Universos lejanos
Un repaso por cuatro filmes fantásticos y de ciencia ficción que aparecieron este año pero que no fueron estrenados. En ellos proliferan dobles, extraterrestres y llamativos mundos virtuales.
Futuros cercanamente distantes, inesperadas apariciones alienígenas, pesadillas especulares, ingeniosas metáforas ecológico-globales: el cine sigue alimentándose de la ciencia-ficción y lo fantástico aunque tales aproximaciones no siempre tengan lugar en la abúlica cartelera actual. Por fuera de los superhéroes, las comedias juveniles y las animaciones digitales ATP, existen también experimentos de género dignos de aparecer entre las listas de fin de año.
Snowpiercer ("Rompenieves") de Bong Joon-ho es uno de esos casos, un filme que vuelve al recurrente escenario de un planeta poscapocalíptico pero lo hace de la manera más sintética: la Tierra se ha congelado y la humanidad entera ha quedado condensada en un tren que da una vuelta al mundo por año bajo la dirección de un despótico ingeniero. El director surcoreano responsable de las geniales Memorias de un asesino (2003) y The Host (2006) se mete así con la ciencia-ficción (adaptación de una novela gráfica francesa) y de paso ingresa al cine de Hollywood como lo hizo hace poco su compatriota Park Chan-wook con Lazos perversos (2013), también productor de Snowpiercer. Pero con menos éxito: una disputa de Joon-ho con el gigante Harvey Weinstein al resistirse a recortar ciertos pasajes expulsó al filme al destino de descarga doméstica, aunque en el sistema video on demand cosechó una inusitada fortuna.
Si bien el filme se dispersa en escenas de acción y por momentos la bipolaridad social se acerca al esquematismo de Los juegos del hambre, el hallazgo distópico permanece inalterable en ese tren superviviente en el que la humanidad es una tripulación heterogénea semejante a la de hoy y el planeta una víctima ecológica para contemplar desde las ventanillas. El trabajo de pesos pesados como Tilda Swinton y John Hurt sumado a escenas y escenarios coloridamente conmovedores como los del vivero y el acuario justifican la vigencia de Snowpiercer.
Ambiciosa más por su extrañeza que por el despliegue argumental o la puesta en escena, Under the skin de Jonathan Glazer será recordada por mostrar todo aquello que Scarlett Johansson ocultaba en Her: su cuerpo desnudo. La carnada para voyeurs puede de todos modos volverse en contra, porque no hay nada aquí que resulte demasiado erótico o explícito. El filme del director británico es arty a más no poder, pero de una sofisticación austera: Johansson es una femme fatale alienígena de la que no conocemos ni el nombre, que de un día para el otro desembarca en la Tierra para seducir a tipos comunes en la ruta y después matarlos de una forma, sí, extraterrestre.
Más una performance ficcionalizada que una película de ciencia-ficción y excitante en su devenir (espectral y sonámbulo) de road movie, Under the skin confirma a Johansson como una actriz versátil y plásticamente fascinante, un ícono casi obligatorio para directores de pretensiones autorales.
Otro actor que se presta a los más diversos géneros es Jesse Eisenberg, que bajo la dirección de la promesa indie Richard Ayoade (
Submarine
) encarnó al protagonista desdoblado de
El doble
, versión del célebre relato de Fiodor Dostoievski. También británica, la película redunda en ambientes opresivos y vínculos autistas e incomunicados, reflejados en la dupla protagonista, Simon James (Eisenberg) y su colega y vecina Hannah (Mia Wasikowska), quienes completan el atormentado triángulo amoroso con James, doble exitoso en el trabajo y el amor del pusilánime pero noble Simon.
Suerte de hermana de Under the skin en lo modestamente raro de su propuesta, El doble no consigue elevar su metafísica preciosista y naif por encima del aceptable trabajo de Eisenberg, quien parece tan perdido como su personaje entre tantos espejismos narrativos.
En sintonía con las adaptaciones de textos fantásticos clásicos, la película franco-israelí The congress merece mayor atención. El filme de Ari Folman (Vals con Bashir), que tiene vagas raíces en El congreso de futurología (1971) de Stanislaw Lem, es una auténtica extrañeza en su fábula de ciencia-ficción tecnológica à la Black mirror que mezcla animación y actores reales (entre ellos Paul Giamatti y Harvey Keitel) en dosis iguales.
Robin Wright (que se interpreta a sí misma en todo sentido) es una actriz recién llegada a la cuarentena que recibe cada vez menos ofertas de trabajo y dedica sus días a cuidar de un hijo enfermo. Aprovechándose de su condición, una megaproductora cinematográfica le ofrece someterse a la última tendencia: ceder sus expresiones a un escáner para dar a luz a una Robin Wright virtual, la que podrá continuar actuando de manera indeterminada y eternamente joven.
La película salta 20 años hacia el futuro y a su mitad animada, cuando Wright ya es una actriz cartoon reconocida y triunfante en el mundo (virtual) del espectáculo, a la vez que prolifera una sustancia que libera las conciencias individuales, eliminando el ego. El mundo se vuelve radicalmente libre, con cada persona siendo lo que su imaginación desea, y el filme representa esa anarquía demente con animaciones inspiradas y elocuentes, difíciles de olvidar.
La resolución demoledoramente triste de The congress es contundente: no hay ser humano sin un otro. Y su correspondiente y contrastante moraleja: la realidad virtual puede ser un lugar horrorosamente solitario.
En su avance atropellado The congress pierde intensidad, pero comprueba que la fantasía más clásica sigue siendo provechosa, y que no hay nada más insólito y novedoso que una buena idea.

