El festival de Cine de Locarno: imágenes de verano
Con temperaturas promedio de 37°, el Festival de Cine de Locarno se acerca al final sin una película favorita indiscutible y con varias candidatas magistrales.
El calor es un protagonista omnipresente en Locarno. Se creerá que, una vez que se entra a la sala, el bochorno termina. La novedad es la siguiente: en uno de los países más ricos de Europa, el aire acondicionado de la salas no funciona. ¿Suena increíble? Tres de las instalaciones que acogen a más de siete mil personas en total por cada función en simultáneo carecen de aire. Aun así, la cinefilia aguanta todo y nadie se queja. En estos días de cine-sauna la venta de abanicos es un boom. Maldición meteorológica, pasión cinematográfica, el fervor por el cine sobrevive a las inclemencias de los 37 grados promedio.
Faltan pocos días para que el festival de cine concluya, han pasado ya los últimos filmes de Akerman, Zulawski, Iosseliani, tres de los maestros que tiene este año Locarno, y aun así en la competencia oficial no hay todavía una favorita indiscutible. Es cierto que mañana se estrena Right Now, Wrong Then, de Hong Sangsoo, y en los pasillos ya se decreta su gloria.
Magistrales
Para los argentinos y amantes de la literatura, la última del maestro polaco Andrzej Zulawski, que regresa tras 15 años de ausencia, tiene un plus: su nueva película es una adaptación de Cosmos, una de las novelas de Witold Gombrowicz (quien residió en Argentina desde el estallido de la Segunda Guerra). Tras menos de 10 minutos de metraje, el peculiar universo absurdo del escritor polaco ya está instalado en la película. El argumento es casi una anécdota: en Cosmos, Witold, un estudiante de abogacía, después de fallar en un examen se va a pasar unos días a una mansión familiar, con un amigo. Lo que sigue es una sucesión de situaciones delirantes, en las que el joven se confronta constantemente con su propia insignificancia y su miedo al vacío. El ingenio de las escenas es irreprochable, la comicidad es un asunto permanente y el método general es demostrar (visualmente) que el lenguaje no es capaz de conjurar el sinsentido que subyace al presunto sentido de las palabras y las cosas.
Otar Iosseliani, el gran maestro georgiano, presentó Winter Song. Con más de 80 años, la sabiduría que proviene de su lucidez es palmariamente pesimista, aunque vitalmente cómica: el filme arranca con una decapitación en tiempos de la Primera República francesa. El pueblo se reúne a gozar del acto y las mujeres esperan incluso llevarse la cabeza a su casa. De ese prólogo, el filme pasa a un escenario de combate contemporáneo no del todo identificado. El Leitmotiv: los uniformados entran a las casas y arrasan con todo. Saquear, matar y violar son actos automáticos, preestablecidos. Podrían ser soldados de cualquier ejército de hoy que incursione en un territorio que no es el suyo. Iosseliani no los identifica, tan sólo se mostrar un patrón de crueldad universalizado. Y luego, París: la ciudad de los inmigrantes, de los desposeídos, de los que venden armas, de los que roban en la vía pública deslizándose en skate, y de los que resisten practicando la amistad y el ocio.
La descripción parece asfixiante, pero en Iosseliani la fraternidad entre sus criaturas es un contrapeso frente al desprecio social, y su don para transformar la desgracia generalizada en gags cómicos aligera todo, a tal punto que la escena en la que a un hombre lo atropella una aplanadora termina siendo el mejor chiste del festival.
Los de hoy
En la sección Cineastas del presente, el estatuto de candidata de El movimiento, la única película argentina en competencia, ha sido puesto en duda, o al menos ya tiene un rival; la película china Kaili Blues, quizá el gran descubrimiento de este Locarno 2015. En este filme hermoso y singularísimo, un médico y poeta, que alguna vez estuvo preso, regresa a su pueblo natal para, entre otras cosas, buscar a su sobrino. Estas coordenadas narrativas le permiten a Bi Gan explorar cuestiones vinculadas al tiempo, retratar la cultura minoritaria miao, apelar a la poesía como forma de estar en el mundo y experimentar libremente con el registro cinematográfico. A mitad de la película, hay un plano secuencia de 41 minutos de lo más extraordinario: en ese tiempo, se recorre una pequeña ciudad llamada Dangmai.
Es un viaje dentro del viaje por el cual se entiende una idiosincrasia desconocida. Acaso una alucinación, un momento en el que el cine brilla como nunca y justifica la existencia de un festival como Locarno.

