Desde el espejo que más duele
La sombra de la venta y el consumo de la droga continúa presente en varios de los últimos homicidios.
En menos de un mes de cuarentena obligatoria, los barrios de la provincia de Córdoba han sido escenario de al menos seis homicidios. En todos, según se presume, víctimas y victimarios se conocían desde antes. No hubo miedo al contagio del virus que puso al mundo patas arriba ni controles callejeros capaces de aminorar el instinto criminal de los asesinos.
Pero más que detenernos aquí a describir cómo se mató en cada uno de estos casos, el análisis apunta más a intentar bucear en los reflejos. En buscar allí pistas para entender una parte de la dinámica social en tiempos de pandemia y aislamiento.
Porque el delito enseña, revela, descubre. Deja expuesta, acaso antes de la llegada de los académicos, una porción del comportamiento social.
Primero, que en los barrios urbanos sumergidos en las profundidades de las desigualdades sociales, la violencia está más latente. Allí jamás se detuvo en este tiempo la venta de drogas (los compradores van en grupos de varios para disuadir cualquier intento de control policial –los agentes, por temor al virus, no quieren superpoblar los patrulleros–) y sí aumentaron los delitos fronteras adentro. Quienes antes salían a robar en otros puntos de la ciudad ahora se han ensañado con sus propios vecinos. Dinámicas delictivas en tiempos de cuarentena.
Pero no todo termina aquí. Conocedores de la mano invisible del mercado, de la ley de oferta y demanda, en varios de esos sectores aumentó el precio de la droga al menudeo. Y de manera colateral, eso terminó por multiplicar los robos.
El primero de estos siete homicidios relevados desde el 20 de marzo hasta hoy ocurrió apenas cuatro días después del decreto presidencial. Fue en un barrio de la localidad de Villa Nueva, donde un joven salió sin ningún permiso oficial de su casa, ingresó en la de un jubilado vecino y terminó por matarlo a golpes para llevarle lo poco de valor que allí había, según se indica en la investigación judicial. La sombra del consumo de drogas está tan presente aquí como en varios de los crímenes que vendrían luego.
La seguidilla de homicidios recién se activaría el viernes 3 de este mes, aquel día en que miles de jubilados poblaron las pantallas de todo el país mientras realizaban filas frente a las puertas de las sucursales bancarias. En ese instante, algo cambió para siempre en la cuarentena argentina. Nunca sabremos si fueron esas imágenes o si en realidad las largas filas desnudaron un hastío generalizado, pero lo concreto es que en algunos lugares, sobre todo en esos barrios periféricos, la vida social comenzó a tener un ritmo mucho más intenso.
Se acentuó aquella descripción que indicaba que en algunos lugares de las grandes urbes, la cuarentena no era domiciliaria sino barrial. Una característica que responde a múltiples factores, tanto materiales como culturales.
Aquel mismo viernes, una pareja de jubilados de Río Cuarto sufrió un violento asalto en su casa de IPV Alberdi al regresar de cobrar los haberes. El hombre murió nueve días después. Para los investigadores, una exempelada los entregó.
La semana pasada, en tanto, una pelea entre bandas de jóvenes, a los tiros y en barrio Las Polinesias, de Villa Allende, dejó a un muchacho de 18 años muerto.
El fin de semana anterior, en tanto, desde una moto asesinaron a otro joven en barrio Alberdi, de Río Cuarto, y un largo asado en el que participaron más de 30 personas en Pampa de Olaen terminó con un hombre muerto de un balazo en la cabeza y su mellizo detenido, acusado del crimen.
Esta semana, villa Barranco Yaco, de la ciudad de Córdoba, fue escenario de un brutal asesinato con una escopeta. El autor escapó y hasta ahora no fue localizado.
Ahora se investiga la muerte de un reconocido vecino de Malagueño. Y otra vez las sospechas vuelven a apuntar hacia aquellos flagelos urbanos que ni la cuarentena logra dejar quietos.

