquier espectador, sin importar la formación que tenga.

Original vestuario

El comentario aparte que merece el vestuario es para hacer foco sólo en un detalle. Por la ropa de los personajes pareciera que trozos de papel van trepando, como si desde el ruedo de sus pantalones y hasta instalarse en el pelo en un par de rulos, los papeles amenazaran con devorarlos. En diálogo previo a su estreno, Santiago Pérez contaba que tuvo que resolver a último momento algunos imponderables presupuestarios, y decidió incluir, de forma sutil y a tono con el relato, el detalle de que algunos personajes tuvieran, además de las partituras, expedientes y papeles que representaran la burocracia que a veces pone en peligro el estreno de las obras. Fue sólo un detalle, pero, sumado a un diseño de iluminación exquisito, logró momentos sublimes.

Un ballo in maschera no es una ópera simplemente, es la posibilidad de ver cómo se pone en movimiento un teatro completo al servicio del espectador con la intención de dar lo mejor para una obra. A como dé lugar. Porque se ama lo que se está haciendo.

Funciones: Un ballo in maschera, hoy a las 20; martes 17 y jueves 19 a las 21. Teatro San Martín (Vélez Sársfield 365). Entradas en boletería.