Un punto de vista sobre los políticos al dejar la arena política
Daniel Giacomino presentó su banda de rock y José Manuel de la Sota se muestra en la intimidad en las redes. ¿Cuál es el motivo?
Por estos días se pudo ver a Daniel Giacomino desfilar por algunos programas y sitios informativos, pero las razones de su presencia mediática no estaban relacionadas con la política, al menos en un primer vistazo. El exintendente promocionaba Rockin’ Dog, la banda que integra junto con su hijo y otros músicos y con la que hace versiones de artistas nacionales e internacionales.
En su actuación en El show de la mañana, por ejemplo, la agrupación interpretó Rock del gato (Ratones Paranoicos) y Have you Ever Seen the Rain (Creedence Clearwater Revival), lo cual produjo reacciones previsibles por parte de los cordobeses.
Más allá de las verdaderas intenciones de Giacomino al integrar un grupo de rock, es lógico que las valoraciones artísticas queden eclipsadas por cuestiones de mayor peso. Un funcionario que tuvo alto rango y activa participación en los últimos años no puede pretender que el ciudadano o los medios sólo juzguen su actividad musical, porque el pasado condiciona cualquier análisis, del tipo que sea.
Al rock se lo asocia históricamente con la juventud y cierta idea de libertad o rebeldía, y cualquiera que sepa absorber esos ideales podrá despertar simpatías en quienes se identifican con tales valores. En el caso de un político, eso se traduce en adhesiones y posteriores votos.
Por otro lado, hay que saber diferenciar un hobbie de un proyecto que adquiere dimensión pública: la música puede ser una vía de escape maravillosa y todo el mundo tiene derecho a formar un proyecto, pero es muy diferente cuando se promociona y se aceptan las invitaciones a tocar en vivo en la radio o la televisión. Más en este caso, en el que hay más entusiasmo que talento. No puede ser leído como un acto inocente. Hay política por detrás, lo quiera Giacomino o no.
Otro caso
En ese aspecto, el exgobernador José Manuel de la Sota se le adelantó varios años cuando grabó su disco de tangos, un género que no promueve los mismos valores del rock, y tal vez por eso mismo útil a sus intereses.
Sábado a la noche: cocinando verduras al wok en buena compañía. pic.twitter.com/Uql4qXfhAH
— José M. de la Sota (@DelaSotaOk) September 10, 2017
Pero los tiempos cambian y exigen adaptación: así como alguna vez la música ocupó un espacio central en la juventud, hoy ese lugar preponderante parece ocupado por las redes sociales, con sus características y hábitos singulares, un escenario muy interesante para producir contenido.
De la Sota usa Twitter para mostrar un costado más canchero: en las últimas semanas tuiteó sobre el legado de Freddie Mercury, subió selfies de su viaje por Valencia –con lentes de sol de moda y epígrafes descontracturados–, publicó unas fotos en las que aparecía cocinando, ataviado con un delantal bastante curioso, y acompañado por sus perros. También anunció una línea de ropa masculina llamada El Hombre. Todas conductas asociadas a la generación millennial.
De nuevo, es difícil de creer que todo sea espontáneo y no una acción política con objetivos bien fijados. Además estamos hablando de Twitter, el lugar perfecto para el consumo irónico: incluso las burlas pueden resultar provechosas.
En la campaña presidencial de Mauricio Macri, Facebook fue fundamental, de la misma manera que Twitter lo fue para Donald Trump en los Estados Unidos. Es importante comprender que hoy el político es el medio: allí puede propagar sus mensajes sin necesidad de terceros. Y en esta era posverídica, en la que las creencias personales suelen ubicarse por encima de los hechos objetivos, mostrar actitudes juveniles o emociones fuertes parece igual o más ventajoso que hablar de medidas concretas o asuntos que atañen al bienestar social, el objetivo principal por el que es elegido un político.
El problema no es que las redes sociales hayan cambiado las reglas de juego, sino que nos enfoquemos únicamente en el buzz que generan, porque por detrás de ese ruido estamos los ciudadanos. Si de la extensa entrevista que concedió Cristina Fernández a Infobae se viraliza sólo una frase de alto impacto ("A mí me decían yegua, puta y montonera"), se pierde de vista el cuadro completo.
De igual forma, si un ministro de ambiente aparece disfrazado de planta y lo más interesante que genera es un scroll infinito de memes, deberíamos preguntarnos si al burlarnos de él no estamos también, inconscientemente, burlándonos un poco de nosotros mismos.

