Películas gloriosas
Esta semana, el ciclo sobre cine y literatura que programó el Cineclub Hugo del Carril propone una serie de filmes para no dejar pasar.
Para cualquier cinéfilo que viva en Córdoba, esta semana es gloriosa: películas del gran Terence Davies (El profundo mar azul), de los míticos Straub (De la noche a la mañana), del genial Maurice Pialat (Bajo el sol de Satán) y algunas otras (Elisa K y Malavoglia) se podrán ver en un ciclo dedicado a las relaciones del cine y la literatura, organizado por el Instituto Italiano de Cultura de Córdoba y el Cineclub Municipal (bulevar San Juan 49), desde este jueves 24, al domingo 28.
En el mismo lugar, durante los mismos días pero en otros horarios, habrá otro ciclo, dedicado al cine armenio. También aquí el cinéfilo tiene motivos de sobra para festejar. Los cortometrajes de Artavazd Peleshian y las películas de Sergei Parajanov merecen una atención especial. Son genios del cine y grandes creadores de formas. También se verán películas de Atom Egoyan y Hernán Khourian.
La vida en la tierraQuien nunca ha visto un filme de Parajanov tiene una cita ineludible el jueves a las 15.30: Los corceles de fuego (1965), una historia de amor fallida con un relato atravesado por el mito, la danza, la poesía, la etnografía donde Parajanov no sólo explora la naturaleza del cine sino también la naturaleza en el cine. Todas sus películas son extraordinarias, aunque este notable romance entre Marichka e Iván en los Cárpatos resultará una experiencia inolvidable.
Nosotros (1969) y Las estaciones (1975) son un viaje perceptivo al corazón de un pueblo (el armenio) y sus formas de vida y creencias, aunque no se trata de una aproximación patriótica, pues la genialidad de Peleshian consiste en destilar en su pueblo los rasgos de la humanidad.
En Las estaciones, Peleshian se dedica a mostrar la vida de un pueblo de pastores y agricultores armenios. En los planos iniciales, los hombres caen por los rápidos de un río abrazándose a las ovejas que cuidan. A medida que avanza el metraje, esas imágenes se irán yuxtaponiendo con otras: se verán nubes, un pueblo montañés, casamientos, entierros, planos generales de hombres y animales, hombres que juegan con sus pilas de heno a deslizarse por la montaña, y más campesinos abrazándose a sus ovejas mientras caen en la nieve y las montañas. Así descripto, parece un conjunto de imágenes simpáticas y etnográficas, pero Las estaciones adquiere el carácter de un organismo audiovisual viviente en el que se condensan la materia y la memoria de un pueblo. Peleshian ha inventado un cine cosmológico y geológico. La tierra, el espacio, los animales, los hombres (trabajadores y creadores) se conjugan en una única imagen total de la vida en un tiempo específico.
El sueño de un maestroDesde sus inicios, el maestro holandés Joris Ivens quiso filmar el viento. Tardó décadas porque antes de capturar el viento en su lente, ese fenómeno que sólo conocemos por su sonido y sus efectos sobre las cosas, dedicó toda su vida a filmar el trabajo y las revoluciones sociales.
Pero a sus 89 años viajó a China, y en una expedición insólita y obstinada el viejo cineasta asmático buscó cumplir con su obsesión. El resultado es tan personal como universal: los estertores finales de la revolución cultural, un homenaje a Méliès y una inquietud metafísica atraviesan este filme inclasificable pero sin duda eterno y hermoso. Una historia del viento (1989) es la obra crepuscular de uno de los grandes genios del cine (viernes 26, a las 20.30, en Cinéfilo Bar, San Juan 1020).

