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Punto de vista sobre los Oscar y los premios en el cine: cánones y candidatos

Los premios Oscar imponen un tipo de cine con inmenso poder en el imaginario y el mercado. ¿Qué pasa en los festivales?

15 de febrero de 2015 a las 03:20 p. m.
Punto de vista sobre los Oscar y los premios en el cine: cánones y candidatos

Justo en el descanso, previo al último tramo de una representación teatral, el personaje que Michael Keaton interpreta en Birdman entra en pánico cuando su bata se atasca en una puerta de servicio. Había ido hasta ahí a tomar aire y fumar un cigarrillo. ¿Llegará al último acto? La resolución de la escena pasa por una larga caminata en calzoncillos por las calles de Broadway en un plano secuencia que deja ver tanto la desesperación del personaje como el delirio colectivo en la calle al reconocer a una celebridad desnuda asociada a un superhéroe. Ese tipo de escenas consagra tanto a directores como a actores. La secuencia –es cierto– supone cierto virtuosismo, y además contiene la cuota necesaria de inmolación humillante que suele admirarse en la interpretación de los actores. Es muy probable que la noche del próximo domingo 22 esté entre las escenas elegidas para ejemplificar la calidad de una de las películas más nominadas en los Premios Oscar.

Es imposible saber qué piensan los votantes de la famosa Academia, pero a lo largo de los años se pueden observar variables y constantes, lo que constituye un canon, es decir, las películas que validan un tipo de cine y dicen qué es el cine. "Si ganó un Oscar es buena" es la supuesta racionalidad que se desprende de los premios, una tradición que tiene un poder inmenso en el imaginario y en el mercado. Entre las películas ya consagradas, El discurso del rey, Chicago, Shakespeare enamorado, Danza con lobos y La novicia rebelde, por citar un título menos reciente, estarían entre las grandes películas de todos los tiempos, lo que resulta objetivamente un disparate. Un buen ejemplo de un año cualquiera: una película genial como La hora 25 de Spike Lee, narrativamente lúdica y políticamente pertinente, no obtuvo siquiera una nominación en su momento y un bodrio como Chicago, incapaz de ofrecer siquiera un número musical en el que se divise la gracia del cuerpo en movimiento, ganó casi todos los premios importantes.

En general, las películas ganadoras oscilan entre una banalidad rampante (El artista) o un manifiesto humanista sin matices (12 años de esclavitud). El tema de un filme está siempre por encima de su forma. En cuanto a las interpretaciones, casi sin excepción, se impone la escuela del Método: la caracterización y la mímesis, el sufrimiento físico y psíquico, la gestualidad obsesiva, el histrionismo arraigado en emociones transcendentales son las cualidades que suman estatuillas. Un comediante, o cualquier actor que trabaje lejos de la tradición de la composición de personajes, tiene pocas posibilidades de llevarse un Oscar a su living. Es por eso que El Gran Hotel Budapest, lejos la mejor película de todas las nominadas en este año, no se llevará ningún premio (importante). Es también lo que explica la lógica de la nominación del equipo masculino de sufrientes notables. La psicología dramática y un existencialismo kitsch que tanto gusta en Hollywood vencen siempre. El humor es cosa de inmaduros, como si la risa estuviera relegada a una excepción de la conducta. He aquí la filosofía hollywoodense por antonomasia: la gravedad pomposa es la marca del arte cinematográfico.

Lo que sucede con el Oscar no es muy distinto a lo que ocurre con otros premios de entidades afines pero de otros países: los Goya (España), los César (Francia) y los Ariel (México). Las reglas y los criterios se parecen.

Festivales y premios

Los premios de los festivales de cine no están tan lejos de la tradición del Oscar, pero las reglas de juego son un poco diferentes. No siempre un tema trascendental se impone como criterio excluyente, y en algunas situaciones se premia la invención y el inconformismo estético.

El Leopardo de Oro en Locarno 2013 para Albert Serra, por su magnífica Historia de mi muerte, está en las antípodas de todo lo que el Oscar consagra; lo mismo podría decirse de la inesperada Palma de Oro 2010 para El hombre que podía recordar vidas pasadas, de Apichatpong Weerasethakul. En ambas ocasiones se reconoció un cine que no es un mero sistema de ilustración de los grandes temas de la humanidad, sino un arte autónomo del que se pueden esperar formas novedosas de expresión y representación de la experiencia humana y el mundo circundante.

Pero no siempre es así, pues los Osos que se dan en Berlín, los Tigres de Rotterdam, los Leopardos de Locarno, están siempre a merced de los jurados, cuyos miembros heterogéneos responden a los distintos intereses de quienes dirigen y producen un festival. No es una lotería, pero tampoco es una ciencia exacta. Nadie hubiera imaginado que un jurado presidido por Tim Burton le adjudicaría el máximo premio de Cannes a un cineasta tailandés. Las imposiciones de la industria, que no son ajenas a los festivales, cada tanto viven un revés. Es el momento en el que cine respira y doblega por un rato el servilismo al que se lo incita desde la industria del entretenimiento.