Otra experiencia sinfónica de Mehldau
Brad Mehldau editó "Highway rider", un álbum doble en el que logra colocarse mucho más allá de la tantas veces edulcorada marca del “jazz con orquesta”.
En Highway rider (Warner), un álbum doble compuesto, arreglado y orquestado por él mismo, Brad Mehldau pareciera relativizar la idea de que el jazz, por sobre cualquier concepto, se nutre de lo que dicta el momento. El arquitecto y el improvisador, que escuchándose mutuamente hicieron de la música de Mehldau un implacable ejemplo de jazz moderno (cuya quintaesencia podría estar en los cinco volúmenes de The art of the trío), ceden ahora espacio al cálculo previo y a la escritura para orquesta. Cuerdas y vientos dialogan con el trío dilecto del pianista (con Jeff Ballard en batería y Larry Grenadier en contrabajo), que en la oportunidad se alarga con la incorporación del saxofonista Joshua Redman (uno de los tenores más sorprendentes de los últimos años) y el multipercusionista Matt Chamberlain.
Empapada de un modernismo cuya referencia podría estar en Paul Hindemith, Bela Bartok o Dimitri Shostakovich, la escritura orquestal de Mehldau, que recientemente estrenó en Francia The brady bunch variations, su primera obra para orquesta sinfónica, resulta consistente y no se agota en sí misma: el diálogo entre el conjunto orquestal dirigido por Dan Coleman y un grupo de solistas que a su vez dialogan entre ellos, es el principio sobre el que se pronuncian los 15 momentos de un disco que es posible escuchar como una misma obra, aunque hay, por supuesto, otras articulaciones posibles.
Si en el inicio del primer disco, John boy, es el piano el que llama a solistas y orquesta, en la apertura del segundo la relación se invierte: como en un concierto clásico para piano y orquesta, la introducción orquestal de We'll cross the river together anuncia y acompaña la entrada del piano que a su vez llama primero al saxo y enseguida al resto de los solistas, en una construcción que distribuye tensiones y distensiones con un sentido de la forma marcadamente sinfónico. Después, toca el quinteto para que la orquesta comente y viceversa. Hay además momentos de improvisación, solos de piano, dúos y tríos, cuya distribución equilibra la forma de un rico arco expresivo. Entre aires de blues, delicados toques funky y tiempos de balada en los que la creatividad rítmica de Chamberlain resulta deliciosa, Mehldau y Redman recogen la libertad de los momentos de improvisación, mientras la orquesta adquiere protagonismo e impone su lenguaje neoclásico sobre el final de cada disco.
Producido por Jon Brion, el mismo que acompañó a Mehldau en Largo (2002), otra experiencia sinfónica del pianista, Highway rider es la muestra de un músico inquieto, ambicioso y aplicado, que logra colocarse mucho más allá de la tantas veces edulcorada marca del "jazz con orquesta". Tal vez porque en este cruce el punto de partida no es el jazz.
Highway riderBrad mehldauCalificación: **** (muy bueno).Warner 2010$ 40

