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Después de vivir en el infierno, el renacer de dos víctimas de trata

Emotivo y estremecedor relato de la madreque fue esclavizada sexualmente y, en septiembre pasado, recuperó a su hija tras 11 años de búsqueda.

10 de marzo de 2011 a las 12:01 a. m.
Después de vivir en el infierno, el renacer de dos víctimas de trata

Cuenta el escritor uruguayo Eduardo Galeano que Rosa, una obrera boliviana que trabajaba en una fábrica de Buenos Aires, cayó en manos del terror durante la última dictadura militar argentina. Tras ser capturada, torturada, violada y fusilada con balas de fogueo, también perdió a su beba. Diez años después, la niña fue encontrada en Perú, donde cada mañana vendía querosén en un carro tirado por un caballo. El reencuentro, quedó escrito: "Y en Lima, Rosa y Tamara se descubren. Se miran al espejo, juntas, y son idénticas: los mismos ojos, la misma boca, los mismos lunares en los mismos lugares. Cuando llega la noche, Rosa baña a su hija. Y al acostarla le siente un olor lechoso, dulzón; y vuelve a bañarla. Y otra vez la baña y por más jabón que le mete, no hay manera de quitarle ese olor. Es un olor raro... Y de pronto, Rosa recuerda. Éste es el olor de los bebitos cuando acaban de mamar. Tamara tiene 10 años... y esta noche huele a recién nacida". ( Memoria del Fuego 3 ) ....................................................... La engañaron. Fue una esclava sexual, una víctima de la trata de personas. Abusando de su cuerpo, otros se enriquecían. En medio de la pesadilla, que se extendió por años, quedó embarazada. Y, a poco de nacer, le arrancaron a su niña. Nunca bajó los brazos, pese a que la vida le había enseñado, hasta entonces, que para ella sólo correspondía la peor maldad de la que es capaz el ser humano.Se trata del caso de L., la mujer que fue obligada a trabajar en un burdel de Río Gallegos y que, tras batallar durante años recuperó, en septiembre último, a su hija, que ahora tiene 11 años. Una historia que refleja cómo operan las bandas que trafican personas para obligarlas al trabajo sexual.Su relato se retrotrae al húmedo verano de 1997, cuando L. aún vivía en su pueblo, Pirané, Formosa. Tenía 22 años y ya había aprendido que todo le costaba el doble: criaba sola a sus dos pequeños hijos.Fue entonces que una persona le ofreció ir a trabajar a un pueblo frío del que hasta entonces nunca había escuchado, sin saber aún que ese lugar le de-jaría una marca en el alma. Se trataba de Puerto Santa Cruz, localidad de casi cuatro mil habitantes ubicada sobre el Atlántico, a 210 kilómetros de Río Gallegos. Viajó entusiasmada por la promesa de un buen sueldo como empleada doméstica. Pero todo cambió al llegar. Quienes la recibieron, le retuvieron los documentos y la confinaron a uno de los tantos prostíbulos (llamados "casitas de tolerancia"), abiertos para los marineros.Una mujer, que era la regenteadora del burdel se convirtió en su escarnio. La maltrataba, la golpeaba, la drogaba y la obligaba a atender varios clientes por día. Comida y "alojamiento" le eran descontados, por lo que nunca obtenía una moneda. No tenía dinero ni documentos y veía que los efectivos de diferentes fuerzas de seguridad iban como clientes, por lo que no podía imaginarse cómo escapar de ese infierno.Al poco tiempo, en 1999, quedó embarazada. Tuvo que "trabajar" hasta días antes de la cesárea y, tras el parto, todavía con los puntos de sutura, otra vez la obligaron a vestir pollera corta y sonreír. "Me dijeron que tenía que generar más dinero porque me iban a descontar los gastos de mi beba", recuerda. La separación. A los tres meses, la presionaron para que firmara un poder habilitando a la regenteadora a viajar a Paraguay con su beba. De allí, la mujer regresó sola. Desde entonces, L. comenzó la batalla que la mantuvo con ganas de vivir. De tanto insistir, al poco tiempo, la madame le dijo que podía ir a ver a su hija al pueblo paraguayo de San Lorenzo (a 10 kilómetros de Asunción), pero sólo con la condición de que viajara con sus otros dos hijos. Otra vez la engañaron y la apalearon. Volvió al burdel sola, sin ninguno de sus niños. La luz al final. Creía estar empantanada para siempre en esa pesadilla. Hasta que un hombre le prestó el oído una noche y se conmovió con ella y su historia. Se enamoraron y él logró rescatarla del burdel, en 2005, luego de pagar una importante suma de dinero a la regenteadora. Apenas salió, fue a la comisaría local a denunciar todo, según recuerda, pero no le quisieron tomar testimonio. Le indicaron que debía hacerlo en Río Gallegos. En esa ciudad, cuando la atendieron, le respondieron que no era su jurisdicción. Entendió que no la querían escuchar.Por su cuenta, viajó a Paraguay, llegó a la casa de San Lorenzo y batalló hasta que le devolvieron a los dos niños más grandes. Pero a su pequeña se la negaron. Con su pareja y los chicos se instalaron en Córdoba, donde comenzó la parte más feliz de sus últimos 15 años, siempre según lo que L. se atreve a recordar.Sin embargo, empezó mal. Con los niños ya en la escuela, alguien la denunció por maltratos, ya que los nenes presentaban problemas de conducta y unas llamativas cicatrices (en Paraguay, cuando aún eran muy chicos, fueron golpeados, obligados a trabajar en huertas y a dormir en cajas de tomates, entre otras aberraciones).Así fue que el caso recayó en la jueza de menores Amalia García de Fabre, que, cuando citó a la madre, escuchó un relato de horror.La jueza se movió ligero. Envió la causa a la Justicia Federal (tras varios meses le respondieron que era incompetente), elaboró un pedido internacional de restitución, mandó dos comisiones policiales que entrevistaron a la mujer y, después de no obtener resultados, se contactó con la fiscal Eve Flores y la ayudante fiscal Mariana Pérez Villalobo, dos especialistas en trata. El rescate. En noviembre de 2009, la fiscal Flores armó una comitiva especial, conformada por la comisaria Claudia Flores, el sargento José Moreno y la sargento Graciela Graciela Cornejo, que es psicóloga. Cuando la comisaria llegó a la casa de L. la mujer la recibió sin ganas. "No quería contar otra vez todo, ya lo había hecho dos veces y no pasaba nada", se acuerda. Sin embargo, Flores le prometió "que lo iban a intentar". Ninguna de las dos se imaginó, entonces, que estaban por escribir el capítulo más emocionante de sus vidas. Con escasos recursos y un auto que obtuvieron gracias a una gestión del fiscal general, Darío Vezzaro, la comisión viajó al sur del país, para constatar que el prostíbulo existía y todavía funcionaba a pleno. Luego, en junio de 2010, junto a la mamá, se fueron a Paraguay, hasta la casa de San Lorenzo.A unas cuadras de allí, mientras iban en una camioneta de la policía paraguaya, L. vio a dos niñas jugando a los lejos, y supo que una de ellas era su bebé. Sin embargo, no pudieron frenar para no alertar a los investigados, ya que en Paraguay aún no habían logrado que se librara una orden de rescate.Antes de regresar, luego de innumerables trabas, la comisaria le indicó a L. –que estaba embarazada de un bebé que nació en diciembre–, que realizara una denuncia ante la fiscal antitrata, Teresita Martínez.La comitiva regresó con desazón. Pero todo cambió el martes 24 de agosto, a las 19, cuando una llamada internacional trajo la noticia más esperada: "La recuperamos". El lunes 30, esa bebé con la que L. había soñado tantas veces cumplió 11 años. Dos días después, se abrazó con su madre, en Asunción y juntas regresaron a Córdoba.Hoy, la niña va al colegio y juega y pelea con el resto de sus hermanos como en cualquier familia. "Ella al principio estaba un poco enojada conmigo, porque le habían mentido diciéndole que yo la había abandonado; ahora, ya entendió qué fue lo que pasó", cuenta la madre mientras vuelve a reír.