Los dos primeros en asistir a las víctimas
Son guardias privados que estaban en una garita ubicada a unos 20 metros del geriátrico.
Jorge Guzmán y Marcelo Vergara se protegían del frío dentro de la garita, pero se alertaron por los gritos de una mujer que salía del geriátrico. Los guardias privados de la esquina de Otero y Matorras distinguieron luego que la enfermera Noemí Quirós los llamaba, alarmada. “Pensé: ‘se cayó un abuelo’”, relató Jorge. Pero ella les aclaró inmediatamente: “No, apúrense, que hay fuego”.
Al llegar al hogar de ancianos una abuela abrió la puerta y tras ella salían columnas de humo espeso y negro. “Llamá a la Policía”, dijo Jorge a su compañero. El primero hizo todo lo posible para que la abuela, de-sorientada, no entrara a la casa. “A la enfermera no sabía cómo frenarla para tenerla afuera, no paraba de gritar porque quería entrar a salvar a los viejitos”, recuerda Jorge.
Los dos guardias querían entrar pero el humo era impenetrable: “No se podía respirar ahí adentro”, coincidieron. Abrazado por el calor, Jorge sintió un leve quejido, apenas audible. No veía nada, pero logró arrastrarse por el living y alcanzó a tantear una silla, donde estaba sentada una abuela. “La sacamos y la dejamos en el jardín”, recuerda.
Era imposible entrar. Llegó la Policía y con los vigiladores comenzaron a romper ventanas para que se despejara el humo, pero éste era tan espeso que las personas que estaban en la calle también se ahogaban.
Minutos más tarde llegó Fernando Manzur (padre) que con su camioneta logró derribar el portón que comunica con el pasillo lateral que permite el ingreso por detrás, donde estaba el origen de las llamas. Entonces, los policías pudieron ingresar y sacar a otras cuatro mujeres.
Como los Manzur, los vigiladores valoraron el coraje de los uniformados que se perdieron en la humareda para rescatar las abuelas. Varios de ellos también recibieron oxígeno por principio de asfixia.
Algunas mujeres quedaron tendidas en el jardín de la casa del frente. Dos murieron en el lugar, otra camino a la clínica Caraffa.Mientras, en la casa de los Manzur se montó una suerte de consultorio de primeros auxilios, con otras cuatro internadas, en mejor condición pero muy desorientadas (ver aparte).
Impotencia. Los dos vigiladores que anoche, como todos los días, tomaron su puesto a las 20 para iniciar la guardia de 12 horas, no sienten más que tristeza e impotencia por lo sucedido.
“Es una experiencia fea, porque no pudimos sacar a más abuelos. Es triste para uno que vive esto por primera vez. Quisiéramos haber tenido una mascarilla o un matafuegos, para poder entrar”, relató Jorge.
Algo parecido dijo Marcelo, conmocionado por haber “tenido que ver cómo se quemaban los abuelos”.
“Tendría que haber más seguridad en estos lugares, un matafuegos a mano, la Policía tendría que tener una ‘linga’ en sus móviles y los bomberos tendrían que haber demorado menos que 25 minutos”.
Para graficar la desazón de no poder salvar más vidas, Marcelo dice: “Es muy feo lo que se vive por ver la habitación donde estaban quemándose los abuelos. Porque en la desesperación no podemos hacer absolutamente nada. Al no poder abrir, el humo no nos dejó ingresar para salvarlos”.
De igual manera, el vigilador dice que nunca más se va a olvidar de la madrugada negra que le tocó vivir. “Ver a los abuelos tirados en el suelo, ya muertos por asfixia y la ausencia de ambulancias que no llegaban para socorrerlos, no es fácil de soportar”, concluyó.
Orlando Milani vive al frente del geriátrico, en la esquina de Matorras y Otero. En su jardín se depositaron los primeros abuelos que sacaron del geriátrico, dos de los cuales habrían muerto allí. Él cuenta: “Había mucho humo, incluso acá en la calle, no se podía respirar bien. Todo empezó a eso de las 5 menos 20, y la Policía llegó enseguida, primero fue un patrullero, después otro y a los pocos minutos llegaron a ser hasta 15 ó 20 patrulleros. No obstante, no tenían ni un hacha para romper los vidrios”.

