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La rueda de la vida y el dolor del desarraigo

La rueda da vueltas y, de manera inexorable, nos lleva –a veces en forma lenta; otras, vertiginosa– a una pérdida de la preciada vitalidad. Germán Negro.

02 de septiembre de 2010 a las 12:01 a. m.
Redacción La Voz
La rueda de la vida y el dolor del desarraigo

La rueda da vueltas y, de manera inexorable, nos lleva –a veces en forma lenta; otras, vertiginosa– a una pérdida de la preciada vitalidad. El paso se hace lento, la visión se nubla y la fuerza se esfuma. Recordar se complica cada vez más, aunque el cerebro también suele decidir sacarnos de la realidad, de modo temporario o definitivo.

Las personas mayores, o enfermas con necesidad de asistencia, colisionan contra una sociedad cada vez más demandante, fundamentalmente en cantidad de horas de trabajo, de estudio o, incluso, de ocio.

A quien le ha tocado no poder atender a un mayor o a una persona incapacitada, conoce cuánto se sufre, cuán dura es la decisión de que una persona amada deba mudarse a un centro asistencial. Es un desarraigo profundo, que sacude las entrañas de quien se va y de quienes se quedan con la duda de si optaron por el mejor camino.

Es una instancia definitiva que, en muchos casos, suele ser tomada por el mismo abuelo o abuela, que considera su situación como complicada de sobrellevar por el resto de la familia. Esos suelen ser los casos menos traumáticos para sus allegados, por cuanto queda el consuelo de haber cumplido con su deseo.

La complejidad que tiene la etapa de la decisión vuelve a aflorar en el momento de la muerte del ser querido. Al dolor natural por una pérdida, machacan la conciencia las circunstancias en que se dio precisamente el fallecimiento.

¿Se sintió solo? ¿hubiera querido morir en casa? ¿recibió la atención adecuada? Son las preguntas que suelen golpear la conciencia de quienes vivieron esa situación y que perdurarán hasta que a ellos mismos les llegue el giro de la rueda. Ninguna sociedad, por más avanzada que se encuentre, puede resolver íntegramente qué hacer con los mayores o las personas postradas. Es imposible manipular una historia de vida cargada de sentimientos, de afectos, de alegría o dolor. Sólo se espera que quienes los reciban sean rigurosamente controlados y los sientan seres humanos.