Harry Potter por dos
¿Te gustó “Harry Potter y las reliquias de la muerte 2”? Aquí, las opiniones de dos críticos de VOS.
Despedida perfectaPor Carlos SchillingLa última entrega de la saga del niño mago no sólo fue digna de las películas anteriores sino también de las novelas de J.K. Rowling, la máxima responsable de esta fiebre mundial por las varitas mágicas y las escobas voladoras. Harry Potter y las reliquias de la muerte 2 está elaborada con una fórmula química exacta en la combinación de sueño y pesadilla, comedia y tragedia. Hace llorar y reír, como se espera de cualquier película dedicada al público adolescente, pero su principal virtud, lo que la distingue de los productos adocenados y prefabricados de la industria, es que pone a la muerte, ese tema tabú, ante los ojos de todos y en una escala sensible.Si hay una magia que aprende Harry a lo largo de estos años es a convivir con los seres perdidos, sus padres, sus amigos, sus maestros, no reducidos a espectros del más allá, sino como verdaderas presencias (visibles y tangibles), testigos de que la vida y la muerte siguen vías múltiples y misteriosas. Pero además de esa ambición de gran escala, la gloria de la película (de la última y de las anteriores) está en los detalles. La minuciosa imaginación de la escritora británica se expresa en los personajes que se mueven dentro de los cuadros colgados en las paredes de la escuela de magos, en los pasadizos que conducen a través del espacio y del tiempo, en los animales fantásticos, en los vehículos extravagantes, en esa graciosa conjunción de mecánica y maravilla que parece calcada de los grabados futuristas de la época victoriana.Convertida en mito mucho ante de concluir, la saga de Harry Potter pertenece a la cultura popular de toda una generación. Ya es memoria, ya es leyenda. Y cuando un producto alcanza esas dimensiones muy poco sentido tiene atacarlo o defenderlo.Un héroe sin rebeldíaPor Emanuel RodríguezUn toque barroco, la segunda entrega de la séptima parte de Harry Potter encandila, te ciega: si no es por la acumulación alevosa de efectos especiales, es por la acumulación alevosa de golpes al corazón que van cerrando todas las historias abiertas desde el inicio de la saga. Como si fuera un desfile de veteranos de una guerra ganada, los personajes de las ocho películas van pasando en esta forzada octava secuela sin que ese paso tenga algún peso mayor que el de la evocación, o una misión más importante que hacernos saber que nadie se olvidó de ningún mueble durante la mudanza de Harry, el mago que pasó de vivir en el barrio de las travesuras y los juegos infantiles al oscuro vecindario de los adultos que quieren dominar el mundo. Aunque la película es entretenida, resulta ligeramente aburrido que no haya rebeldía en los héroes de esta saga, que no haya disidencia: hay un espíritu de defensa de las cosas tal como están, Hogwarts tal como es. Es posible en ese punto que uno termine simpatizando por Voldemort, por amor a lo desconocido o porque con todo y sin nariz tiene 10 veces más onda que Harry. O porque en última instancia es el único que promueve la acción, un poco consciente de que todo su extenso y retorcido plan depende de que un adolescente no rompa un palito de madera (un curioso parecido con la parte más floja de la película más floja de esta temporada, Transformers 3, el lado oscuro de la luna).El final tan dividido y estirado es pura continuidad: familias privilegiadas que mantienen sus privilegios, una idea clásica del amor como estrategia de conservación de la clase, y la promesa explícita de que en cualquier momento la historia de Potter volverá, encandilará y recaudará millones. Es la tarea de la nobleza.

