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Ella habla sola

Soledad Silveyra cierra este domingo el Festival del Mercosur con “Nada del amor me produce envidia”. La actriz encara por primera vez un monólogo, mirando al público a los ojos.

13 de octubre de 2013 a las 12:00 a. m.
Beatriz Molinari
Ella habla sola
Soledad Silveyra interpreta a una costurera de barrio en “Nada del amor me produce envidia”, obra que cierra el ciclo que el festival le dedicó al cordobés Santiago Loza.

A horas de su presentación en el Festival de Teatro del Mercosur con la obra Nada del amor me produce envidia, Soledad Silveyra acepta la conversación. Por momentos su palabra tiene tanta fuerza como el monólogo escrito por el cordobés Santiago Loza.

Cuenta que la obra le llegó de manos de Alejandro Tantanian, el director. Le ofrecieron hacer Teatrísima, un ciclo de teatro leído a beneficio de la Casa del Teatro.

"Tanta propuso a Santiago que yo lo leyera. Les gustó a los dos. Entonces decidimos montarlo. Fue una experiencia para mí bárbara porque nunca había hecho monólogo. Muy difícil. Además, con un texto abordado por una actriz under (María Merlino en la recordada versión anterior) con todas las congratulaciones. Así que fue meterme en camisa de once varas, como diría la abuela. Pero me apasionó tanto el texto que me olvidé de todo y me sumergí en él", dice Silveyra.

Nada del amor me produce envidia se presenta este domingo a las 22, en la Sala Carlos Giménez del Teatro Real (San Jerónimo 66).

-¿Qué aspectos del texto de Loza han trabajado?

-Lo que hizo Tanta fue dejarme absolutamente sola y que me dirigiera al público. Ésa es la primera diferencia. O sea que el ‘usted\' se convirtió en ‘ustedes\'. Eso fue titánico para mí porque una cosa es hacer humor frente a la gente, y otra, hacer un relato como éste, donde los silencios dan la pauta de lo que estás haciendo, y no la risa. De verdad es un desafío porque no pensé que me sacarían la cuarta pared (al dirigirse directamente al público). Entonces ahí estoy, solita, metida en una caja relatando la historia de esta mujer.

–¿La cuarta pared protege al intérprete?

–Protege, sirve para la concentración. Mirar a los espectadores distrae. De manera que tengo que lograr concentración. El grado de conexión y profundo amor que establezco con el espectador es lo que me contiene. Y que sea lo más auténtico posible.

–En el conflicto de esta costurera de barrio, ¿por dónde entrás al personaje?

–Tengo en mi memoria muy metida a mi abuela. Hay una cultura de mi abuela que me invadió y creo que fue eso lo que me acercó al texto, a esa costurera, que sería la de ayer. Mi abuela nació en 1903. Era de la generación de Libertad (Lamarque), un poquito mayor. Siempre las artistas fueron referentes y sobre todo Libertad. Es ese mundo el que dejé que me invadiera, con el que trabajé, donde me metí. Tengo cosas de esa cultura del aparentar. ‘Esto no se dice, esto no se hace\'. Oír, ver y callar. Yo me crié con eso. Poder trabajar eso de mi infancia fue muy sano para mí.

–Ese mundo te dio fortaleza.

–Fortaleza que sólo da sentir que hay una cultura que es así, y que no deseché. Son cosas que una critica, pero es maravilloso cómo el teatro ayuda a recuperar conductas de seres amados.

–¿Pensás que esa conducta persiste?

–La mujer ha cambiado mucho, en cuanto a lo femenino. Con respecto a tener que decidir, creo que muchas veces nos boicoteamos, sentimos que no podemos. Al fin y al cabo todos esperamos el momento para decidir cosas importantes y cuando llega ese momento es como si no estuviéramos preparados, como si el cuerpo se resistiera y doliera. Esto que dice mi costurera pasa muy seguido.

–Ella está tironeada por dos fuerzas claramente antagónicas. Como actriz, ¿te sentiste alguna vez así?

–A veces me siento incómoda, pero como trabajo con eso, puedo dialogar con Montescos y Capuletos. No tengo más que mi ideología, que es en lo que yo creo, el modo en cómo deben distribuirse las cosas, que es la diferencia fundamental, en economía. Manejo eso muy bien porque no estoy atada a nada, soy muy libre y creo que la cultura no tiene que ser acaparada por un partido político. Al contrario, la cultura es de todos. Puedo trabajar para el gobierno nacional o el de la ciudad (Caba). Y como no soy peronista (nunca fui), eso me da mayor libertad. No pertenezco a Montescos o Capuletos. Considero que así debe ser: la cultura no debe ser empañada por ideología, aunque cuando hacemos teatro hablamos de ideología.

–Si trazamos tu perfil como actriz, no has tomado nunca tus trabajos al azar.

–No, por supuesto. He tratado siempre de hacer cosas que digan algo.

La visita de las señoras

Nada del amor me produce envidia pone en el centro de la escena a una mujer anónima, una costurera de barrio.

"De golpe, llega Libertad (Lamarque) con unos hilos y sedas que solo existen en un cuento raro de Oriente. Le pide un vestido pero cuando se lo mide no queda conforme. Ella no lo puede creer porque es lo mejor que han hecho sus manos, que cosieron con idolatría y amor profundo. En ese momento, con el vestido casi listo, llega Evita y le pide ese vestido. Quiere ése", sintetiza Soledad.

–El personaje vive la situación de estar frente a una mujer poderosa. Te pasó cuando entrevistaste a la Presidenta. ¿Cómo fue esa experiencia?

–Es un poco como dice la obra: "El día que vi entrar a Evita en mi taller creí que me había muerto" (Risas). Hay una cosa que tiene el poder... Una se siente más pequeña. Me pasó cuando salió la entrevista que nunca imaginé que saldría, y yo intenté hacer una conversación de mujer a mujer, pero sentí que me faltaba, que estaba muy asustada. Me hacía la canchera pero estaba muy muy nerviosa. Y bueno, me la banqué.

–¿Cómo se percibe el poder en el cuerpo, en ese momento, ahí sentada?

–En la manera de hablar, cómo la inteligencia maneja la conversación para el lado que se quiere. Ver la inteligencia de un presidente que lleva la cosa y una se va metiendo en el medio. Fundamentalmente me di cuenta de que ella pudo manejar la situación mejor que yo.

–Volviendo a tu abuela, ¿qué otros referentes femeninos tenés?

–Mi abuela es el bastión. Tan fuerte, azarosa y dura fue mi infancia... Mi madre terminó pegándose un tiro. Todo ese oír, ver y callar, no poder decidir, siempre aceptando, bajando la cabeza, nunca mirar a los ojos, esas cosas que hace la gente educada, a veces con rencor. Entonces ésa es la potencia mayor que tengo, lo acontecido en mi vida, lo que conocí de esa cultura de mujeres que no quieren saber. Todavía pasa esto de tener que decidir. Tal vez hoy las mujeres estamos más avanzadas en las decisiones. Pero como hay tantas mujeres que no, es tan bello que se pueda escuchar ese texto e imprimir en diferentes realidades. ¡Hay tantas mujeres que son como mi costurera!

Repartida

Soledad Silveyra comienza a grabar esta semana la novela nueva de Adrián Suar en El Trece, Mis amigos de siempre. "Junto a Osvaldo Laport y jóvenes maravillosos como Nicolás Cabré, Nico Vásquez, Gonzalo Heredia, Calu Rivero, la Cherry (Agustina). El tema central es la recuperación de un espacio, un club que están a punto de perder", comenta. Soledad es Inés, la mujer que tiene que levantar el club, la madre de Gonzalo Heredia.

La actriz tiene que decidir si va a Mar del Plata con Nada del amor me produce envidia. "Voy a ver, porque grabar es mucho", dice frente al dilema de dos protagónicos tan tentadores.