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Una voz propia del cine argentino

Aída Bortnik, fallecida el sábado, fue mucho más que la guionista de “La historia oficial”. Absorbió el pulso de su generación, resistió el exilio, luchó contra la censura y fue una destacada periodista.

29 de abril de 2013 a las 12:00 a. m.
Fernando Ferreira, Agencia Télam
Una voz propia del cine argentino
Foto: Clarín

A  veces lo que menos se dice es lo que más importa, sobre todo cuando se trata de bosquejar una semblanza acerca de uno de los personajes más ricos de la cinematografía nacional. Nunca más cierto en el caso de Aída Bortnik, fallecida el sábado a los 75 años tras una larga enfermedad. La historiografía oficial resalta solamente que fue guionista de La Tregua (1975), filme basado en la novela homónima del poeta y escritor uruguayo Mario Benedetti y nominado al Óscar, y de La historia oficial (1985), ganadora del Oscar y del Globo de Oro; y que además recibió un Konex de Platino y fue la primera escritora latinoamericana en lograr ser miembro permanente de la Academia de Artes y Ciencias Cinematográfica de Hollywood.

Aída Bortnik fue, a decir verdad, mucho más que esos ya de por sí impactantes reconocimientos. Fue parte de una generación que trató a través del cine de encontrar una voz propia. Abrevó en el neorrealismo italiano a partir de una tendencia con determinadas premisas estéticas y un compromiso social siempre explícito, y se acercó a la nouvelle vague y al free cinema inglés, en una búsqueda insaciable por desentrañar la cotidiana y frágil desesperación humana.

En ese sentido, Bortnik amó el detallismo de Alemania año cero de Roberto Rossellini y el Rocco y sus hermanos de Luchino Visconti, se conmovió con Fernando Birri y con la Escuela de Cine de Santa Fe y admiró la cámara aluvional de Leonardo Favio.

Sufrió el exilio mientras la dictadura militar masacraba a una generación y a poco de volver participó de Teatro Abierto. Fue una consecuente luchadora contra la censura y, además, una excelente periodista, como lo testimonian sus notas en Primera Plana y La Opinión en la década del setenta.

Buena anfitriona, sibarita, apasionada de la vida, fue siempre la misma tanto con personajes de la política como de la cultura o, simplemente, de la vida; se rodeó de los mejores libros de las películas entrañables y soñó con aquellas ciudades visitadas y vividas; fue una voz para la denuncia y una lágrima para el recuerdo, con sus miedos y su pluma.