El rock es un objeto de risa
Vestuarios, escenografías y objetos de los personajes del ciclo: cómo es por dentro el museo de Peter Capusotto.
En la entrada al predio, frente a la moderna carpa de Philip Morris (promotoras de sonrisa perfecta, ambientación lounge), el viernes inauguró las puertas el nada moderno Museo Peter Capusotto, el templo donde todos los objetos del programa adquieren calidad de culto.Un cartel en la entrada anuncia que se trata de "un paseo para apreciar un montón de basura y objetos inútiles", puestos ahí "sin otra intención que recordar haberlo visto antes". Suficiente motivación para entrar, sin visita guiada, ya que no hace falta.Adentro, hasta el calor de la carpa parece reproducir el ambiente de las grabaciones de cada programa. Y lo primero que se ofrece al visitante es la reproducción ("la original", anuncian) de la ventana de cromo verde frente a la cual Capusotto presenta a sus criaturas, y por la cual han pasado obeliscos voladores o caras del Papa sonriendo (los efectos especiales no vienen incluidos, claro).Unos pasos más allá, detrás de cintas de seguridad y bajo la mirada de un seguridad, el paseo ofrece todo el backstage del programa: el disfraz de "El Hombre Soda" de Nico Nuca (y la oportunidad de comprobar que no, no tira soda de verdad), el traje impecable de Nicolino Roche, piezas artísticas como un metegol de cartón y salchichas (la pelota, una aceituna arrugada); publicidad aria de Micky Vainilla y toda una serie de objetos cuyos materiales responden al espíritu capusotteano.¿Entra la gente, pasea, hace silencio de museo? Sí, varios, aunque no hacen silencio sino que se ríen al ver en vivo lo que siguen en TV, sacándose fotos sin parar (en este museo el flash se permite), y algunos hasta observando con cara de críticos de arte y frente fruncida la reproducción hecha en basura por Pinky Lavié de la Gioconda, como si fuera la verdadera.Los hits son la reproducción del rincón de Pizzería Los Hijos de Puta: una silla, mesa, la pizza y las manchas en la pared incluidas; el rincón de Bombita Rodríguez, con el póster original del filme que hizo con la Coca Sarli, el Topo Giggio marxista, y demás merchandising montonero.Hacia el final, el espacio de Pomelo se forma con una chacarita de los objetos que ha destrozado en su vertiginosa carrera de rockanroll (un bidet, una computadora); y un living con el sillón sesentoso desde el cual Violencia Rivas escupe whisky y proclamas punk.Así, con buena concurrencia (limitada por el hecho de que cobran el ingreso), toda la utilería de Capusotto cobra valor de culto, de recinto irónicamente sagrado (de alguna manera recuerda al Museo Hippie de San Marcos) y de anverso poco solemne de lo que suena en vivo en el predio.Queda una sensación al final del recorrido: todo por dos pesos. Bah, en este caso, por ocho, el valor de la entrada para el paseo.

