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Llega "El cazador de historias", con los últimos relatos de Eduardo Galeano

Bellas y poderosas historias, pistas de su biografía, sus años de infancia y juventud y sus reflexiones sobre la muerte se incluyen en El cazador de historias, el libro que Eduardo Galeano dejó listo antes de su muerte. Aquí anticipamos algunos fragmentos del título que publica la editorial Siglo XXI.

03 de abril de 2016 a las 01:59 p. m.
Llega "El cazador de historias", con los últimos relatos de Eduardo Galeano

El cazador de historias, la obra que Eduardo Galeano terminó de escribir un año antes de morir, llegará esta semana a las librerías. Se trata de un libro que mantiene la estructura de microrrelatos de sus últimos trabajos, pero en este caso se incluyen textos que, con toda la sensibilidad y crudeza que lo caracterizan, se permite hablar de sí mismo y reflexionar en torno a la muerte.

"Es como conocer un Galeano raro. Si bien cuando hablabas con él era común escuchar esas historias personales porque las contaba mucho y muy bien, nunca las había puesto por escrito, lo hace por primera vez. En ese sentido, puede despertar emociones, son historias preciosas, más extensas y con marcas de oralidad: es como estar escuchándolo a él", señala su editor, Carlos Díaz.

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El cazador de historias, título que pone punto final a su amplia bibliografía (íntegramente publicada por Siglo XXI Editores), incorpora además textos que Galeano denominaba "Garabatos".

Tal vez porque era consciente de que la muerte rondaba (Galeano peleó contra un cáncer de pulmón por casi ocho años), el entrañable autor uruguayo sumó dos secciones de tono más autobiográfico: "Los cuentos cuentan", que son historias surgidas a partir de sus obras, y "Prontuarios", donde reúne textos sobre sí mismo, su relación con Juan Carlos Onetti y recuerdos de viajes por América Latina, la porción del mundo que ocupó sus mayores preocupaciones literarias.

"Quise, quiero, quisiera" es el apartado final de libro y es precisamente el agregado que Galeano no previó incluir. "Vimos que una vez terminado el libro había estado reflexionando sobre la muerte. Y es raro porque él no hablaba de eso o de sus enfermedades, como mucho podía decirte que estaba cansado de los médicos, y sin embargo escribió unos relatos muy impactantes, algunos tiernos, otros muy angustiantes", contó Díaz.

Eduardo Galeano junto a Juan Carlos Onetti, un colega muy admirado. / Gentileza editorial Siglo XXI
Eduardo Galeano junto a Juan Carlos Onetti, un colega muy admirado. / Gentileza editorial Siglo XXI

Galeano dejó plasmado en este libro una lúcida y comprometida visión de cronista a través de los microrrelatos reunidos en "Molinos de tiempo", la sección más extensa de El cazador de historias, donde aborda aquellos temas que más lo obsesionaban, como leyendas, deidades, sociedades antiguas, indígenas y orientales, costumbres, atropellos injustos y resistencias sociales.

Junto a Juan Gelman. / Gentileza editorial Siglo XXI
Junto a Juan Gelman. / Gentileza editorial Siglo XXI

En palabras de su editor, la primera parte del libro "es una mirada crítica del siglo XXI pero con el estilo de él; es como una especie de alienígena que llega a la Tierra y mira sin entender cómo es que tenemos ciertas actitudes tan autodestructivas, locas, que son contradicciones en sí mismas. Son sus temas recurrentes, que te los hace ver con ojos distintos".

Lo que sigue es una selección de textos del nuevo libro.

Por qué escribo/1

Les quiero contar una historia que para mí fue muy importante: mi primer desafío en el oficio de escribir. La primera vez que me sentí desafiado por esta tarea.

Ocurrió en el pueblo boliviano de Llallagua. Yo pasé ahí un tiempito, en la zona minera. El año anterior había ocurrido la matanza de San Juan ahí mismo, cuando el dictador Barrientos fusiló a los mineros que estaban celebrando la noche de San Juan, bebiendo, bailando. Y el dictador, desde los cerros que rodean el pueblo, los mandó ametrallar.

Fue una matanza atroz y yo llegué más o menos un año después, en el 68, y me quedé un tiempo gracias a mis habilidades de dibujante. Porque, entre otras cosas, siempre quise dibujar, pero nunca me salía demasiado bien como para que sintiera el espacio abierto entre el mundo y yo.

El espacio entre lo que podía y lo que quería era demasiado abismal, pero se me daba más o menos bien para algunas cosas, como por ejemplo, dibujar retratos. Y ahí, en Llallagua, retraté a todos los niños de los mineros e hice los carteles del carnaval, de los actos públicos, de todo. Era buen letrista, entonces me adoptaron y la verdad que lo pasé muy bien, en aquel mundo helado miserable, con una pobreza multiplicada por el frío.

Y llegó la noche de la despedida. Los mineros eran mis amigos, y entonces me hicieron una despedida con mucha bebida. Bebimos chicha y singani, una especie de grapa boliviana muy rica pero un poco terrible; y estábamos ahí celebrando, cantando, contando chistes, a cuál más malo, y yo sabía que a las cinco o seis de la mañana, no recuerdo bien, sonaría la sirena que los llamaría al trabajo a la mina, y ahí se acabaría todo, hora de decir adiós.

Cuando se acercaba el momento, me rodearon como para acusarme de algo. Pero no era para acusarme de nada, era para pedirme que les dijera cómo era la mar. Dijeron:

Ahora dinos cómo es la mar.

Y yo me quedé un poco atónito porque no se me ocurría nada. Los mineros eran hombres condenados a la muerte temprana por el polvo de silicosis en las tripas de la tierra. En los socavones, el promedio de vida en aquel tiempo era de 30, 35 años, y de ahí no pasaba. Sabía que ellos nunca verían la mar, que iban a morirse mucho antes de cualquier posibilidad de verla, ya que además estaban condenados por la miseria a no moverse de ese humildísimo pueblito de Llallagua. Así que yo tenía la responsabilidad de llevarles la mar, de encontrar palabras que fuesen capaces de mojarlos. Y ese fue mi primer desafío como escritor, a partir de la certeza de que escribir, para algo, sirve.

Autobiografía completísima

Nací el 3 de setiembre de 1940, mientras Hitler devoraba media Europa y el mundo no esperaba nada bueno.

Desde que era muy pequeño, tuve una gran facilidad para cometer errores. De tanto meter la pata, terminé demostrando que iba a dejar honda huella de mi paso por el mundo.

Con la sana intención de profundizar la huella, me hice escritor, o intenté serlo.

Mis trabajos más exitosos son tres artículos que circulan con mi nombre en Internet. En la calle me para la gente, para felicitarme, y cada vez que eso ocurre me pongo a deshojar la margarita:

Me mato, no me mato, me mato… Ninguno de esos artículos fue escrito por mí.

Por qué escribo/3

Para empezar, una confesión: desde que era bebé, quise ser jugador de fútbol. Y fui el mejor de los mejores, el número uno, pero sólo en sueños, mientras dormía.

Al despertar, no bien caminaba un par de pasos y pateaba alguna piedrita en la vereda, ya confirmaba que el fútbol no era lo mío. Estaba visto: yo no tenía más remedio que probar algún otro oficio.

Intenté varios, sin suerte, hasta que por fin empecé a escribir, a ver si algo salía.

Intenté, y sigo intentando, aprender a volar en la oscuridad, como los murciélagos, en estos tiempos sombríos.

Intenté, y sigo intentando, asumir mi incapacidad de ser neutral y mi incapacidad de ser objetivo, quizás porque me niego a convertirme en objeto, indiferente a las pasiones humanas.

Intenté, y sigo intentando, descubrir a las mujeres y a los hombres animados por la voluntad de justicia y la voluntad de belleza, más allá de las fronteras del tiempo y de los mapas, porque ellos son mis compatriotas y mis contemporáneos, hayan nacido donde hayan nacido y hayan vivido cuando hayan vivido. Intenté, intento, ser tan porfiado como para seguir creyendo, a pesar de todos los pesares, que nosotros, los humanitos, estamos bastante mal hechos, pero no estamos terminados. Y sigo creyendo, también, que el arcoíris humano tiene más colores y más fulgores que el arcoíris celeste, pero estamos ciegos, o más bien enceguecidos, por una larga tradición mutiladora.

Y en definitiva, resumiendo, diría que escribo intentando que seamos más fuertes que el miedo al error o al castigo, a la hora de elegir en el eterno combate entre los indignos y los indignados.

Vivir por curiosidad

La palabra entusiasmo proviene de la antigua Grecia, y significaba: tener a los dioses adentro.

Cuando alguna gitana se me acerca y me atrapa una mano para leer mi destino, yo le pago el doble para que me deje en paz: no conozco mi destino, ni quiero conocerlo. Vivo, y sobrevivo, por curiosidad.

Así de simple. No sé, ni quiero saber, cuál es el futuro que me espera. Lo mejor de mi futuro es que no lo conozco.