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Cantar el cuento

Charlotte Gainsbourg editó “IRM”, un disco sobre cómo la muerte se le acercó peligrosamente. Lo produce Beck.

14 de febrero de 2010 a las 07:08 p. m.
Cantar el cuento

La historia es más o menos conocida. Mientras practicaba esquí acuático en 2007, Charlotte Gainsbourg, actriz y cantante francesa en ascenso (mejor conocida, mal que a ella le pese, como la hija del gran Serge Gainsbourg), sufría un accidente en principio inofensivo. Después, tras un estudio de resonancia magnética, se descubría que Charlotte albergaba un coágulo peligrosísimo en la cabeza, del que milagrosamente consiguió salir viva.Así, aturdida por la proximidad de la muerte, Gainsbourg se acercó a Beck con la idea de componer un disco que reflejara los tormentos de haber estado tan cerca del final en mayúsculas. De esa colaboración nacieron las 13 canciones de este mutante y sorprendente IRM, un disco que viene a cambiar la imagen correcta y naif que se tenía hasta ahora de Gainsbourg (abonada por el cuidado y preciosista 5:55, su disco anterior).Si bien la presencia de Beck entre bastidores pueda parecer avasallante en un principio, lo cierto es que IRM es una perfecta colaboración entre productor y cantante. El dúo se complementa sin problemas; Beck aporta su música cada vez más personal, lúcida y deforme (que viene profundizando en sus últimos trabajos), y Gainsbourg sumerge todo en su voz sombría y camaleónica, consciente de que está ante una obra conceptual que es tanto un homenaje como un "hasta luego" burlón a la oscura criatura de la guadaña.Por eso, en IRM abundan títulos como Heaven can wait, In the end o frases como "me voy a tomar un tiempo antes de ir bajo suelo" (Dandelion). El pulso del disco es sinuoso, impredecible: un sonido de máquinas de hospital adorna la kraut-chanson IRM (siglas de la máquina de resonancia que le salvó la vida a Gainsbourg), un ritmo marcado y beatlesco acompaña la hitera Heaven can wait y un oportuno colchón de coros fantasmagóricos produce el clímax de la bella Time of the assassins. Con IRM, Charlotte Gainsbourg comprueba que ganarle una pulseada a la muerte no sólo te permite contar el cuento, sino también grabar (y cantar) un excelente puñado de canciones.