Una historia violenta que terminó de manera macabra
Un joven de 29 años quedó detenido por el presunto parricidio en barrio Hipólito Yrigoyen. El cadáver del hombre de 55 años fue encontrado enterrado en el patio de la precaria vivienda. Se sospecha que había sido asesinado en enero, en una pelea.
De pronto, dejó fija la mirada, empalideció y hasta parecía que comenzaba a temblar. El reloj marcaba poco más de las 8 de ayer y el misterio comenzaba a tomar forma macabra en el interior del hogar ubicado en Mackay Gordon al 3400, Hipólito Yrigoyen, de la ciudad de Córdoba.
Los especialistas de Bomberos tocaron con el pico tres veces el suelo de tierra y algo de césped, ubicado en la parte de adelante de la casa, rodeada por una tapia inexpugnable.
Al tercer intento, la percepción marcó un “vacío”. Se miraron y decidieron excavar. Él, que seguía todo desde la cocina, supo que ya no había nada más que esconder.
No necesitaron demasiadas paladas. A menos de un metro se toparon con una tapa de cemento, que hicieron a un lado y entonces el olor nauseabundo ya no dejó pensar. Debajo de una lona de plástico había un cadáver muy descompuesto.
Aunque restan los resultados de la autopsia, para los investigadores no hay dudas de que se trata de Víctor Hugo Molina (55), el dueño de esa casa.
El único de sus tres hijos que aún vivía en la misma vivienda, Cristian Alberto Molina (29), quedó preso, imputado por el delito de “homicidio agravado por el vínculo”, según lo dispuso la fiscal de Distrito 3, Turno 3, Eve Flores.
Cuando los peritajes terminen de confirmar de manera oficial la identidad del muerto, se especula con que el caso pasará a la Fiscalía de Violencia Familiar.
Relatos
El hallazgo del cadáver fue el corolario de una búsqueda que se inició hace poco más de un mes.
Según confirmaron fuentes judiciales y policiales, el jueves 11 de febrero último, a las 11.30, un viejo amigo de Víctor se acercó a la Unidad Judicial 16, de barrio Marqués de Sobremonte, y denunció que hacía más de 20 días que no sabía nada de él.
Apuntó que ambos trabajaban juntos realizando changas de albañilería, pero desde enero su amigo no se veía por ningún lado.
Había ido a su casa, a buscar las herramientas y a preguntar por él, pero sólo había encontrado evasivas por parte de sus hijos.
Pese al tiempo transcurrido, hasta entonces nadie había denunciado ante la Justicia su desaparición, lo que hizo sospechar de que no se trataba de algo usual.
A partir de entonces, se activó el protocolo natural para este tipo de casos.
Una comisión policial primero recorrió la Morgue Judicial, los hospitales, las comisarías y hasta el Instituto Provincial de Alcoholismo y Drogadicción (Ipad), sin encontrar ningún rastro de que Víctor hubiera pasado por allí en las últimas semanas.
La búsqueda en el Ipad no fue azarosa. Víctor era consumidor de drogas y alcohólico y varias veces había estado internado, según comentaban ayer en la cuadra del barrio.
Incluso, vecinos de siempre apuntaron que el hombre había vendido droga en su casa y hasta purgó una condena en la cárcel.
“Pero después ya no vendió más”, agregó un hombre mientras veía cómo la camioneta de la Policía Judicial se llevaba el cadáver.
Mientras la búsqueda no daba resultados, a mediados de febrero, los policías realizaban un relevamiento ambiental en ese sector de Hipólito Yrigoyen.
Fue entonces cuando escucharon diversas historias que lo describían a Víctor como un hombre violento puertas adentro de su casa.
Su mujer había fallecido hacía unos años y sus tres hijos más grandes tomaron diversos rumbos.
La hija, Alejandra, logró construir un departamento en el terreno colindante a la casa familiar. Cristian se quedó con su padre en la precaria vivienda. Y su hermano mellizo se mudó a San Vicente.
Durante febrero, los hijos aseguraban que Víctor había pasado las fiestas de fin de año con ellos, pero que luego del brindis del 31 de diciembre no lo vieron más.
No estaban preocupados, ya que el hombre solía desaparecer por períodos prolongados, según explicaban.
Pero nada cerraba.
Olores
Los vecinos comenzaron a alertar, ya en marzo, de que olores nauseabundos salían de esa casa ubicada a pocos pasos de uno de los accesos de villa El Nailon, entre las conflictivas fronteras invisibles de Marqués Anexo, un barrio azotado por todo tipo de violencias.
Y el jueves último, otro hombre lanzó la punta que desentrañó el misterio, a dos meses y medio de la primera denuncia.
Contó a los investigadores que Víctor no se llevaba para nada bien con sus hijos. Reiteró lo conflictivo que era. Y agregó que el 1° de enero escuchó una agria discusión en esa casa. Una más de tantas. Pero que luego nunca más lo vio ni lo oyó. “Capaz que lo mataron...”, dijo.
Suficiente para que la fiscal decidiera que había que allanar ayer temprano.
Convocó a su equipo de confianza, liderado por la comisaria inspectora Claudia Flores, quien ya participó en otras búsquedas complicadas llevadas a cabo por esa fiscalía.
Se reunió a brigadas de civil y a Bomberos, y a las 8 despertaron a Cristian, quien dormía solo en la casa (una cocina, un baño y una pieza).
Primero revisaron adentro y no hallaron nada importante.
Pero cuando comenzaron a revisar afuera, él empalideció.
Sorpresa
En minutos, el frente de la vivienda comenzó a colmarse de vecinos. Otra vez volvían las historias sobre la violencia que ejercía Víctor hacia los suyos.
Pero los comentarios giraron hacia la sorpresa al momento de trascender la detención de Cristian.
“Él y su hermanos eran chicos buenísimos. Jamás hablaban; es más, acá les decíamos que eran mudos. Eran muy sumisos, estaban todo el día en la casa, nunca nos imaginamos algo así”, contó una mujer que fue su compañera en el Instituto Provincial de Educación Técnica (Ipem) de Juan B. Justo al 4700.
“Ni siquiera lo vimos alguna vez con un cigarrillo, es un chico que jamás tuvo problemas”, agregó otro hombre.
La autopsia determinará cuándo lo mataron a Víctor y con qué.
Se presume que pudo haber sido en las primeras horas de enero y con un palazo en la cabeza, en medio de una pelea entre padre e hijo.
Pero aún son todas conjeturas.

