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Una cadena de ignorancias

En el hospital se escuchan expresiones de impotencia, como si fuerzas poderosas externas y ocultas manejaran los hilos de las tragedias. Mario Salinas.

03 de enero de 2011 a las 12:01 a. m.
Mario Salinas*
Una cadena  de ignorancias

En los tiempos antiguos, los seres humanos erraban indefensos por la superficie de la Tierra. Todo era amenaza para ellos. La lluvia empapaba su piel desnuda; la nieve los hería como agujas frías; el granizo azotaba sus cuerpos. El ardiente calor del sol sobre sus cabezas descubiertas les provocaba sed y fiebres abrasadoras. Desvalidos se apiñaban en sombrías grutas bajo la tierra.

De no haberse desarrollado una organización social que creara la tecnología, no se habría logrado la domesticación de los animales, la agricultura, la forja de los metales, la caza, la predicción del tiempo, el cálculo, el lenguaje hablado y escrito, la edificación de las viviendas, la práctica de la medicina. Así la vida humana se volvió más segura y predecible, se había alcanzado un cierto dominio de la contingencia.

A pesar de ello la población, en las ciudades, ha continuado vulnerable al acontecer incontrolado, principalmente frente a la ruptura entre los diferentes compromisos y valores de los propios individuos, poniendo el azar como elemento dominante frente a la desgracia.

Ante la tragedia humana de las muertes causadas por colisiones viales, se presentan dos factores conexos que favorecen la emergencia de este drama social: por un lado la presencia de la altísima tecnología aplicada al transporte supuestamente para ayudar al desarrollo humano, al trabajo, la economía, la vida social y cultural, y que a veces se torna un boomerang conspirando contra la vida misma.

Por otro lado, la baja adhesión a la convivencia social, a la vida en comunidad, al respeto de las acciones que defiendan como valor la vida, nos pone indefensos y vulnerables, dependiendo nuestra supervivencia del azar, de la fortuna, de la contingencia.

En nuestro Hospital de Urgencias ponemos nuestros esfuerzos, conocimientos y recursos para reponer la salud cuando ésta se encuentra amenazada.

Somos testigos de las palabras que salen de la boca de pacientes o familiares atendidos en el hospital a causa de lesiones por colisiones de tránsito. Todas ellas tienen un denominador común: ¡qué mala suerte!, ¿cómo puede haberme sucedido esto?, ¿qué hice para merecer esto?... Expresiones de impotencia que transmiten que fuerzas poderosas externas y ocultas manejaron los hilos de esta tragedia.

Esto nos pone frente al desafío de que como sociedad debamos trabajar mucho aún con el fin de vencer la omnipotencia presente en una cadena de ignorancias. De no revertir esta realidad que nos golpea, el azar seguirá eligiendo quién vive o quién muere en nuestra sociedad, al igual que sucedía con nuestros ancestros.

Necesitamos sincerar que es la fuerza de la educación la que pondrá luz donde existe el azar, la que podrá minimizar los riesgos, la educación usada como praxis de una fuerza transformadora, liberadora de todos estos sufrimientos.

La participación activa de nuestros docentes, de los niños y jóvenes, de las familias, el Estado a través de su capacidad normativa, de los responsables de los controles estatales, de los empresarios que intervienen en el mercado (empresarios de la noche, empresarios del transporte, comerciantes de motos y otros medios de traslados). Todos debemos poner una cuota de compromiso que evite tanta muerte inútil.

*Director Hospital de Urgencias de Córdoba