Punto de vista: ¿Existe el nuevo cine cordobés?
Una opinión sobre el nuevo cine cordobés. ¿Existe? ¿Qué rasgos tiene el cine cordobés? ¿No sería mejor hablar de una nueva cultura cinéfila? Aportes al debate.
A un cineasta local le preguntan qué opina sobre el nuevo cine cordobés y se repliega en un silencio estúpido. Algo similar vivieron Martín Rejtman, Pablo Trapero y Adrián Caetano cuando fueron obligados a representar al nuevo cine argentino, un término ya utilizado en la década de 1960 y que ahora debe desambiguarse como segundo nuevo cine argentino.
El aturdimiento del cineasta es lógico: qué le importa una entrada en Wikipedia si todas sus energías están en financiar y filmar una película de la mejor manera posible. Imaginemos un equipo de rodaje empezando su jornada a las 5 de la mañana con el asistente de dirección trepado a un farol arengando: “¡Hip-hip, nuevo cine cordobés, hurra!”. La escena no sólo se desvanece en lo inverosímil, también le quita erotismo a la concepción artística.
Si existe un nuevo cine cordobés, ¿qué sería? Todos coinciden en que el fenómeno se caracteriza por la disparidad estética y la incongruencia temática, cualidades tan difusas que logran capturar producciones hechas en Córdoba aunque no lleven la firma de ningún cordobés, como el caso de Yatasto, dirigida por el catalán Hermes Paralluelo. Tampoco importa que se filmen en Francia, como Si je suis perdu, c'est pas grave, de Santiago Loza.
El fenómeno termina siendo una épica romántica, pura adrenalina generacional. Es innegable que la producción cinematográfica aumenta junto a los textos críticos y las discusiones y las polémicas, pero eso no convierte a Córdoba en una ciudad elegida por el alma en pena de Truffaut. ¿Las películas cordobesas son malas? El debate se torna más confuso si pretendemos resolverlo con una cinta métrica; hay muchas películas malas entremezcladas con otras películas buenas en cualquier parte del mundo.
La ausencia de respuestas desde el interior del fenómeno obliga a mirar hacia afuera, entonces emerge la sombra de Buenos Aires renovando la maldición de unitarios y federales.
Inventar un movimiento cuando no existe un patrón estético que unifique las producciones crea una identidad tan vaga como rebelde: no somos Buenos Aires pero somos la ciudad que gracias a su osadía agregó un capítulo en la historia cinematográfica: el capítulo del nuevo cine cordobés. Semejante paquete de exportación asfixia la singularidad de las películas, hace que la condición natural de cine argentino luzca secundaria y hasta excluyente. ¿Puede una película formar parte en simultáneo del nuevo cine argentino y del nuevo cine cordobés? ¿Qué diferencias hay entre uno y otro? ¿Qué leyes facilitan la identificación? Con el estreno de La Ciénaga (2001), a nadie se le ocurrió inventar un nuevo cine salteño, sin embargo todos encontraron en la obra de Lucrecia Martel una representación impecable del norte argentino.
Tal vez sea afortunado diferenciar iconos provinciales de poéticas cinematográficas. Con ojo turístico, De caravana sería la película cordobesa redonda, pero su director no tiene porqué encorsetarse como el director cordobés por excelencia. Reducir el cine cordobés a vasos de fernet, bailes de la Mona o camisetas de Talleres sería indecente, como también lo sería pensar que una película es cordobesa porque recurre al plano secuencia. Allí está la paradoja: el nuevo cine cordobés existe sin nada específico que lo haga existir.
¿Y si el problema fuera más sencillo? ¿Y si la mezcla de una comunidad cinéfila con la industria cinematográfica sea el eje del debate? Es sano que en Córdoba los cineastas dialoguen con críticos, programadores y docentes, generando permanentes intersecciones. Córdoba tiene una ventaja con respecto a Buenos Aires: se comprime geográficamente y superpone ambientes, acelerando el intercambio de ideas hasta que colapsa el discurso cinéfilo.
Más que un nuevo cine cordobés, existe una cinefilia cordobesa que incide en la producción y repercusión cinematográfica. Allí está la banalidad del misterio. El cine en Córdoba no es novedoso; lo llamativo es la retroalimentación entre realizadores y cultura cinéfila, una contaminación de ecosistemas propiciada por los límites de la ciudad.
El orgullo de un cine autóctono tienta a apadrinar cualquier película estrenada, estimulando a su vez la procreación, como si en un cumulo indiscriminado aumentaran las esperanzas de encontrar piedras preciosas. Pero finalmente es el público, cinéfilo pero no fanático, más objetivo, simple e inteligente, quien da el veredicto final.
A la historia del cine debe esculpirla el tiempo y no esta neurosis cinéfila. Córdoba seguirá filmando por inercia o fuerza renovada, dejemos a las películas en paz y les quitemos ese rótulo absurdo para que encuentren ellas solas su propio destino.
A nosotros nos toca disfrutarlas. O no.

