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Juzgan al hombre que tatuaba a las mujeres

El acusado de trata de personas habría hecho grabar su nombre en los brazos de las presuntas víctimas. Antes de ser imputado por ese delito, estuvo involucrado en una causa de drogas y fue baleado por la espalda por policías. Dijo que es padre de 14 hijos.

29 de octubre de 2014 a las 12:01 a. m.
Redacción La Voz
Juzgan al hombre que tatuaba a las mujeres
Varios. “Él dice que tiene 14, pero es padre de 22 hijos”, sostuvo durante el juicio una de las supuestas víctimas de Marcelo Gauna (Pedro Castillo/La Voz)

“Gauna (Omar Marcelo) tenía grabado en el pecho el número 840, ese número significa que era el proxeneta, el dueño de las mujeres. Yo vi una foto”.

El testimonio del comisario Gabriel Gómez perdió valor cuando el acusado de tatuar su nombre en chicas menores de edad y también mayores, a las que supuestamente explotaba sexualmente, se sacó la remera y mostró a los jueces su torso desnudo.

“Cabezón Gauna mi viejo querido”, era la leyenda en grandes letras que se leía en la espalda. La frase estaba rodeada de pinturas de lo más contradictorias: la cara de Cristo, otra de Cristo crucificado que se mezclaba con una mujer desnuda debajo de una palmera sobre la que revoloteaba un águila. Al lado rugía un león, un duende tenía su lugar y tampoco faltaba el diablo. En el pecho había serpientes, el rostro de un mujer, dibujos de duendes.

De todo, menos el número 840 que afirmó haber visto el comisario.

Fanático de los tatuajes, Gauna tiene algunos grabados en la parte derecha del rostro y, lo más llamativo, cuatro lágrimas negras pintadas debajo de su ojo derecho.

Dicen que los carteles mejicanos y colombianos representan con una lágrima cada muerte (o ejecución) que les causó cierto arrepentimiento o sentimiento de culpa.

El 840 es, en realidad, la numeración del domicilio donde vive, en calle Sucre de Morteros.

Acusado

“Trata de personas menores de edad doblemente agravada por mediar violencia y amenazas sobre la persona de la víctima, abuso de situación de vulnerabilidad y por tratarse de una persona conviviente”, no es el único delito que se le atribuye a este hombre de Morteros, nacido el 16 de abril de 1975, es decir que tiene en la actualidad 39 años.

A pesar de su juventud, Gauna dijo que tenía 14 hijos con distintas mujeres y demostró notable precisión al dar sus nombres y edades.

“Él dice que tiene 14, pero es padre de 22 hijos”, sostuvo una de las supuestas víctimas de explotación sexual que declararon en el juicio que se ventila en el Tribunal Oral Federal N° 2, presidido por José María Pérez Villalobo, e integrado además por José Fabián Asía y Carlos Lascano.

Al “Cabezón” Gauna también se le achaca “promoción y facilitación de la prostitución de personas doblemente agravada por mediar violencia y amenazas sobre la persona de la víctima y por tratarse de una persona conviviente, trata de personas mayores de edad por tratarse de una persona conviviente y promoción y facilitación de la prostitución de personas mayores de edad”.

Lo de menores y mayores se vincula con la relación que tuvo el acusado con una mujer y con la hija menor de edad de esta, a las que habría obligado a prostituirse en las rutas y en whisquerías de Morteros, Santa Fe y Santiago del Estero, de acuerdo con la acusación.

Lo más curioso que ha surgido del juicio es que Gauna hacía tatuar el nombre de él en letras de molde en uno de los brazos de sus supuestas víctimas con las que tenía hijos, para demostrar que eran “de su propiedad”.

Y si algo más intrigante surge de las averiguaciones y testimonios recogidos en la instrucción es que del tatuador sólo se sabe su apodo: “Diablo”.

En sólo dos audiencias, los jueces han ido de sorpresa en sorpresa, no sólo por lo prolífico del imputado, sino de los testigos de Morteros que han comparecido.

Las supuestas víctimas que responsabilizaron al hombre tatuado coincidieron en que se trataba de una persona a la que temían, consumidor y traficante de drogas y dedicado al “negocio” de la prostitución.

¿Causa armada?

“Cuando me fui a hacer borrar el tatuaje con el nombre Omar Gauna, el tatuador se sorprendió porque era la novena persona que iba por lo mismo”, llegó a decir una de las supuestas esclavas sexuales.

“Hablaban de nueve, pero en mi investigación pude establecer que sólo fueron tres víctimas”, dijo el comisario Gómez, cuya pesquisa duró “todo un día”, según lo manifestado en la audiencia.

El primer día del juicio, Gauna hizo uso de la palabra y respondió todas las preguntas que se le hicieron. Negó que se hubiera aprovechado de las mujeres que enamoraba para prostituirlas y vinculó la causa con una suerte de venganza de la Policía.

Meses antes de ser detenido por la denuncia de la hija de su amante, con la que había tenido dos hijos y de la cual confesó que estaba perdidamente enamorado, su domicilio de Morteros fue allanado por policías en una causa por tráfico de drogas.

No sólo que no se secuestraron estupefacientes, sino que Gauna, al tratar de escapar a pie, fue baleado por la espalda por el personal policial.

La Justicia estableció que le “plantaron” un arma para justificar un tiroteo legal y la fiscal que en ese entonces estaba en Morteros, Bettina Croppi, elevó a juicio el caso acusando a los policías Ingrid Casas (lesiones graves agravadas) y Nicolás Colombo y Cristian Taborda (abuso de arma de fuego y encubrimiento agravado).

Armada o no la causa, la defensa de Gauna deberá demostrar que a la denunciante “le pagaron y le prometieron una casa”, como afirmó el imputado, quien confesó que su único problema era ser un “Don Juan”.