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Todas las estrellas van al cielo: cómo reaccionamos a las muertes de los famosos

La muerte del actor estadounidense sorprende al mundo del espectáculo, aunque no ha sido el único caso. La fatalidad y el duelo para los espectadores.

12 de agosto de 2014 a las 06:26 p. m.
Todas las estrellas van al cielo: cómo reaccionamos a las muertes de los famosos

Se fue Robin Williams y de pronto recordamos que la muerte es un animal paciente que aguarda la hora caprichosa de dar el zarpazo. Sabemos que la finitud es un aspecto inherente a la vida, una cita impostergable, pero la muerte tiene la extraña habilidad de impactarnos y venir de visita cuando estamos desprevenidos.

Tal vez al tratarse de figuras públicas todavía sea más sigilosa, sorpresiva, porque golpea en las caras y en los nombres que son parte de nuestro patrimonio sentimental. Y si se muere un señor de apellido Williams tenemos la sensación de que no sólo se fue un artista, sino que también partió el compañero de Mindy, el doctor sacrificado de Despertares, el profesor de los Poetas muertos y la nariz de Patch Adams.

Se fue el hombre de la sonrisa más triste del mundo, una sonrisa que conocíamos de memoria.

Pero hay agravantes, como si no bastara con la ausencia: en esta muerte entra a jugar un papel importante el fantasma de la circunstancia. Es todavía más impactante (o desolador, o inexplicable) si en torno a un fallecimiento ronda la posibilidad de una decisión personal. Esa duda dispara las emociones hacia lugares oscuros, más dolorosos.

Si pudiésemos pensar con frialdad las estadísticas, veríamos que hay tres tipos de decesos que golpean de manera diferente: no es lo mismo una estrella que se quita la vida, que otra que fallece en un accidente, que otra a la que una enfermedad le ganó la pulseada. En este último caso, por ejemplo, la historia de ese personaje queda asociada a una cruzada heroica ("después de una larga batalla contra la enfermedad..."). Ese tipo de muertes tienen sabor a derrota compartida.

El caso de las vidas que se apagan en una tragedia –un accidente–, suele quedarnos un mal sabor de boca, un gusto a mala fortuna y fatalidad, y en estas pérdidas nos sentimos más identificados, puesto que le pudo pasar a cualquiera. En esta cofradía de la fatalidad hay ejemplos tristemente célebres, desde los internacionales James Dean o Paul Walker, hasta los nacionales Alberto Olmedo y Héctor Anglada.

Cuando se trata de enfermedades, en cambio, la sensación es de una crónica anunciada, algo que sabemos que vamos a llorar en formato reconocimiento post mortem, tal vez con una sobrevaloración que rayará con la martirización. Quienes dejaron la vida en mitad de un tratamiento, quedan inmortalizados como incansables combatientes de la parca. Desde Rock Hudson y Paul Newman, hasta los vernáculos Alfredo Alcón y Fernando Peña podrían ser buenos ejemplos.

Y entonces volvemos a Williams. Su espíritu (como en el de Marilyn Monroe, David Carradine, Philip Seymour Hoffman, Amy Winehouse y Heath Ledger, por nombrar algunos), en este momento habita el injusto purgatorio de la duda. Su fantasma cabalga una pregunta que no tiene respuesta: ¿Por qué?

Y la posibilidad de esa respuesta es, mínimamente, tortuosa.

Los muertos famosos son los dueños de los rostros que le pusieron marco a nuestro ocio, a nuestro disfrute. Esos muertos duelen como la muerte de un vecino. Levantamos la vista del diario y decimos "che, se murió Robin Williams". Y cuando volvemos a estar en silencio, reflexionamos.

¿Será que la parca se engolosina, sádica, con los más buenos?

A muchos los calmará saber que, ya sea por exposición, talento o vigencia, de un día para el otro esas personas dejan de ser de nuestra propiedad y empezamos a velarlas entre todos. No importa cómo se dieron las cosas, cómo fueron los últimos momentos. Actores de la talla de Robin Williams no mueren nunca. Simplemente pasan a ser estrellas en otros cielos.