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La muerte a 20 pesos

Llámenla paco, cocaína residual o el “requecho” de la olla. Llámenla como quieran. Pero esa droga allí está y su consumo crece en la ciudad de Córdoba.

23 de mayo de 2016 a las 12:01 a. m.
La muerte a 20 pesos

Hasta que un disparo de FAL destrozó la cabeza de aquel niño, en Córdoba no se tomaba al narcotráfico en serio y en su verdadera magnitud. El pequeño Facundo Novillo (6) tuvo que morir en aquel 2007, tras quedar en medio de un tiroteo en el marco de un narcorrobo ejecutado por un policía en barrio Colonia Lola, en la capital provincial, para que muchos abrieran los ojos.Su madre, Laura Cancinos, con la ropa manchada con sangre y su rostro bañado en lágrimas de furia y dolor, explotó ante los periodistas y denunció lo que pocos querían ver u oír: que la droga inundaba el barrio, que los narcos se movían con impunidad y que policías iban a comprar porros y ravioles de cocaína como si nada.La muerte de "Facundito" fue el cachetazo brutal que demostró que la droga y su negocio, tantas veces negados o minimizados por el poder en Córdoba, habían detonado.De poco habían bastado hasta ese entonces otros crímenes mafiosos y la sangre derramada en ataques vinculados al narcotráfico. A lo sumo, varios de nuestros representantes, si hablaban de drogas, lo hacían para justificar el nivel de violencia de muchos asaltantes.Y las muertes de niños, niñas, jóvenes y adultos en el marco de episodios con trasfondo de droga se siguieron repitiendo durante esta última década como una canilla que gotea. Pocos se acuerdan ya de la pequeña Danesa Carnero (3), quien fue ahorcada en un descampado del barrio Müller en 2011.Pese a todo, como parte de una lógica absurda de la negación, se siguió mirando hacia otro lado. Y el narco creció, se extendió, se hizo fuerte, corrompió bolsillos y en varias barriadas se convirtió en un Estado paralelo.Mientras tanto, en algunos despachos gubernamentales, se siguió afirmando: "Que se maten entre ellos, en las villas".Y así como las muertes violentas no cesaron, comenzó a verse de qué forma jóvenes excluidos del sistema iban perdiendo la vida, uno tras otro, como fichas de dominó, por sobredosis o por suicidios.Un día, la cocaína –sin dejar de ser importada– comenzó además a ser fabricada con pasta base en "cocinas" montadas en simples domicilios por allí, por allá, por aquí, a la vuelta, en la otra cuadra, en varios puntos de la Capital.El narco no iba a dejar de sacar provecho de su inversión. Así como vendía su cocaína, también lo iba a hacer con lo que quedaba en la olla, el "requecho". De ahí surgió el paco. Desde hace años, el consumo de paco crece en Córdoba. Lo dicen las madres de aquellos jóvenes convertidos en zombis de tanto fumar la droga. Lo saben los médicos que los atienden. Sin embargo, las madres tuvieron que salir públicamente (como la mamá de "Facundito") a hablar de ese paco y a decir que eran amenazadas por los narcos para que el poder gubernamental y judicial –a destiempo– abrieran los ojos y prometieran actuar.La lógica esta vez parece ser que, como aún no se ha secuestrado esa droga, no existe.Fue entonces cuando un cura tuvo que salir a hablar ante los micrófonos para que desde escritorios decidieran actuar. "Denos la dirección y el nombre del vecino que vende y actuamos", le propuso a una madre un hombre de traje, sin ponerse colorado. Faltaba que le pidiera que fuera a comprar.Mientras algunos discuten si esa droga hay que llamarla paco, cocaína residual o "requecho" de la olla, cada dosis de 20 pesos se sigue vendiendo como si nada en los barrios de la seccional Quinta de Córdoba.El jueves pasado, otro joven de 17 años, otro zombi, puso fin a su vida en un árbol en barrio Maldonado. Llámenla como quieran.