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Testigos privilegiados de la Historia

El Campamento Esperanza fue nuestro hogar durante estas jornadas cargadas de emociones, dramatismo y de una alegría pocas veces vista en una cobertura periodística. Juan Federico, enviado especial.

16 de octubre de 2010 a las 12:01 a. m.
Testigos privilegiados de la Historia

Fueron días de un ritmo vertiginoso. El Campamento Esperanza, un monumento a la solidaridad, fue nuestro hogar durante estas jornadas cargadas de emociones, dramatismo y de una alegría pocas veces vista en una cobertura periodística de estas características. Cuando llegamos el sábado 9 de octubre, ya todo había cambiado. La fisonomía y el clima del Esperanza no eran los mismos de un mes atrás, cuando junto al fotógrafo Darío Galiano lo visitamos por primera vez.En aquella oportunidad, aunque ya había periodistas de todo el mundo grabando lo que era un acontecimiento extraordinario, los familiares de los 33 mineros atrapados aún no habían sido agobiados por el impresionante flujo de reporteros que llegaron días antes del inédito rescate que conmovió a todo el mundo. Los diálogos eran más largos y permitían acceder al interior de estas familias, conocer la dureza de la vida del minero y corroborar una vez más que los pobres, en la mayoría de los casos, sólo son noticia cuando una tragedia los atrapa.¿Cuántos accidentes laborales hubo en las minas de Chile sin que la prensa se hiciera eco? ¿Por qué la San José seguía funcionando si el 3 de julio una inmensa roca le cortó la pierna izquierda al minero Gino Cortez? Nos volvimos con los interrogantes que nos trasladaban los familiares, en los días en los que recién comenzaba a funcionar la primera máquina perforadora y las noches eran todavía más frías, sin una certeza sobre el destino de los 33 hombres.Pero, también, con la seguridad de que estas familias no iban a ceder ni un palmo en su exigencia para que se agotaran todos los recursos en una operación de rescate jamás vista. Ése fue el mensaje del Campamento Esperanza: los 33 no estaban solos en el estómago del cerro. Todo cambia. El sábado 9 de octubre, todo ya era diferente. Con el fotógrafo Sergio Cejas llegamos al campamento en el histórico día en que la perforadora T-130 del "Plan B" terminaba por fin el ducto de 66 centímetros de diámetro por el que se iba a extraer a los obreros. Ingenieros y rescatistas descorcharon al lado del túnel y los familiares se fundieron en un largo alivio rodeados por un impresionante enjambre de periodistas. La llegada masiva de medios de todo el mundo (hubo de 39 países), la instalación de móviles que transmitían las alternativas en directo las 24 horas, el runrún incesante de los generadores eléctricos, los idiomas que se confundían, una plataforma de acceso gratuito a Internet en medio del desierto: algo inédito estaba a punto de suceder.Algunos familiares, agobiados, habían optado por recluirse en otro sector del campamento, sin acceso para los reporteros. Otros no tenían problema para salir una y otra vez ante las cámaras, aunque siempre repetían lo mismo. Quienes tenían reflexiones más interesantes eran las mujeres curtidas por el desierto de Atacama, que preferían la charla amena antes que una entrevista de preguntas y respuestas. Seguían sentadas bajo los toldos que las cobijaron durante dos meses, alrededor de las fogatas que encendían todas las noches, cuando el frío cortaba la piel, y sólo esperaban volver a casa con sus hijos o esposos.La incertidumbre había menguado y todo indicaba que el rescate iba a ser un éxito, en gran medida por la seriedad con la que el gobierno había encarado las tareas. El "Día D". El martes 12, justo el día en que América reflexionaba sobre sus contradicciones, comenzó la histórica fase final del rescate, sólo empañada un poco por la sobreactuación mediática del presidente Sebastián Piñera. De todos modos, su presencia y actitud también eran una gran señal: el gobierno de Chile no iba a hacer el ridículo, por lo que estaba claro que toda la operación se iba a chequear en extremo.Cuando la cápsula con el rescatista Manuel González llegó al centro de la Tierra y un grupo de hombres al principio tímidos la inspeccionaron, luego se acercaron y después se abrazaron, la piel de todos se erizó... y no era por el frío. La noche del miércoles 13 fue el momento en que el jefe de turno, Luis Urzúa, pidió al presidente que no volviera a suceder algo así. Era el último operario cautivo en salir y ya sabíamos que formábamos parte del selecto grupo de periodistas de todo el mundo que tuvo el privilegio de estar cuando la Historia, una vez más, dijo presente.