Temas del día:

La radiografía narco en Córdoba

En los cuatro puntos cardinales de la ciudad, vecinos advierten sobre la consolidación de la venta de drogas al menudeo, que va de la mano de una violencia siempre latente. En la Justicia federal, las causas grandes se redujeron de manera considerable. Cómo funciona el narcotráfico hoy en Córdoba. 

10 de abril de 2016 a las 12:01 a. m.
La radiografía narco en Córdoba
(Ilustración Gustavo Dagnino)

Maldonado, Müller, Renacimiento, Bajada San José, Colonia Lola, Villa Inés y Campo de la Ribera hace mucho que están marcados por una realidad que tiene a los propios vecinos como las principales víctimas. Sobreviven en medio de tiros, peleas, drogas y una marginalidad asentada.Allí aparecieron las primeras "cocinas", los narcos más reconocidos y una dinámica perversa articulada alrededor de las migajas de un negocio clandestino que les dejó un estigma demasiado pesado.Hoy, según denuncian, ya la cocaína, la marihuana y las pastillas no conmueven. Aparecen, en el hablar diario, como naturalizadas, asimiladas por la resignación. Desde el año pasado, el fantasma del paco (los residuos de la elaboración de cocaína) gana cada vez más espacio en el relato social.En un papel anónimo, acercado por una mujer, se indican al menos ocho puntos de venta de este veneno en un radio reducido. "Munina" y "Cebolla" son los proveedores más nombrados de estas dosis que se consiguen por no menos de 50 pesos. Ambos con condenas, continúan ligados al tráfico de drogas a través de "quioscos".Casi 100 nombres más de esos barrios integran el listado de los adolescentes que hoy estarían consumiendo esta sustancia, aunque hasta hoy la Justicia y las fuerzas de seguridad no saben con certeza de qué droga se trata.Vendedores y adictos insisten en que es paco.El cura Mariano Oberlin es una de las pocas voces públicas que se anima a resumir el dolor social. "Las drogas afectan la salud y también en la delincuencia y en la violencia que generan", subraya.Esta semana viajó por segunda vez al sur del país para llevar a una granja de rehabilitación a un joven que consume esta droga.Sin embargo, ninguna de todas las fuerzas de seguridad que actúan en la provincia tienen registros de que exista esta droga en Córdoba.Aunque parece ser un foco limitado a una zona concreta, llama la atención que los vecinos siempre lo advierten antes que los investigadores.Más cuando un policía tiene una casa reluciente a pocos metros de uno de los lugares señalados como punto de venta. En todas partes El mapa del narcotráfico en la ciudad de Córdoba abarca todos los puntos cardinales. Al nordeste, siempre cerca de Circunvalación, aparece otro foco caliente del microtráfico local: Patricios y San Jorge.Los nombres y apodos de quienes mandan, organizados en rudimentarias estructuras criminales, surgen rápido de boca de los vecinos. También los lugares poco disimulados donde comercializan: casas de familia o quioscos pobres con escasa mercadería legal. Más al norte, Marqués Anexo continúa siendo una deuda pendiente. Detrás de las ventas marginales se escribe un historial de violencia urbana que impresiona: 21 chicos y adolescentes muertos en los últimos 11 años.Lejos están estos casos de reducirse en su totalidad a venganzas o enfrentamientos narcos.Su génesis está marcada, ante todo, por un contexto de impunidad fomentado por el tráfico de droga: donde la ley se viola tan fácil, todo se resuelve lejos de la Justicia.A pocos minutos de allí aparece el llamado "Chaco Chico", uno de los barrios más pequeños de la ciudad, aledaño a General Bustos, que muestra una actividad inusual en cuanto a tráfico de drogas ilegales al menudeo."Nuestra presencia ha producido alternancias en el modus operandi del narcomenudeo. Había barrios tomados de una manera muy importante, de un control absoluto, y con nuestro trabajo hemos provocado cambios: hay una mayor compresión que se advierte, por ejemplo, en que ha aumentado el precio de la dosis o que en varios sectores no se consigue marihuana", dice el jefe de la Fuerza Policial Antinarcotráfico (FPA), Adrián Salcedo. Diez años después Al noroeste, a ambos lados de la Donato Álvarez, el dolor de la droga hace tiempo que es una realidad. En 2005, un grupo de vecinos de Villa Cornú se organizó para detectar a los traficantes del barrio y hasta los enfrentó a balazos. El relevamiento de aquel tiempo impresionaba: 49 "quioscos" distribuidos en unas cuantas manzanas.De ese barrio salió una gran parte de los miles de vecinos que presentaron un amparo masivo para pedir salidas laborales y educativas contra el avance narco.Diez años después, Rodolfo Arrieta, uno de aquellos que se atrevieron a la locura de la defensa propia, traza un panorama bravo: "Está cada vez peor".El hombre, que se gana la vida cuidando autos frente a la iglesia Espíritu Santo, de Cerro de las Rosas, el año pasado se hizo responsable de la libertad condicional de 162 jóvenes que habían caído presos por distintos delitos.Todos comparten un largo historial de consumo de drogas."Hay sectores que se están favelizando, en los que no entra nadie", asegura y concluye: "Hace 10 años anticipamos todo lo que ahora está pasando".El reguero clandestino se ha ido consolidado en los márgenes de la Donato Álvarez.Villa Allende Parque, Villa 9 de Julio, Sol Naciente, Cerro Norte y una importante porción de Argüello son escenario del mismo drama: droga fácil, armas que pasan de mano en mano y una marginalidad también asentada que funciona como contexto ideal para el descalabro social.En el oeste capitalino, Las Violetas, San Roque, Lamadrid, Estación Flores, Parque República y Villa Martínez son sólo algunas referencias."Es muy fácil conseguir droga, lo difícil es salir después", sintetiza Marcio, un joven de 29 años que consumió de los 11 a los 28. Fana, pastillas, marihuana y cocaína. Una oferta tan variada como accesible.Luego de caer preso, hoy sabe que tiene un estigma de pobreza y antecedentes que le cierran las pocas puertas apenas entreabiertas que puede encontrar para intentar enderezar un destino que se avizora torcido.Para llevar el dinero a los precarios lugares de venta, el camino más corto manda a robar. A los propios vecinos. A los automovilistas. A las mujeres que bajan del ómnibus. La inseguridad cotidiana reconoce a las adicciones entre sus múltiples raíces.También asaltan a los que venden droga. Delito que se cobra a los tiros. O en la obligación de marcharse del barrio a riesgo de que la casita donde comenzaban a construir sus sueños sea quemada.En junio pasado, en Villa Martínez, Cintia Alive (23) fue asesinada de un balazo en la cabeza cuando entraba a su hogar de la maño de su hijita de 5 años.Dos personas le dispararon desde una moto. Su familia contó, en aquel momento, que "la mataron porque le decían que se tenía que ir de esa casa y ella no quería". Así de brutal. De todo Camino al Centro, Villa Páez y Alberdi muestran otra fisonomía del narco cordobés. La "alita de mosca", cocaína de mayor pureza que trafican bandas mixtas de locales y peruanos, es la revelación más clara de una dinámica particular dentro de este mercado clandestino. También existió paco, que se comercializaba a metros de la avenida Colón y de la Jefatura de Policía. Detrás de este negocio, una fiscalía provincial detectó al menos un policía cómplice.En el Centro, la problemática alcanza a otros sectores sociales más favorecidos. Aparecen el ácido y las drogas de diseño, ya comunes en las fiestas nocturnas que se desarrollan en lugares privados y en boliches.Drogas de laboratorio, pequeñas, fáciles de camuflar y difíciles de detectar. Y, sobre todo, mucho más caras.La droga, cabe repetir, no reconoce frontera socioeconómica en cuanto a los consumidores. Pero su comercio provoca mayor violencia entre los sectores más vulnerables.A pocos pasos, aparece otra vez la descripción más común: droga y vulnerabilidad. Hacia el sur Bella Vista y Cáceres son las referencias de un corredor más amplio. En el primero, el año pasado los vecinos realizaron a mano alzada un listado de 17 puntos de venta. Hace poco, la FPA allanó siete domicilios en un radio reducido y de manera simultánea.Ahora, en febrero, "Pepo", un joven que estaba saliendo de la adolescencia, tomó un revólver calibre 38 y se quitó la vida, en medio de una crisis de abstinencia y un dolor familiar."Pepo" no figurará en ninguna estadística. Como buena parte de las víctimas de la droga que circula libre en los barrios capitalinos.Jóvenes enredados en la telaraña del consumo que mueren de desesperanza, en un choque o por alguna afección derivada de los malos hábitos.

“Pepo”, cuentan, era un guapo para el trabajo. Un sobreviviente dentro de un contexto cuesta arriba. “Pero la droga lo arruinó; como a muchos pibes más de acá”, se resigna un hombre de años que vio cómo durante el tiempo la barriada se fue tornando cada vez más gris.

Continuando hacia el sur, aparece otro cordón donde se conjugan, una vez más, el delito y la fragilidad social.

Al fondo de Villa El Libertador, también se multiplican los “quioscos”.

“Siempre se vende y siempre son los mismos”, refiere el presidente de la asociación civil Los Padres del Dolor, Juan Basualdo.

Aunque, apunta, él sí advierte más allanamientos en los últimos tiempos.

Casas quemadas

En el barrio ciudad Ampliación Cabildo, hace tres semanas cuatro jóvenes en dos motos dispararon más de 12 balazos contra una casa. Las vainas dejaron en evidencia que utilizaron calibres para matar. Un joven de 18 años resultó con un balazo en los testículos. Su familia no quiso contarle mucho más a la Policía. Los vecinos sí dijeron que se trataba de una venganza narco.

Allí mismo, al fondo, dos viviendas fueron quemadas tiempo atrás. El relato barrial apunta a que cocinaban cocaína y ante un allanamiento inminente, los traficantes decidieron borrar con fuego cualquier evidencia. Habían sido alertados con anticipación.

No alcanzan los dedos de ambas manos para contar a todos los que sobreviven a través de la venta de droga al menudeo. Hasta mujeres ya condenadas, con prisiones domiciliarias, que reinciden. Mesas familiares donde se mezclan tareas escolares y dosis listas para ser pasadas por la ranura de la ventana.

No sólo hay muertes por los ajustes de cuentas derivados del narcotráfico. Se suman choques fatales de motos, cuyos conductores iban bajo los efectos de algún estupefaciente. También invisibles.