Leo Sbaraglia: "Le sacamos punta al texto"
Leonardo Sbaraglia se refiere a su experiencia en Nieve Negra, y también revela qué cosas tiene en cuenta al momento de aceptar un papel.
Las trayectorias de ambos son desmesuradas, no sólo en cantidad, sino –y sobre todo– en calidad. Versátiles, capaces de encarar proyectos intimistas (El Campo –2011– y Choele –2013–, de Leonardo Sbaraglia) o bizarros (Ricardo Darín haciendo de sí mismo en Delirium, 2014), que los dos compartan escena era una deuda cinéfila, además de una fórmula irresistible para capturar espectadores en masa.
En Nieve Negra, que llegó a los cines esta semana, interpretan a hermanos enemistados por una herencia. Ya el fisic du rol los hace perfectos para sendos personajes, y quien se muestra consciente de esta alhaja actoral es Martín Hodara, director del filme, que siempre pensó la historia en función a la dupla.
En una charla exclusiva con VOS, Sbaraglia cuenta que desde el 2010 sabía que el proyecto se filmaría con Darín.
–El vínculo entre los personajes está lleno de espacios en blanco, una nebulosa de emociones que el espectador sólo completa al final de la película. ¿Cómo trabajaron ese registro?–Íbamos encontrando esos pliegues entre todos. Me alegra que pueda verse esa faceta, era algo de lo cual hablábamos mucho. Escena por escena le sacábamos punta a cada texto, pensábamos si convenía mostrar una sonrisa, girar, poner más emoción; evidentemente ese esfuerzo iba dejando un efecto residual en la película. Pero claro, nosotros como actores sabíamos lo que había sucedido en el pasado, entonces la clave era hablar de ese pasado sin nombrarlo. No sólo por esa historia dolorosa y enigmática, mi personaje está en contradicción, desatando una lucha interna, pero no quiero decir mucho que ya bastante estamos hablando (risas).
–Algo llamativo del filme es la determinación geográfica, una inclemencia climática por momentos extrema que se percibe en la piel de los actores. ¿Eso incidía al momento de filmar?–Buena pregunta. Lo del clima fue inesperado, uno cree que va a estar lo suficientemente abrigado como para resistir la jornada pero claro, estás ahí un día, dos, tres, y te empezás a cagar de frío. Hubo días terribles; estuvimos cuatro semanas, pisando nieve, con muchas escenas en exterior. Si bien uno está en movimiento, hay algo de la actuación que precisa estar en calma, un detenerse, lo cual resulta difícil en medio de tanto frío. Pero también lograba favorecer esa incomodidad gestual que pedía la película, además del paisaje, que aportó mucho a la trama.
–Por momentos parece la adaptación de una novela de Dostoievski.–(Risas) Tiene algo muy dostoievskiano, eso de las responsabilidades, la culpa, algo de los hermanos Karamasov, los diversos puntos de vista. En un principio iba a ser una familia rusa, hijos de inmigrantes; un padre que trae a sus hijos a la Argentina de la estepa rusa.
Todos los registros
–A lo largo del 2016 tuve la posibilidad de verte actuar en una película simple e intimista como "No te olvides de mí", pero también en una producción "mainstream" como "Al final del túnel". ¿Qué brújula usás para elegir el proyecto?–Es raro. Poder variar me parece buenísimo, justamente si una película te enamora... (silencio extenso). Aunque existe otra trampa... Hay proyectos pequeños en donde sabés que no vas a cobrar tanta plata, y empezás a evaluar en qué momento estás de tu vida, si viste algo previo del director que te entusiasmó; elegís un proyecto en base a una intuición, pero te excede... Hay fenómenos como Cornelia frente al espejo (2012), que gracias a haber estado un año en cartelera en el Malba pudo encontrar su público. Por otro lado, Sangre en la boca (2016) tuvo problemas de visibilidad, que es ahí adonde quería ir. Pese al esfuerzo de un equipo, hay películas que no las ve nadie. Y eso es una pena, porque las películas necesitan un presupuesto para la distribución. Salvando las distancias, una producción norteamericana que pueda valer, ponele, 100 millones de dólares, 30 son para la promoción, mientras que acá a duras penas hacemos una película con 400 mil dólares y qué sé yo, cuatro dólares son para la promoción (risas). Eso es penoso. Tras dos semanas en cartel de Sangre en la boca, a mí me mandaban mensajitos preguntándome cuándo se estrenaba. Entonces empezás a pensar qué tipo de proyectos hacés para que además de gustarte tengan visibilidad.
–Sin embargo, hay nuevas plataformas, como Netflix, que están abriendo el juego.–Sí, eso te da cuenta de cómo se está rearmando el mercado, porque muchas películas prácticamente sacrifican su paso por las salas para llegar más rápido a Netflix. Vuelvo a Cornelia frente al espejo: la compró Netflix y eso ayudó mucho a la carrera de la película.
–O el caso de "El Marginal", que cuando se estrenó por la TV Pública no medía, pero en Netflix fue furor.–Es increíble el poder del soporte. Ese ejemplo es gráfico y también te habla del buen momento del sistema On demand, al cual muchos tienen acceso. Si bien no es algo gratis, creo que se torna accesible, se ajusta a los tiempos del espectador y lo más importante: favorece la visibilidad.
El actor y lo social
–Recientemente hubo un episodio clave en el mundo del espectáculo: el discurso de Meryl Streep en los Globos de Oro. ¿Qué posición adoptás con respecto al rol del artista en la sociedad?–Siempre me parece importante. No por algo hubieron listas negras en la historia de la humanidad. Tenemos ejemplos horribles, y no sólo el macartismo. Siento que si hoy un actor te hace un discurso como el de Meryl Streep, casi que lo meten preso. Su actitud me pareció muy interesante, más allá de la postura a favor de Hillary, fue interesante el hecho de poner en evidencia otros aspectos... Es absurdo que Trump diga que una de las mejores actrices del cine esté sobrevalorada. Nunca es fácil hablar, uno cuida las palabras; este es un momento complejo como para analizar objetivamente el panorama. Está muy embarrada la cancha. Lo que sí te puedo decir es que uno como artista busca la excelencia actoral y lidia con su vida, tomás decisiones más cercanas con tu propia moral o identidad personal. Si te hacen una entrevista, a eso no tendrías porqué disimularlo. Yo empecé trabajando a los 15 años en La Noche de los lápices (1986) y empecé a mamar y entender circunstancias de la Argentina. Aún lo sigo haciendo, gobierno tras gobierno, y en ese descifrar está lo que uno puede aportar como persona pública.

