Santa Rosa, antes y después de Romina
El crimen es un cimbronazo para la comunidad que aún imaginaba que estos casos eran exclusivos de las grandes urbes.
"Nunca pensé estar haciendo esto, son cosas que las veía por televisión". Dijo, con voz entrecortada por el llanto, Roxana Arévalo, mientras se aferraba a una foto de su hermana Romina, al finalizar la primera marcha pidiendo justicia. Era el pasado domingo a la tardecita. Esa mañana, la chica había sido encontrada brutalmente asesinada en el patio de una casa y a poco más de una cuadra de la vivienda que compartía junto a su madre y hermanos. Estaba volviendo del boliche del pueblo. La muchacha fue asesinada a golpes, en un hecho sin precedentes en esta pequeña ciudad de unos 15 mil habitantes. Y el cimbronazo para la comunidad, que aún imaginaba que estos casos aberrantes eran exclusivos de las grandes urbes, fue fuerte, con sabor a inocencia perdida de la peor manera. El hecho provocó la empatía inmediata de gran parte de la población, que proyecta en Romina a cualquier hija, hermana, amiga o sobrina, a la que le arrebataron la vida cuando apenas comenzaba a transitarla. Santa Rosa de Calamuchita no será la misma. Tuvo dos marchas silenciosas en apenas dos días, que expresaron más que cualquier grito. Justicia, para que no haya que llorar a más Rominas.

