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Mientras poníamos baldes a las goteras, se cayó el techo

Desde hace décadas, venimos tratando al flagelo de la inseguridad como un problema que sólo se soluciona atacando los síntomas. Los saqueos muestran a lo que hemos llegado por ese camino equivocado.

09 de diciembre de 2013 a las 01:45 p. m.
Mientras poníamos baldes a las goteras, se cayó el techo

No fue una sensación, entre el martes y el miércoles pasados los cordobeses estuvimos realmente inseguros. ¿Qué nos pasó? Una respuesta inmediata: no había policías. Una respuesta más honesta: la falta de uniformados en las calles dejó al desnudo una situación social que se viene construyendo desde hace años.

La falta de policías puede justificar algunos problemas de seguridad, pero jamás que se hayan saqueado más de mil comercios, que hayan robado en cientos de casas y departamentos, y que hayan asaltado a docenas de automovilistas y peatones en todos los cuadrantes de la ciudad. Para que eso ocurra, los habitantes de la ciudad dispuestos a delinquir, a quedarse con lo ajeno, tienen que ser miles. Las imágenes de los saqueos son elocuentes en ese sentido y, además, muestran que participó todo tipo de personas: hombres, mujeres, ancianos, y hasta adolescentes y niños.

“Si tuviéramos que detener a todos los que robaron esta semana no alcanzarían las cárceles, las alcaidías ni todas las escuelas de Córdoba”, opinaba ayer una mujer en la caja del supermercado. Su razonamiento no era descabellado.

Desde hace décadas, venimos tratando al flagelo de la inseguridad como un problema que sólo se soluciona atacando los síntomas. Reforzamos las rejas, ponemos alarmas, nos mudamos a barrios cerrados, multiplicamos la cantidad de policías, pedimos penas más duras… Nada alcanza. Todo parece echar más leña al fuego.

La crisis del martes y miércoles pasados nos mostró lo frágiles que estamos. Cuando se cae una pata, se cae toda la mesa. Reitero, un paro de policías puede generar manifestaciones de inseguridad, pero nunca el estallido masivo de delincuencia que se abatió sobre Córdoba. Estábamos poniendo baldes para salvar las goteras hasta que, de pronto, se nos vino el techo encima.

¿Qué hacer ahora? En principio, ser sinceros. Deberíamos rechazar y hasta enojarnos con los emisores de falsos eslóganes, como “Un país con buena gente” o “La década ganada”. No estamos bien, no derrochamos civilidad, progreso ni bienestar social. Después de eso, de ver cómo estamos, nos urge emprender una reconciliación que construya una sociedad menos insegura. Estamos obligados a desactivar la bomba que, de mantener así las cosas, volverá a explotar ante otro paro de policías o cualquier situación parecida.

Después de la tormenta, se sabe, tienen prioridad los damnificados, a quienes se debe ayudar a recuperar lo perdido. Pero, de inmediato, se impone enfrentar el origen de los problemas, para lo cual se debe identificar a los que delinquieron y desarrollar sobre ellos factores de cambio. En este caso puntual, habría que ver quiénes y cuántos fueron los saqueadores, atender los motivos y las condiciones que los llevaron a ese extremo de bajeza humana y, a partir de ello, trabajar para reducir la posibilidad de que reincidan ante otra oportunidad.

Barricadas contra la acción

Pero hay muchos factores que juegan en contra para lograrlo. Primero, la bronca. Será difícil superar el odio y el rechazo para con los saqueadores y ladrones, el encono para con los policías; el enojo para con los funcionarios y políticos que no estuvieron a la altura de las circunstancias, aunque de nada nos sirve abonar esos sentimientos, tan lógicos como estériles.

Segundo, la falta de actores para el cambio. ¿Quién lo va a hacer? No parece una tarea para políticos corruptos, religiosos hipócritas y anacrónicos, empleados públicos ñoquis o ciudadanos encerrados en el egoísmo. Los que pueden hacerlo, los capaces, los honestos, los solidarios, los que aún tienen valores y creencias, que por suerte son una buena parte de nuestra sociedad, están muy ocupados en sostener un sistema que cada vez los exprime más, les ofrece menos y los controla hasta la asfixia.

¿Les aflojarán la presión? Parece imposible. Un solo ejemplo: el jueves, horas después de los saqueos, una docena de efectivos de policía y municipales montaron un operativo para controlar a los automovilistas que pasaban por la avenida Duarte Quirós. Por diversos motivos, muchos de los saqueados el día anterior fueron multados allí. El círculo vicioso se mantiene.