Contra las cuerdas: Nuestro comentario sobre "Sparring"
Nuestro comentario sobre Sparring, la obra que Monkey Club exhibe los jueves en El Cuenco. Una pelea intensa y digna de ser vista.
Un boxeador eleva y baja su torso para hacer tantos abdominales como hagan falta. Atrás una chica manipula un pedazo de carne sin ninguna pretensión poética, con la transparente intención de retacear unos bifes para convertirlos en milanesas. La luz se activa desde las llaves, el gas sale sin cautela por las hornallas, los ruidos y los olores propios de cualquier casa revocan en conjunto el rostro de la sala. Allí, la cosa se pone primero visceral y luego tensa, con entradas inoportunas que amenazan con dejar, desde el vamos, a los personajes contra las cuerdas.
Pero la historia avanza sutil y encuentra en los silencios y en los secretos guardados la clave para gatillar los golpes de mayor impacto. Ahora son tres. En el interior de una vivienda modesta y minuciosamente montada dos hombres y una mujer interactúan mientras llevan a cabo sus acciones cotidianas. El ritmo se fortalece en el contraste entre el nocaut de palabras del entrenador-representante y las esquivas respuestas monosilábicas (cuando no onomatopéyicas) de los otros dos personajes. Bajo ese diseño triangular los deseos se deslizan ocultos como partículas de efedrina que dinamizan e inflaman las venas de la trama.
Pero más allá de ese triángulo y su "criminal mambo", la fábula agrega una arista y expande la acción hacia el cuadrilátero, el miserable donde entrena el boxeador amateur y el otro, el que aguarda en Buenos Aires, junto a las promesas de cinturones dorados y flashazos. Ellos quieren pelear allá. Ella teme tener que enfrentarse al peso pesado de la doble soledad.
Mientras esperan la gloria que no llega todos tiran besos y guantazos en el aire y ninguno logra salir sin moretones de la pelea contra el tabú y las pasiones. Sparring hace de la fuerza del subtexto y la exacerbación del principio ilusionista-mimético dos estrategias para subir sin protección al ring siempre incierto de la función. A fuerza de entrenamiento actoral y elocuencia, la producción debut de Monkey Club consigue acertar un cross bien puesto en la mandíbula del realismo enmohecido para que se despabile y vuelva a dar (con una mueca equidistante de la culpa moralista y las concesivas de la risa) una pelea intensa y digna de ser vista.
Una co-producción de Monkey Club y
. En escena: Coko Albarracín, Hernán Danza y Luis Ramírez. Asistencia de dirección: Gustavo Kreiman. Dirección: Luis Ramírez. Jueves 14 y 28 de agosto a las 21.30, en El Cuenco Teatro (Mendoza).

