Nuestro comentario de "Dos días y una noche": los límites de la moral
Los hermanos Dardenne se meten de lleno en los efectos de la crisis económica y laboral, y entregan una película con demasiados subrayados dramáticos.
Plano de apertura: una mujer vencida y triste se despierta en el sofá de su casa. Plano de clausura: la misma mujer camina por la calle con dignidad, dispuesta a dar nuevas luchas, convencida de que puede; una ligera sonrisa se apodera discretamente de su rostro, ya no es la misma. Entre un plano y el otro, el tiempo real (y lineal) al que alude el título: Dos días y una noche. En ese lapso, los hermanos Dardenne, los responsables de dos películas admirables como Rosetta y El hijo, proponen un drama laboral en clave de suspenso.
El mencionado estado de ánimo del personaje no resulta de ningún modo una develación de cómo se resuelve el conflicto central de la trama: una mujer casada con un cocinero y madre de dos hijos debe convencer a sus compañeros de fábrica de que vuelvan a votar a su favor en un plebiscito interno para que ella no pierda su trabajo. Son 16, y el voto significa renunciar a un bono de mil euros, aparentemente para todos. Ese es el precio de la solidaridad y la trampa de la patronal, capaz de inventar una oposición entre los empleados de una empresa de paneles solares para racionalizar los gastos. Según dice el descarado gerente, la competencia asiática se hace sentir.
Lo que sí se siente muy bien es la depresión de Sandra, una inestabilidad psíquica que precede al inminente despido. Con el apoyo de su marido, no obstante, juntará fuerzas y luchará, no siempre con constancia (lo que habilita una acción-escena lamentable, un subrayado dramático impropio de los Dardenne). Aún así, durante el fin de semana irá visitando a cada uno de los compañeros para que voten por ella. En cada encuentro se expone una racionalidad: los votantes deben hacer cálculos materiales y morales, y tomar una decisión. Repentinamente, el suspenso no acabará en la votación. Habrá un giro final que redoblará el problema moral. Una prueba de virtud para el personaje, una evidencia del límite de un método de trabajo para los cineastas.
¿Cuál es el problema de Dos días y una noche? Frente a los estrenos exangües que poco tienen para decir sobre el sufrimiento de la gente común, el filme es casi un llamado al heroísmo cívico. ¿Será acaso la presencia de Marion Cottilard, una estrella global interpretando a una proletaria? La actriz está perfecta, y la proletarización de su semblante luciendo su musculosa de oferta semanal y siempre a cara lavada funcionan. La cuestión de fondo es otra: los hermanos Dardenne no consiguen superar una idea de resistencia individualista, como si la insurrección colectiva estuviese castrada en el imaginario político en el que conciben sus relatos morales. Aquí, dadas las coordenadas simbólicas de la historia, tenían una chance.
Dos días y una noche es la constatación de un sistema estético tan amable como marchito. El cariño por los personajes y la rectitud de estos, en ciertos momentos, parecen insuficientes. Es que el confort de la moral cumplida es aquí el amaneramiento y aplazamiento de la política. Eso no impide que algunos pasajes sean conmovedores e incluso hermosos.

